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Del servicio militar en Tarragona, poco que añadir: lo de pasar desapercibido no había sido escrito para mí. A mi actividad de “censor” de videoclub, a mis actuaciones en la orquesta del Regimiento de Infantería Badajoz 26 tengo que añadir un tercer hecho y quizás el de mayor alcance: de no ser que mis compañeros me conocían bien habrían pensado, sin duda, que el muchacho tímido y aún inocente escondía a un fascista radical, un peligroso epígono de VOX cuando VOX solo eran, entonces, diccionarios de la lengua y nos los políticos peligrosos de extrema derecha que son ahora.

Medalla con distintivo blanco
Ocurrió que tuve noticia de un concurso que convocaba una revista militar -no recuerdo como supe de ello porque nunca he ojeado una revista de ese tipo- que proporcionaba al ganador 30.000 pesetas ( 180 euros aprox) y 20 días de permiso. Me interesaba el premio (el permiso), especialmente, y después el dinero. Hice una lista de lo que pensaba del servicio militar, de los cavernícolas de algunos compañeros, de algunos mandos intermedios y de las altas jerarquías que vivían en tiempos de paz buscando guerra y greña donde la hubiese.  De los veteranos altivos y pendencieros que te llamaban “bulto”, de los zoquetes que eran unos y otros, del sistema de castas podrido. Fue una lista larga. Entonces le di la vuelta justificando, no sin dificultad, todo lo contario. Lo tomé como un ejercicio literario con un español rancio y pomposo, como un paso para convertirme en comediante, en personaje que transformaba la banalidad injustificable en algo sagrado, necesario y en casi dogma de fe.  Escribí : “…necio es el que no comprende la necesidad del servicio miltar”. Ser joven, tener ambiciones literarias, convertirse en personaje, insisto, es la única excusa que me justifica.

Y gané el concurso. Mis compañeros, de no conocerme me habrían arrojado por la ventana. Vino un alto cargo a darme una medalla de distintivo blanco en cuarto grado  al mérito civil (¿qué mérito?, pardiez) con todas las tropas formadas, medalla  que creo que guardo despegada en alguna caja. Estuve en Barcelona en Capitanía general para un acto oficial.   Me di cuenta de lo fácil que era engañarles. Encima dedicaba mi articulo a mi admirado capitá Miguel Alcañiz  (al que no admiraba para nada). Creo que mi desafío fue demasiado lejos, como mi atrevimiento, pero salí ileso de la aventura (hasta hoy). Fue tiempo después que me dije a mi mismo “¿y no podías parar quieto?”.  Guardo en algun cajón olvidado la revista donde ha de permanecer hasta el día en que decida quemarla.

Terminó el servicio miltar. Felipe Garmendia me dice, en una cafetería en Barcelona,  aprovechando uno de sus viajes, que dos meses después hubo otro sucidio en las vías del tren. Y me recuerda que no es vasco-catalán sino vasco-mallorquín. Asi que corrijo. Ya licenciado  soñé en varias ocasiones con el servicio militar. Y ocurrió que tuve que regresar al cuartel a buscar un libro que mi novia me había prestado para prestarlo a su vez a un oficial que estudiaba psicolgia (No todos eran brutos, dejo constancia). Cuando, de repente, ya en el cuartel, apareció un teniente  en una de las esquinas, súbitamente me cuadré. Él se extrañó y yo me avergonzé de cómo esa experiencia militar,  si bien la había salvado con cierta comodidad, me seguía marcando entre mis sueños.  Ese regreso al cuartel una mañana fue como una terapia de piscologia aplicada: ya dejé de soñar con el ejército y las compañías y los mandos y las garitas.

La yaya Teresa, el hada abuela

Nos fuimos del cuartel en enero. La boda era en octubre. Mi abuela Teresa falleció en mayo  a los 85 años, sin que pudiera asistir a eso que llaman el día más importante de la vida de uno. Quizás eso de “el día más importante”  era antes: ahora las bodas ya no son para siempre sino hasta dentro de unos días…

Hubo ciertos problemas familiares en cuanto  a quién tenía que pagar los gastos del funeral. Las dos hermanas de mi padre adujeron que, puesto que vivía con nosotros, que fuera mi padre quien lo resolviera, Y así fue aunque me consta que tiempo después mis tías, por las que siempre tuve gran cariño, se disculparon. Fue triste ver perder a un ser que ha vivido contigo veintiseis años y  a la que llevaba  al cine  (recuerdo “el Gran Vals” y una de las aventuras  de la pantera rosa con Peter Sellers en el teatre Fortuny) para que se distrajera. Una abuela que, ya siendo niño y joven  desmemoriado no había día en que, antes de irme a la escuela, no me recordara  desde su habitación “¡el bocadillo!”  que era como ese anuncio publicitario del muchacho que se exclama “¡anda la cartera!” (Donuts, años 70) .Las madres cuando se convierten en abuelas  lo hacen también en ángeles que velan por nosotros desde su ternura y su generosidad,  desde esos ojos marchitos pero sabios.

La boda, 10 de octubre

Margarita insistía en tener la casa lista completamente para las visitas. Qué estupideces cometen las mujeres a veces. E vez de ir arreglando las habitaciones a medida de nuestras posibilidades  la casa estuvo preparada y lista y ya!… para las primas y las amigas,  para que fueran desfilando  y te fueran regalando los oídos con aquello tan zalamero y mentiroso como “qué bonito”. No les faltaba razón. Margarita siempre tuvo un gusto exquisito por el mobiliario en una mezcla afortunada de clásico y moderno. Mi despacho con mesa negra presentaba en dos paredes el mapa de Manhattan nocturno  una panorámica desde el puente que otorgaba a la habitación un aire no solo novayorquino sino futurista y ambicioso, un despacho que solo duró  un año hasta la llegada de nuestro primer hijo, Aleix que hizo del despacho su  habitación y yo me desplacé a un pequeño cuarto contiguo con una mesa pegada  a la pared donde iban a nacer mis primeros cuentos y mis primeras novelas.

La boda con banquete en el club Náutico de Salou  fue una fiesta hermosa, aunque me faltara mi abuela.  El hotelero Cabrera con varios hoteles en la Costa Dorada había pagado, algunos días antes  para que, al llegar su hija, sonaran las campanas del santuario de Misericordia. Yo me negué a untar a los “cuidadores” ( “massovers” ) del templo. Así que llegué cuando aún las luces de la iglesia no estaban encendidas como respuesta a mi escasa generosidad. Patulea de bergantes que se bajaban los pantalones  ante Don Dinero en la casa que dicen que es de Dios y de todos pero donde siguen las distinciones como se verá cuando hable de la boda de mi hermana en el mismo lugar algunos años después y donde ocurrió algo parecido.  Hatajo de delincuentes que le rezan al dinero antes que a la Virgen y luego piden perdón por sus pecados en acto de contrición y lamento íntimo y falso.

 Para ese día compuse unos versos imitando a los poemas viejos del medievo  castellano y en homenaje a Ramón Menéndez Pidal, su rescatador, en su bella “Flor Nueva de Romances Viejos” (en Austral, Poesía)

DE COMO LA INFANTA MARGARITA CASO CON FOLC

Hoy tarde es de San Tomás

octubre de nuestro señor

tardes frescas, tardes buenas

cuando baja la calor

en santuario,ciudad grande

fiesta viene de primor

ya se acercan,ya, los novios

hacia el gran altar mayor.

Muy pasito va la novia

cubierta de perlería

de blanco blanco,de blanco perla

dos mil falagos se oían.

El mancebo se la mira

la su linda enamorada

en la su boca tan fina

fino coral estalla.

Que galana va la niña!

que guapo que está el galán!,

ya tañen los instrumentos

prestos todos al casar.

Desque la marcha sonaba

no dejaban de llorar

Doña Carmen, Doña Rosa,

por sus hijos suspirar.

Danse manos, danse abrazos

la boda ya está cumplida

míranse enamorados

la alianza bendecida.

Misa en Misericordia,

el yantar cerca del mar

bailan damas y, a finales,

convidados no querían, no, marchar.

Huyen novios, ahora esposos

tierras y mar sin porfiar

vengan lluvias,vengan vientos

Dios sabrá bien remediar.