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Tenía diecisiete años que conocí a Ramón Oteo. Él treinta y ocho. Fue en el Instituto Salvador Vilaseca de Reus. Las aulas rodeaban el claustro de la antigua Iglesia de Sant Francesc. Allí tuve una primera historia de amor. A golpe de tiza. Quizás la palabras que nos regalaba con tanta generosidad nuestro profesor de Literatura Española transitaban por el aire y se quedaban colgando de los oídos de las alumnas del instituto. Había una muchacha llamada …Pagés,  de tirabuzones dorados, de rostro de porcelana, de ojos claros que empezó a garabatear mensajes en el muro que separaba el jardín franciscano de mi aula.

Poldark y Demelza, a tiza

En aquel tiempo emitían en televisión una serie que ahora cuenta ya con una nueva versión: “Poldark”. El protagonista, como yo, tenía un hoyuelo en la barbilla, el cabello rizado, algo alborotado, mentón recio, alto… Y fue un compañero que me hizo ver que esos mensajes a tiza eran para mí. Escritos sobre el muro viejo aparecían en mayúsculas mensajes de amor. Cantaba a mis labios, a mis ojos en poemas asonantes, en textos de cuatro líneas. Y cada par de días habían borrado el anterior para construir uno nuevo. Tardé varios días en responder. Borraba, al dejar el instituto,  el mensaje y sobre ese lecho borroso escribía mis palabras que dirigía a quien aún desconocía pero a la que me dirigía como Demelza, la hermosa protagonista de cabellos rubios. “A Demelza…”   asi durante varios días nos escribíamos y respondíamos mensajes el uno al otro. Creo que duró un  par de semanas hasta que averigué quien era, quise conocerla y compartimos un refresco en el bar de enfrente. Que desilusión: ni la muchacha era poeta ni letrada y era solo un juego inocente, un apunte amoroso que no iba a ninguna parte y que nacía y moría en esa pared. Luego después de conocernos cesaron los mensajes y del muro emborronado solo quedó la piedra encalada. La magia habia topado con la realidad y se había desvanecido.

Por fortuna la vida corría en el interior del aula cuando llegaba Ramón Oteo. En el Curso de Orientación universitaria a los que elegimos letras nos tocó en suerte una comunidad muy particular: éramos 5 hombres y 27 mujeres. A mi lado Milagros Pérez que acabaría siendo mi novia.  El padre de Oteo Sans había sido conserje en el insitituto. Él llegaba como catedrático. Él no daba literatura, era literatura.  Hablaba con elegancia de hijosdalgo, con apostura, cuidando sus palabras sonoras, elegantes y, a veces irónicas, aceradas, nunca hirientes, incluso divertidas. Sonaban como música cuando hablaba del Cid o de Moliére, o del romancero gitano de García Lorca.  Nos había prometido viajar en tren hasta Barcelona para ver “Las aventuras del joven Moliére” en el desaparecido Cine Capsa  pero algo se torció y no fuimos. Sí había viajado con otros alumnos y en otros tiempos en salidas teatrales. No fue hasta el año 2008 que siendo yo profesor universitario en la ESRP(UB)  sacaba a mis alumnos del aula para llevármelos al teatro alguna tarde pensando en que Oteo estaba allí.

No sé cual fue el sujeto de una prueba escrita en diciembre de 1979  que al dar las notas se detuvo en mi nombre. 

Ramón Oteo, ejemplo de magisterio

-Jordi Folch… un 8. Demuestra una gran madurez en sus escritos -afirmó frente a un corazón juvenil desbocado.

Creo que con Hermínio García, Ramón fue el segundo detonante para que me fijara en las letras. Yo no escribía nada,  apenas unos poemas que firmé con seudónimo algo traspasado: el aprendiz de los paisajes escritos para un concurso del instituto que ni tan siquiera gané. Pero la  poesía nunca fue lo mío. Me pareció y me sigue pareciendo una obra de dioses silenciosos y en mi vida había y hay demasiado ruido para que los poemas emerjan por influencias de soles y  lunas.  Traté varias veces a Ramón al paso de los años. Cuando fue director de la bibloteca del Centre de Lectura le pasé mi primer manuscrito del que sería mi primer libro: un cuento infantil, LA ROSA DE REUS que financiaron las empresas de la ciudad allá en 1989, diez años después. Oteo alabó mi historia y me hizo una pequeña recomendación de cortar una frase algo escatológica -la niña a la que se llevaba el viento soplaba ventosidades entre las nubes donde nadie podía oirla- y me avine a recortarlo.   Eran encuentros escasos  en los que él siempre se mostraba amable, casi amoroso pero como ya vivia en Barcelona desde 1998 los encuentros se hacían difíciles y cada uno de nosotros proseguía con su vida.

Reus, 1941-2015

Un día me contaron que había muerto.

Tenía 74 años, pocos para marcharse y dejar sus poemas sin publicar. Y como tantos otros se fue sin darle las gracias. Porque creo que sabía de mí y que no menospreciaba, como tantos otros,  que yo escribiera para niños y jóvenes que para muchos sigue siendo un género menor. Dicen que fuimos más de cuatro mil alumnos los que pasamos por sus aulas, en el instituto o en la universidad. Y releo mensajes  colgados en blogs y en periódicos de como nos transformó la vida a tantos. Y ese fue su regalo imperecedero: acordarse de él cuando alguien recita García Lorca o las Coplas a la muerte de mi padre de Jorge Manrique. Había un aire en las palabras de Ramón Oteo que sigue, años después,  revoloteando sobre nosotros por encima de muros de incertidumbre por encima de esa cultura que debe ser gratuita y que ya no vale nada y que quizás ya nadie quiera. Nos falta un Ramón que empuje el verso y cante y diga las palabras de escritores y poetas como si fueran  sagradas   y al que un día podamos  reencontrar de nuevo ver y nos pregunte, no sin ironía,  por si nuestro talento lo enterramos o lo hicimos reverdecer. 

Gracias Ramón, alma de letras, mano de poesía, tertuliano procaz, activista cultural por dejar el mundo algo mejor y, sobre todo, por  querernos tanto….

http://diaridigital.tarragona21.com/article-inedit-de-manuel-rivera-al-mestre-ramon-oteo/