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La mejor estación del año en ese lienzo abigarrado de colores que es la infancia siempre será el verano. Nunca el ser humano gozaba de tanta libertad y de tantos sueños como en los tiempos en que no existían los móviles, ni las pantallas, ni internet. Sí, los sueños, las esperanzas aún no habían sido secuestradas por la inmediatez, ni habíamos cambiado las acuarelas de las tardes del verano por los dígitos del lenguaje binario en el que todos, también nosotros, nos hemos convertido ( y destruído). Ningún menor de 20 años, nativo digital, entenderá esa fábula de tiempos que tenían tres dimensiones y que sabían a helado, de días que derrotaban a la noche donde el canto de los grillos y la luz de las luciérnagas, eran a menudo, nuestra única compañía…

Hace poco rememoraba el tránsito de mi niñez en esa extraordinaria “Call me by your name”  (de la novela de André Aciman) que narra los amores de Elio y Oliver en un estío larguísimo en un pueblecito italiano hecho de suspiros, de miradas,  de lecturas, de paseos, de música, de amigos y de incertidumbres.

Llegan los Señores Gili

Cuando terminábamos la escuela el 20 de junio tardábamos poco en volar hacia Cambrils, apenas a nueve kms de Montbrió del Camp donde mi padre había construído con sus propios manos un chalé, como ya conté, junto a la N-340.  Julio era un mes que compartíamos con amigos de aquí y de allá,  sin que hayan permanecido sus nombres, de mañanas de playa, de domingos de paella, de encuentros con primos y familias. Y era tiempo de lecturas: a principios de los 70, las aventuras de los Cinco  de Enid Blyton… Pero también literatura adulta: de la biblioteca de mi madre me llevé, con apenas catorce años, la espléndida “El Decameron” de Bocaccio cuyas historias me arrebolaron y ya en el 1976, “Tiburón”, del que nació el film de Spielberg o “Rascacielos” del que nacería “El Coloso en Llamas” -ya me encantaba el cine-  libros del Círculo de Lectores, a la que agradezco esa apuesta por la cultura literaria de una generación iletrada de españoles en tiempos de dictadura.

Pero en agosto todo cambiaba. El verano tomaba velocidad e interés. Esperábamos con un deseo nervioso e infanti, con auténtico deleite, la llegada de los que siempre serían y serán los Señores Gili -apellido catalán de Lleida pero con vida en Madrid-  cuya “casita” -así la llamaban- colindaba con la de nuestra tía y la de ella con la nuestra. No había mejor momento que ese 31 de junio o primero de agosto en los que mi hermano y yo corríamos hasta el chalé de mi tía para adivinar, detrás de la hilera empinada de cipreses las figuras tiernas de Juan y Pablo Gili. Si yo había nacido un 5 de septiembre Juan lo había hecho un 25 y su hermano Pablo en otro septiembre de algunos años menos. Eran los Gili de Madrid y nosotros los Folitos  y  desde su llegada nos pasábamos las horas juntos.  Juan y Pablo olían a ciudad capitalina. El doctor Samuel Gili era un elegante y caballeroso médico, alto, de voz cercana y amable, una figura importante en la España de los 60 al que yo había visto una vez entrevistado en televisión. Su esposa Angelines era y es aún la mujer más dulce,  risueña y  bondadosa que jamás he conocido. Nunca la vi enfadada.  A menudo íbamos todos a la misma playa -la del Chiringito-  pero lo que que se repetía cada noche bajo nuestro humilde porche era el encuentro de las dos familias. Los Señores Gili, Juan, Pablo, a veces Luís, el hermano  mayor, Marta y Nuria venían a ver televisión: Manix, Hospital Central, Ironside. Refugiados todos en ese porche veíamos una tele en blanco y negro que nos reunía a catalanes y madrileños, todos a una,  mientras mi madre y la señora Gili hablaban en voz baja hasta que alguno de los muchachos se quejaba de que no había forma de seguir la película…

En 1972 llegó “Un, dos, tres, responda otra vez” que presentaba Kiko Ledgard y dirigía el gran Chico Ibáñez Serrador. Y esas noches eran especiales. Fue en los albores de los 70 en que recuerdo haber jugado a teatro en el porche de la casita de los Gili con actuaciones musicales  en playback de tocadiscos de Marta, una hermosa y delfínea adolescente de cabello largo, de grandes ojos y sonrisa angelina ( heredada de su madre). Y recuerdo otro año jugando al un, dos, tres, vistiéndonos en el baño  con toallas e imitando a Sus Majestades los Reyes Magos mientras alguien abría una caja u otra como afortunados concursantes del programa televisivo de mayor éxito de la única TV que había entonces ( y UHF).

Resulta imposible condensar con justícia las alegrías de aquellos veranos. Con Juan y Pablo construíamos, cada agosto, una cabaña hecha de lonas plásticas, cañas y cartones y allí nos pasábamos las tardes en confidencias infantiles  y algún que otro enfado de “¡tu no entras ya en mi cabaña!”. Cuando no andábamos  escondidos en la cabaña correteábamos por el vasto campo de trigo que separaba los tres chalés de la casa y “bassa” de riesgo de mi tío Juan Llabería. Corríamos con bañador por entre las hojas cortantes del campo de maiz señalando nuestros bronceados cuerpos con delgadas lenguas de fuego hasta llegar al peral escondido entre las panochas. Era una selva espesa y profunda que solo al crecer nos descubrió sus limitadas proporciones que, a ojos de niños, parecían enormes. 

El abuelo de los cuentos

Una de las figuras más legendarias y queridas eran los abuelos de nuestros amigos, Tuto y Tita, ella dulce como un pájaro cantor,él conversador nato, elegante, de camisa blanca planchadísima y aferrado a su cigarrillo. El Tuto, como le llamábamos todos, gozaba de una sorprendente capacidad manual para construir con palillos y maderillas jaulas para grillos pero también majestuosos juegos de ajedrez  de los que aún mis padres guardan uno, como tesoro de otros tiempos. Nos construía jaulas y encerrábamos allí a los pobres grillos hasta que, hartos de su salmodia, les soltábamos. Tuto nos regalaba gallinas-huchas que fabricaba con medios cocos pintados de blanco y otros juguetes que nos convertían en los seres más felices del universo.

Cada año cumplíamos un rito: a mitades de agosto, para la Vírgen, las dos familias -Gili y Folch- con nuestros tíos y tías y los suyos llegados de Lleida nos acercábamos hasta la ermita de Santa Marina en Pratdip (tierra de vampiros) para  compartir la famosa ” coca amb recapte” y botellas de gaseosa La Cambrilense y bebidas refrescantes metidas entre bloques de hielo.  Éramos como cuarenta entre adultos y niños -mi hermana Sara llegaría en 1968-  departiendo y festejando nuestra amistad como si la montaña nos perteneciera. Nunca había mucha gente porque pocos conocían esa lugar de rezos  -una ermita siempre cerrada- y barbacoas.  Veo ahora veo en las fotografías recientes que han pintado de amarillo huevo chillón las paredes.  Ya no es una ermita sino un santuario sin que adivine en qué cambió o si la santa se nos hizo mayor. Yo los muros de piedra, las paredes recias las  prefiero descascarilladas, confusas, ya ancianas, con sus escalones empinados y sus fuentes refrescantes  que nunca abandonábamos sin llenar depósitos y cantimploras porque, no es que fuera milagrosa, es que era fresca y pura y lozana como nuestras niñeces.

 

Escribo esta crónica feliz,  la publico y me empiezan a llegar comentarios de Los Gili, a golpe de whats. Nuria Gili, esa belleza casi sureña, nuestra Sofía Loren más particular me recuerda que hubo un verano en que subimos a La Mola, una de las montañas vecinas.  Conducidos por mi primo hermano Pere Llaberia, guía y pastor de humanos que debía andar en sus diecisiete años acabamos perdiéndonos, extraviados del camino y atravesando el monte como bandoleros desnortados por entre la  vegetación salvaje, por zarzas y matorrales hasta alcanzar la cima. Otra aventura casi literaria con el lema nunca confesado de que la unión nos preparaba para la aventura con la sonrisa puesta en lo más alto. Gracias Nuria.

http://www.pratdipturisme.com/es/vive-pratdip/que-visitar/ermita-de-santa-marina

Así fueron todos y cada uno de los veranos de los 60 y de los 70. Misa en Cambrils los domingos por la tarde cuando abandonábamos nuestros bañadores por pantalones largos y camisas blancas. O en el Mas del Carabasset, una masía ya medio deslavazada a la que acudía un capellán para la treintena de fieles de los “masos” cercanos.  Y las cenas en las largas mesas de manteles blancos de  los Gilis  con huevos fritos y patatas para los niños  servidas por “la minyona” Aury bajo la luz del camping-gas  en el olor de la noche fresca, bajo los olivos cuando el mundo aún nos pertenecía. 

Excursiones al Monasterio de Escornalbou y a Santes Creus que el doctor Samuel Gili, cronista de una época recogía en su cámara de cine de 8 milímetros  y en las que me he visto años después hiperactivo, gestual (en exceso)  casi sin reconocerme en ese niño movedizo y feliz.

Y algunos sustos: la Nacional 340 Barcelona-Valencia tenía una larguísima recta en donde permanecían, impávidos al mundanal ruido,  los tres chalets. Parece que algunos conductores se dormían. Una mañana me despertaron las múltiples voces que parecían más propias de un mercado dominical: alguien había bostezado  y un autobús se había metido en el jardín de los Gilis. Los pasajeros dejaron allí sus botes de garbanzos en el suelo y el baño hecho una M.  La madre, Angelines Manzanaro daba gracias a los cielos de que su hijo Luís se hubiera ido muy de mañana con su padre a Cambrils, porque a esa hora debía estar recortando el seto de arbolillos y cipreses que guardaban la casa en el muro, ya caído…

Hasta que un día, como en todas las grandes historias, concurrieron dos hechos en esos tiempos casi mitológicos que nos despertaron del encantamiento: la primera que los Señores Gili, un verano -con aquello de no molestar- trajeron su propio televisor y así esas noches únicas pasaron a la historia antigua. Muchísimos años despues acabaron vendiéndose la casita para adquirir algo mucho más cercano a Madrid (Las Zorreras). Tampoco nosotros tardamos mucho en vender el chalet con reja de hierro dibujada y construida por mi padre bajo un medio arco de flores violáceas. Y donde hubo vida y juegos y risas quedó solo el estruendo del tráfico  y otras vidas ya ajenas.

La segunda es que en 1975 empecé a trabajar en el Motel La Dorada como cajero de restaraurante para ganar algo de dinero . “Algo” significaba 7000 pesetas mensuales que eran como 40 euros con cuyo dinero me acabé comprando una Derbi Variant. Estuve allí tres veranos con un jefe cojo y tirano pero bueno de corazón, el señor Dalmau. Mi padre me llevaba,  apenas a cinco kms del chalé y me recogía llegada la medianoche hasta que me compré mi primer vehículo de dos ruedas.

Ahí se rompió esa magia de la cotidianidad, ese encuentro diario e inagotable con los Gili y quizás también mi niñez. Fue en ese tiempo cuando empecé a escribir un primer cuento al que llamé “Eduardo”: la historia de un chico rural  al que la ciudad iba a pervertir. Pero como apenas pasé de la primera página nunca supe cómo y de que manera una ciudad iba a pervertir a un muchacho de campo. Pero ya volaba mi imaginación. Y tambien unos primeros versos que, por suerte, se ahogaron en algun cajón.

Llegaban los finales de agosto y los Gili regresaban a Madrid y nosotros  a nuestro pequeño pueblo y desde los diez años a Reus. Y cada verano nos dejaba el gusto melancólico en la piel de que otro año se habían ido y había que esperar a otro verano para vernos. Resulta extraño que a pesar de nuestra amistad nunca nos llamábamos por teléfono – sí los padres-  como si pensáramos que en Madrid había tanto que hacer que no quedaba tiempo para los amigos del verano. Quizás para postergar la magia de que Juan y Pablo Gili eran seres etéros que tomaban cuerpo para nuestros veranos y que como genios  volvían a su lámpara mágica cuando terminaba el hechizo. Entre septiembre y junio casi no existían. O no existíamos nosotros. 

Pero cuando pasan los años y se encanecen nuestras sienes soy consciente de que nunca hubo un tiempo tan feliz como aquellos largos veranos. Llegaron responsabilidades e hijos y fuimos creciendo pero nunca volvieron veranos así, niños afortunados, relamidos por el sol y el mar que inventábamos nuestros propios juegos con nuestros propios juguetes -los del Tuto, el Grande-  en nuestra propia cabaña y con programas en blanco y negro y excursiones en el auto de papá, un Gordini sonriente verde lima, libros e inocencia a raudales. ¿Qué más se podía pedir si no esa infancia dorada cuando las horas se deslizaban lentamente en el compás hermoso del no tiempo?

¡Ay niños del  XXI! … ¿, confesaréis, alguna vez que vuestra infancia  interferida y connectada fue, quizás,  solo una pálida sombra de nuestra libertad? 

 

 

 

 

 

 

Foto b/n cedida por Juan Gili. Santa Marina 1967 o 1968

Foto en color: La Familia Gili en el el porche de la casita en los 70. Con Charro, esposo de Nuria y la Gorgojitos

Foto en color: Las dos madres: Mari i Angelines (años 60)