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Hoy toca hablar de GARCÍA-OTEO-RICARTE

Alguno podría creer que se trata de una alineación futbolística como quien cita a tres defensas centrales, delanteros o mediocampistas. Y quizás no vaya muy extraviado. Para mí GARCIA, OTEO Y RICARTE fueron mis Ases pero no del balón  sino de la enseñanza, de la educación y puedo fijar a cada uno en su tiempo como mis estrellas, ya entonces y más ahora. quienes me hicieron lo que soy, los que me dieron la confianza suficiente para ser, un día, escritor.

Hermínio García en La Salle Reus en los años 1973- 1978. Ramón Oteo en  el curso de 1979-80 en el Institut Salvador Vilaseca de Reus y José María Ricarte en la universidad Autónoma de Barcelona en cuarto de carrera en el año 1988.

Cada uno de ellos me regaló frases, encuentros, sentencias, aseveraciones que acabaron convirtiéndose  en confianza persona, primero y, después, en firmes peldaños  para llegar a ser quien quería ser: un creador polifacético. Sí,  fueron mis genios que ya viven en el paraíso porque para las buenas personas solo puede haber un paraíso. En mi edad adulta, a veces en zozobras de mares sin fondo o con horizontes lejanos o desdibujados, me falta ese maestro o ese viejo profesor sabio al que acudir cuando uno pierde los remos.  No es fácil encontrar a un buen profesor como tampoco es fácil encontrar a un buen alumno. Quizás, en los últimos años, el único  que siempre ha estado ahí con su palabra sabia, exacta, con un trato paciente, amable es alguien a quien nunca tuve de profesor -sí mis afortunados sobrinos-  pero que ahora tengo de consejero: Jesús Gallegos, profesor de religión de la Salle Reus, excelso bibliotecario, humanista, ahora en Granada subiendo escalones hacia la sabiduría.

A lo lejos se advertía la presencia …

Hermínio García vestia siempre un traje violáceo, de un morado riguroso. Cuando nos tocó en suerte ya tenía poco cabello. Era alto, enjuto, serio pero con sonrisa frecuente.  Nos regañaba a los muchachos a menudo cuando llegaba para dar su clase después de nuestros cinco minutos de descanso y nos pillaba alborotados. Nos pedía, entonces que nos calláramos, que nos mantuviéramos de pie y que “reflexionásemos”. Me parecía cabal entonces pero ahora me parece extraña e incomprensible su exigencia. Niños alegres -la educación no era mixta en los 60- necesitábamos desfogarnos de tanto asiento e inmovilidad algo que, al parecer él no entendía. Nos daba lengua y literatura y aunque  odiaba los árboles gramaticales amaba los versos del mío Cid, sus gestas, su épico final, cabalgando  muerto sobre su caballo, a Gonzalo de Berceo  y a los Milagros de Nustra Señora -¡ que belleza, Dios! o al Arcipreste de Hita y luego las generaciones del 98 y del 27, solo apuntadas. Acudía a recuperación con él dos tardes por semana: esa ridícula manía de mis padres de llevarme a repaso de lengua o de matemáticas solo se la puedo perdonar esta vez porque me devolvían dobladas las páginas  de los libros. Una tarde oscurecida de otoño o invierno nos pidió que construyéramos una frase bajo ciertas premisas (creo que de adjetivación). Yo era un entusiasta de “Platero y yo”, del “Jarama” de Sánchez Ferlosio, de “las andanzas de Alfanhuí”, a las leyendas de Bécquer  o los viejos romances del medievo recogidos por Menéndez Pidal  en “Flor nueva de romances viejos” cuyos fragmentois leíamos en clase. Y fue por arte de magia que escribí mi primera gran frase, aún nítida en mis retinas. 

A lo lejos se advertía la presencia de un viejo y  solitario roble en medio de la llanura.

Ni sé en qué llanura castellana ni sé porque un roble pero lo cierto es que después de escribirla, Hermínio García se quedó callado y dijo, tras unos segundos muy teatrales  que a mi me parecieron eternos algo que era parecido a ” cuando usten quieren pueden ser inmensos” . Cuando ustedes quieren… ¡Sí, yo quería ! Un chico de pueblo aspiraba  a publicar libros tan bellos como aquellos…

Creo que esas palabras generosas fueron las que despertaron en mí, de forma definitiva el amor por las letras.  ¡Ah profesores que nos cambiáis la vida, sin saberlo!  Fue tambien Francesc Valls, otro profesor quien, mandándonos construir unos versos, un año después  eligiera los míos para leerlos públicamente: versos rimados  en cuartetos consonantes de una historia de una tal señora Villalba que pasaba en Managua. De él no guardo otro recuerdo que sus felicitaciones de los únicos que se leyeron en clase. Fue con Clavé, otro maestro y hermano de La Salle  con quien descubrí el placer del teatro. En cierta ocasión eligió a varios alumnos a leer una escena de “Melocotón en almíbar” de Miguel Delibes. Yo tenia apenas una frase o dos,las de una portera que yo imaginé chismosa y entrometida. Si mis compañeros sentados en cuatro sillas detrás de la mesa del profesor  leían de manera monótona como quien puede leer una lista de la compra cuando fue mi turno y sin buscar protagonismos -yo era algo ridiculamente tímido- le di la entoncación que imaginé a esa portera de edificio de gente bien alargando las vocales, aligerando la voz, feminizándola lo que provocó, ya  en la primera frase, un estallido de aplausos que me ruborizó estrepitosamente hasta sentir que me ardían las mejillas y que había sobrepasado el rojo tomate . Eso de enrojecer de vergüenza me duró algunos años  y creo que no he tenido ocasión de repetir esa sensación extraña pero hiriente.  Después Hermínio estuvo por muchos años estuvo ayudando en la biblioteca hasta que supe un dia que había fallecido.

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Salvador Comas acude ahora a mi memoria: era nuestro director de La Salle en aquellos años y profesor de francés.  Regularmente se paseaba por las clases dando nuestras notas. No creo que  yo alcanzara un notable nunca- Me movía por la medianía del Bien y del Suficiente  pero nunca suspendí  ninguna asignatura (con una excepción que ya se contará).  Y le guardo un recuerdo amable y bondadoso. Sufría una cierta inclinación en el cuello por no sé que extraña afección. Y se contaba que algunos alumnos de años anteriores habian cometido la gamberrada de mandarle desde Pisa, en viaje de fin de estudios, una postal con su célebre torre inclinada.  Era hombre de fe y supongo supo perdonar  el salvajismo de algunos bárbaros.

Ramón Oteo

Un día Herminio García cambió su traje violáceo por otro de marron oscuro, regio y le vi un par de años más antes de llegar a 1979  dejar la escuela y empezar el COU curso de orientación universitaria en donde conocí al grande, al magnífico, al sobrenatural Ramón Oteo. Nadie quedará en Reus que no tenga para él unas plaabras mayúsculas porque Ramon vivia en la república de las letras. Suyas eran las palabras, los versos, los clásicos, la ironía, ironía desatada en clase  con sus juegos de palabras y amor por los libros que se desbordaba entre los pupitres del instituto cuyas paredes habían sido las del Convento de San Francesc, cuya iglesia colindaba con el instituto donde casi treinta años después presentaria mi “Trucades des del Cel” ( 2007). A ellos nunca les di las gracias personalmente y guardo ahora cierta verguenza de haber recibido tanto y haber entregado tan poco.

Continuará 

 

Mister Gentleman Folch. Foto de 1973-74, anónima de mis tiempos primeros en La Salle