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La Cuba de Fidel Castro en 1987: hambre para el pueblo | LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK
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A la boda siguió una luna de miel de 21 días. No sé por qué razón elegimos Cuba. Posiblemente porque era un lugar de moda, porque el Caribe nos daba ese descanso merecido tras los ajetreos de la organización, porque nos ofrecía exotismo, una geografía colonial y porque era el viaje a mayor distancia que ninguno de los dos habíamos realizado jamás. Lo que pasó en la noche de bodas- el inicio de una historia que daría para una buena novela- lo mantendré oculto. Digamos que fue el encontronazo de dos mundos opuestos, de dos formas de pensar, de dos seres que iban a convivir, eso sí, ciertamente felices, a lo largo de diez años. Para muy curiosos: el triunfo del amor cortés frente al peso de la tradición.

Cuba revolucionaria
Llegamos a Cuba a las seis de la  madrugada, hora española; se nos invitó a un coctel tropical y creo que dormimos un poco antes de enfrentarnos a la isla: siempre me atrajeron las arquitecturas decadentes y Cuba bajo el gobierno del dictador Castro  aparecía desvencijada, marchita. La Habana, su capital, oscurecía, toda ella, al llegar la noche: no había iluminación apenas en las calles; los  cristales de las altas ventanas de los hoteles estaban protegidos por cintas aislantes toscas en forma de “X” para advertencia de vientos y huracanes que habían asolado la isla: los cubanos vivían en permanente estado de alerta lo que, sumado a las penumbras de la ciudad nos entregaba una visión casi apocalíptica de un nuevo mundo que tenía poco de tarjeta postal. En la televisión del Habana Libre emitían solo el canal turístico que dirigía el gobierno. No existía ni internet, ni wifi, ni otras formas de ver.

Disipamos con la luz caribeña esas primeras impresiones tomando un helado (y su vaso de agua preparatorio) en el Coppelia, que luego se hizo famoso en el film Fresa y Chocolate.  Visitamos como típicos turistas una fábrica de tabaco -no fumo así que no fue algo memorable- mientras en la calle nos asaltaban muchachos que querÍan comprar algo en las tiendas de turistas a las que ellos no tenían acceso.  Nos recomendaban en las guías turísticas de aquel entocnes (1987) que regaláramos bolígrafos a los escolares y bisutería  a quienes nos atendiera.  Era nuestro primer encuentro con un país comunista: Fidel Castro y Che Chevara  aparecían en grandes carteles con llamadas a la revolución. Supe, con el tiempo,que estaban (y están) idolatrando a dos asesinos . Aún hoy se venden camisetas de Che Guevara como un gran referente de la izquierda acompañando en el mismo lineal, hoy, a camisetas de otro asesino, el colombiano  Pablo Escobar.  Cuba fue un descubrimiento por como un régimen políico habia lavado el cerebro  -no hay mejor expresión- a miles de ciudadanos que se contentaban con su rica pobreza. Y a pesar de su miseria el pueblo cubano se mostraba alegre y hospitalario: no faltaba en ningun rincón, en ninguna playa un grupo de trobadores que te cantaban boleros y guarachas, rumbas… con los ecos de los Van Van Benny Moré y Compay segundo (mucho antes que Compay  y el gran Ibrahim Ferré fueran internaciones con los conciertos grabados por Wim Wertenes en Buena Vista Social Club).  Ese ritmo, esa percusión, ese bamboleo musical fue como regresar a tiempos de esplendor y gloria y entendí que al pueblo cubano, tan sufrido, lo salvaba la música. Fidel dio el golpe y acabó con Fulgencio Batista que había convertido Cuba en el prostíbulo de América pero luego el revolucionario engordó, se aposentó en el poder y empezó a matar a los que no pensaban como él.  Hace 30 años de aquello y siempre me digo que quiero volver  a sus calles coloreadas cruzadas por viejos y destartalados Cadillacs  donde se practicaba el cambio de moneda, un dólar por cuatro pesos, que ahora venden a 0’90 dólares. Con el cambio allí todo el mundo era un pequeño rico: no vimos jineteras vendiendo sus cuerpos ni muchachos entregándose. Nos cubría la inocencia de esa luna de miel que era de hiel para otros. En el malecón los muchachos se lanzaban al mar y pedían pesos por fotos con esa sonrisa perfecta de anuncio en cuerpos escuálidos pero fibrados mientras nos invadía aun el bochorno octubril y , mientras grababa con mi cámara  de video sin apenas moverme una hermosa panormámica,  los mosquitos se acarnizaban conmigo a partir de las seis de la tarde.

En el Tropicana Club, de noche, cabeceamos en la mesa hasta dormirnos a pesar de la algaraza y de las bailarinas; andábamos molidos. En el cementerio de La Habana muchos apellidos catalanes de indianos que  nunca volvieron.

Viajamos por  Varadero, por Santiago de Cuba (mucho más hermosa que La Habana) por Matanzas, Cienfuegos y la increiblemente colorista Trinidad. Nos embarcamos por lagunas y rios , tomamos hasta once aviones entre ciudades y llegamos a Cayo Largo del que todavía tengo un par de fotos  a buen recaudo donde, desnudos como Adan y Eva, retozamos en las orillas espumeadas del mar, entre cabañas de cañabrava, con los cangrejos andando por la arena y un olor rancio  a desinfectante .Y allí entre los cantos hipnóticos de los cubanos y su Guantanamera el olor a mar y el sabor de cócteles tropicales engendramos a nuestro primer hijo, Aleix.; el mar era nuestro, el mundo nos pertenecía y los corazones acompasados vibraban rítmicamente mientras nuestros cuerpos oscuros por el sol se cimbreaban en el mar en calma. El mundo había desaparecido y solo quedaba la línea del horizonte que parecía quebrarse en los calores perennes. Allí, en tiempos antiguos, perdimos la virginidad. La abandonamos en una ciudad remota con el susurrar de las palmeras de un viento vecino.

Llevábamos 15 kilos de equipaje de sobrepeso en el aeropuerto: discos de boleros y rumba  a montones, libros de un precio infinitamente bajo, un par de piedras torneadas con los arañazos del coral que aún me sirven de portapapeles y regalos para la familia.

Regreso a la UAB

Mientras estábamos en Cuba en octubre  la Universidad Autónoma  havía iniciado sus clases. Matriculado de cuarto de publicidad retozaba en la arena que los alumnos ocupaban las aulas a las que llegué casi un mes tarde. Y allí nada había cambiado: los mismos profesores dando apuntes y nosotros anotando como locos para signaturas que no me habían de servir de nada. Con una excpeción extraordinaria: Jose Maria Ricarte (como ya conté) que nos daba Creatividad y donde aprendí que la creatividad sí se aprende, sí se enseña, sí  se comparte.  Saqué las máximas notas. Mi cabeza,quien sabe si por la paz y el placer que saqué de Cuba era como una lavadora en su programa de centrifugado, una loz roja que ya nunca iba a apagarse.