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Regreso de un pueblecito del Priorat de presentar un libro de mi amiga Rosana. Se hizo un pregón, se editó el programa de semana cultural incluyendo el acto y aparecieron solo 8 personas. 140 kms de recorrido de ida y otros de vuelta Barcelona-Masroig. La cultura en los pueblos es un cementerio abierto. Te caes y ya no te levantas.
Bajo el estruendo de la lluvia golpeando los cristales de las ventanas en la calle Urgell vuelvo medio siglo atrás a ese pueblecito de mil habitantes que bautizó un rey moro y al momento en que mis padres decidieron darnos una mejor educación y llevarnos de las escuelas nacionales a La Salle Reus, un centro educativo fundamental en mi vida literaria pero también en mi vida sensitiva.

 

Mister Gentleman Folch

Hago esa remembranza apenas tres días después de que mi musical Nadie es un zombi -ya se contará algunos años después- llegara ante 1700 alumnos al teatro La Salle, una forma de devolver tanto como lo que recibí.
Pero en toda historia buena siempre tiene que haber un malo para inclinar la balanza y sorprender al espectador cuando menos lo espera. Del centenar aproximado de profesores que tuve en mi infancia y juventud y en la universidad solo dos responderían a ese arquetipo de personaje malvado.
El primero fue el profesor de cuarto de EGB Educación General Básica. Fue el primer profesor que encontramos al llegar a un aula de 53 alumnos. Mi hermano cursaba un año menos. Un profesor con el que vivíamos ocho horas diarias y que daba todas las materias. No fue hasta un año más tarde que llegó cada profesor con su asignatura
Se llamaba Peralta. Su padre Manel era el jardinero de la escuela, siempre contento, amable, dulce. Su hijo, todo lo contrario. Aunque de eso no nos dimos cuenta hasta muchos años después cuando algunas palabras salieron del diccionario y se apoderaron del mundo y fueron conocidas. Lo de sádico se lo dedicaría al segundo profesor. A Peralta la de “pederasta” sin tan siquiera imaginar que aquello tenía un nombre.
Peralta me regaló un sobrenombre. Por alguna extraña razón debía creer que yo era un muchacho inglés o que lo parecía. Era delgado, de cabellos rubio-castaños, ojos azules, delicado de rostro y de maneras. “Mister Gentleman Folch” me llamaba. Y no me molestaba lo de caballero. 

Supongo que en la deferencia de este tratamiento estaba la elegancia con la que mi madre nos vestía y que no pasaba desapercibida para el goloso profesor. De hecho remontándome algo en el tiempo a mis cinco o seis años cursando estudios en la escuela de la Hermanas Carmelitas Descalzas en Montbrió cuando llegaban los padres de algun nuevo alumno, la hermana Asunción, que fuera maestra de tres generaciones, me mandaba llamar  para presentarme a los padres del muchacho como ejemplo de bata bien planchada, pelo y maneras aseadas, de muchacho educado, limpio…  De lejos me venía, si me permite el lector, el señorío.

Pero sí, las bofetadas de Peralta estallaban en tu rostro,  lo encendían, dolían cuando caían sobre ti por nimiedades que ni alcanzo a recordar ni a comprender. Hablaba con cierta vanidad como si él, entero, tuviera toda la razón. Se contoneaba como un elefante de paso firme por el aula moviendo el cabestro de derecho a izquierda volviendo a su mesilla y a su altar. Tenía la cabeza grande, el pelo negro hirsuto, pegado, un rostro adusto de mejillas redondeadas. Y era manipulador.

La doble vida o “no pasa nada”.

Muchos fuimos a ver una película -ni el título recuerdo -. ¿Y a quién le gustó esa película? – rugió en tono amenazador. Solo Justo Calero tuvo la valentía de levantar la mano cuando a todos nos había encantado. Sí, Peralta pegaba bofetadas sonoras que nos aterrorizaban. A mí me dio dos o tres en todo un curso, pero aún resuenan en mi sin comprender las razones. Pero esa violencia en las aulas venía de lejos y , dicen, que era una costumbre habitual en tiempos del franquismo.  Pero eso no era lo más grave: Peralta tenía una doble vida oculta. En aquel tiempo estaba prohibido que los profesores dieran clases particulares de recuperación / ayuda a sus alumnos. Y él lo hacía pidiéndonos sigilo, y un mandato:  “guardadlo en silencio”. Tenía su casa y su despacho en la calle Muralla de Reus al que acudíamos una vez por semana dos horas, al anochecer, de siete a nueve. Allí asistíamos J.B, G. Serrahima y un par de alumnos más para repasar matemáticas. Un día J. B llegó con los faldones de la camisa fuera de los pantalones. Él lo atrajo hacia sí y le colocó los restos de la camisa dentro del pantalón. J.B al sentirse tocado en sus genitales protestó. “No pasa nada, hombre” respondió el profesor cuarentón quitándole hierro al asunto. Ocurrió un par de veces siendo yo testigo. Un día llegó mi turno cuando  llegé de la calle algo descompuesto; con la camisa fuera y la bragueta abierta -un recuerdo exacto grabado a fuego-. Cuando vi que se acercaba para manosearme me coloqué con urgencia la camisa y me cerré la cremallera.

Él repitió de nuevo: “bueno, hombre bueno; no pasa nada…

Estuvo festejando con una librera de la calle Llovera hasta que ella un día le pregunto para cuándo iban a casarse a lo que él respondió que él no se iba a casar nunca. La señora Cabré se lo contó a mi madre y ella, en tono divertido nos lo contó a nosotros. Peralta. Sobran las palabras.

Gallisá

Gallisá en quinto de EGB nos removía el estómago solo con verle entrar por la puerta del patio con su cigarrillo pegado a sus labios, con el rostro simiesco – es una constatación, no un adjetivo- endurecido, rojizo. Años después supimos que daba clases sin haber terminado la titulación de magisterio. ¿Cuál era su tortura? Tenía su propio método de castigo: oprimía con el dedo índice y el pulgar la punta de tu nariz y una vez sujeto a su argolla dáctil te clavaba una sonora bofetada que te estremecía tanto o más que la del degenerado de cuarto curso. Me tocó a mi por olvidar una vez el Diario Escolar y alguna otra sin que tampoco recuerde la razón. Era en ese tiempo en que mi imaginación acudía a mi ayuda y pedía a los héroes de los cómics, especialmente a Superman que acudiera a mi llamada para darle una paliza. Pero nunca llegó el super héroe y las palizas continuaron. Si su esposa, que trabaja en la secretaría era dulce y atenta con los muchachos quizás para compensar la maldad de su esposo, Gallisá sigue siendo tantos años después el peor recuerdo de mi infancia, la personificación de un terror cotidiano que estuvo viviendo con nosotros como un cáncer destructor todo un año. Y al terminar mi sesión contínua de los domingos la primera imagen que me llegaba al salir del cine de La Salle era el pensar que a la mañana siguiente ese simio engreído y presuntuoso iba a atravesar la puerta de entrada con paso rápido, con su cigarrillo pegado a la comisura de los labios, oliendo todo él a tabaco y en qué muchacho iba a ser ese lunes quien pagara sus desmanes, sus arrebatos, sus desvaríos. Cuando pegaba a niños de once años parecía que le temblaba la cara, tiznada de fuego vivo, disfrutando de un cinismo que hoy sigo sin comprender. Ni a él ni a quienes pueden pegar a un niño.
Sí, mi llegada a la ciudad abandonando nuestra cuna tranquila en un pequeño pueblo iba a ser con la violencia de un sistema educativo pervertido que albergaba a degenerados y a delincuentes que se llamaban educadores y que alimentaban nuestro odio por una escuela (ejemplar) que no lo merecía. Descansen en paz allá donde viven los monstruos.

 

Foto: quinto por la izquierda en la seguda fila entre Tost y Armengol, algunos años después.