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Hay un proverbio hindú que dice “dadme un niño de de cinco a diez años y te diré cómo vivirá y cómo morirá”. Y unos versos de T.S.Eliot :

   ”  Ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestro nacimiento,”

Porque ya desde nuestro primer abrir de ojos  se forma nuestra personaldiad construida con nuestros padres, nuestros entorno, nuestros amigos y los hechos que nos rodean.

Ese niño nacido en un pequeño pueblo recibió un golpe en la frente cuando descubrió los libros, sobre todo después de la primera comunión, el poder de las historias orales, de Simbad el Marino, a los títeres y la fantasía (con el guiñol nacido de las manos de su padre) pero aún le faltaba un segundo golpe en la frente: el cine.

El Cine NIC

En la plaza de Montbrió del Camp había una tienda pequeña que llevaba una mujer alta y delgada, de trato cariñoso llamada La Salla. Apretada la frente contra el cristal el pequeño de ocho años se embobaba frente a un proyector de cine NIC pintado de verde y de las películas de papel de cera de Walt Disney (Pinocho, Peter Pan, el gato con botas o, simplemente, La bruja). Eran tiras de papel ilustradas que colocabas en su suporte y por medio de una manivela la arrastrabas de principio a fin. Con dos ópticas verticales las dos tiras cómicas impulsadas por la luz de una bombilla reconstruían la historia en el muro de tu habitación o en la sábana colgada en la puerta del armario.  Parecía un anuncio publicitario ese niño anhelando entrar en un mundo en movimiento. Y ese Nic y sus películas llegaron un día a la vida de ese pequeño soñador. Y ya las sesiones de amigos y sobre todo para uno mismo empezaron a cualquier hora. Cuando mis padres viajaban a Reus, lejano lugar a diez minutos de coche, siempre volvían con una película o dos. 

Otro de los impulsos que iban a convertirme, curioso camino, en crítico de cine del Diario Español de Tarragona  y en Antena 3 de radio solo veinte años despues fue otro proyector de películas de verdad: mi primo Pere Llaberia exhibía con orgullo un proyector de cine con dos bobinas donde se delizaba una película auténtica: El Circo de Chaplin. Se abría el prodigio. La imágenes silentes del cine mudo cobraban vida donde no la había.  Creo que solo fueron un par de veces que asistí al milagro pero me  impactaron de tal forma que ya nunca iba a apartarme de ese mundo mágico a veinticuatro fotogramas por segundo. 

Imágenes de cine o del televisor.  Parece ser que ya a las 9 de la mañana me sentaba en un pequeño sillón de mimbre veteado de verdiblanco  de donde mi madre tenía que sacarme con aquello de que la programación (en riguroso blanco y negro)  no empezaba hasta las seis de la tarde. Pensaba, muy de niño, que los personaje vivían en el interior de la caja del televisor y bastaba con practicar con serrucho un hueco en su parte interior para llevárselos. Fueron esos tiempos de Terra d’escudella  de Los Chiripitifláuticos y de las marionetas de Herta Frankel.

La Censura: 1971

El gran mundo del cine  se abriría definitivamente a mis diez años cuando abandonamos el pueblo para trasladarnos a nueve kilómetros hasta Reus  para continuar con nuestra educación general básica.  Y porque pienso que mi madre estaba ya harta de la vida de un pequeño pueblo hecha de envidias y medias palabras.  Y allí en La Salle de Reus iba a penetrar,  de forma definitiva  en la cueva de las maravillas o en la caverna de Platón: el momento más esperado de la semana era el lunes y las once de la mañana. Salía de clase a la hora del patio y me dirigía, inequívocamente,  hasta la entrada principal donde colocaban, religiosamente, los dos pasquines de las películas que proyectaban sábados y domingos en esa catedral del cine de 30 hileras de butacas rojas  que a mi me fascinaba y  a diecisete pesetas la entrada  los sábados y a  dicienueve los domingos en sesión continua. La semana trascurría con una lentitud apabullante hasta que llegaba ese domingo a las cuatro de la tarde con dos películas con intemedio para comprar gaseosa a tres pesetas y algunos dulces -creo que en ese tiempo aún no habían legado las palomitas. Y cuando caían las 7’30 de la tarde, aproximadamente, y volvía hacia mi casa  en avinguda doctor Ferran, a diez minutos de camino,  me invadía una terrible desazón de que ya esa semana había muerto  y había que esperar ¡siete días! para ver nuevas películas. En Reus que andaría por los 80.000 habitantes en ese tiempo y que luego en el XXI pasaría de los cien mil había otros cines: el Monterrosa ( donde ahora hay un Zara) , el Kursaal donde se levanta un edificio y Juanjo Borrás  tiene su consulta de dentista, el cine Avenida (un supermercado Día) o el pequeño teatro/ cine del Orfeó Reusenc. Algunas películas las veía, también,  en el cine Avenida y luego repetía. Pero tambien contábamos  con la censura que con buena fe ejercían los hermanos de La Salle. Supongo que aserrar la cabeza de un monstruo antiquísimo para observar en su interior les debía parecer algo contagioso porque ese “Pánico en el Transiberiano” con Peter Cushing, Christopher LeePeter CushingTelly SavalasAlberto de MendozaSilvia Tortosa… que dirigió con gracia el granadino Eugenio Martín ( a sus 94 años sigue vivo)  fue cambiada, de repente, un sábado por otro film. Martín rodaría también “Una vela para el diablo” y dos musicales que también vi en ese cine: La vida sigue igual (Julio Iglesias) y una de Marisol.

https://es.wikipedia.org/wiki/P%C3%A1nico_en_el_Transiberiano

Para una publicación que nunca nació, escribí hace un par de años un artículo en el que ya contaba mi pasión por el séptimo arte y por ese cine/teatro de La Salle en el que me formé, como se verá, en sensibilidad, sentido artístico y pasión cinéfila. Un cine que cerró muchos años después   dejándome con el mismo ahogo y tristeza que esos domingos pretéritos al volver a casa con las manos en los bolsllos y las retinas inundadas de ilusión.

EL CINE DE LES DISSET PESSETES  (TRADUCCIÓN AL FINAL)

Quan vaig arribar, als deu anys, a la Salle de  Reus em va sorprendre menys el fet que fos una escola gran que el que tingués un gran cinema. Els dilluns eren un dia especial per aquell infant que, temps enrere col·leccionava i s’embadalia amb les pel·lícules de paper del Cine Nic. Sí, els dilluns a l’hora del pati unes mans invisibles canviaven la cartellera, que, tot entrant a mà esquerra, avançava les pel·lícules del cap de setmana.  Als inicis dels setanta el cinema de La Salle funcionava com a cinema comercial tot fent costat el Monterrosa, el cinema  Avenida, el Kursal…  amb sessió doble a disset pessetes els dissabtes i a dinou els diumenges amb mitja hora per beure gaseosa o endrapar llaminadures. Els diumenges calia fer cua i no era estrany escoltar aquell  “eh… que aquell es cola”.

Després de la sessió doble i a quarts de vuit del vespre calia tornar a casa: ho fèiem amb la tristor de saber que el diumenge era acabat i que, rere la foscor del caient de la tarda arribava un nou dia d’escola i, amb ell, aquell professor Peralta que ens esbatussava a tots. El cinema ens alliberava d’un món feréstec que ja no rodava com caldria. Era el territori de la imaginació, una lliçó de ciències naturals i socials, de literatura visual on les fotografies dels llibres prenien vida fossin les praderies del John Ford o els caleidoscopi musicals del Stanley Donen.

El meu seient  -el meu secret- era la filera quinze, butaca número quinze, al bell mig del cinema de manera que el meu angle de visió quedés encerclat per la gran pantalla blanca, el llençol dels primers somnis.

Amb motiu d’algun esdeveniment especial la xicalla érem convidats al cinema. Any rere any desfilàvem per tal d’alliçonar-nos amb “El Senyor de la Salle” amb Mel Ferrer (Luis César Amadori, 1964)   que contava lluites i esforços dels nostre Sant Patró. El rànquing dels mes vistos incloïa  dos musicals: Chitty Chitty Bang Bang (Ken Huhues, 1968,   i “Oliver” (Carol Reed, 1968)  basada en l’obra de Dickens “Setenta Veces siete”  un versicle convertit en pel.lícula religiosa o l’ensucrada  “Siete novias para siete hermanos”  (Stnaley Donen, 1954) completaven el cercle de referències lasalianes que havíem  d’aplaudir  a cor què  vols,  talment com si arribessin els nois repentinats del Seté de Cavalleria. Davant  d’aquelles pel·lícules a technicolor on, sobtadament, es posaven a cantar i a ballar sota el radiant “Oh wonderful morning, Oh wonderful Day”  els alumnes  prenien posició: o hi responien amb una xiulada del “ja n’hi ha prou  de la cursilada” o –els altres- callàvem amb l’acusació de que “no tenien prou imaginació” la qual cosa, possiblement haurà quedat demostrada al pas de temps.  La censura també era possible. Ja no es tractava de doblar l’Ava Gardner i el Clark  Gable que s’havien convertit en apassionats germans a “Mogambo” sinó que si un film s’escapava  del políticament correcte era simplement bandejat: jo havia  vist  “Pánico en el transiberiano” (Eugenio Martín, 1970)  al cinema Avenida i l’havia recomanat als companys. Veure serrar el crani d’una de les víctimes d’un monstre vingut de temps antics devia resultar un plat poc saborós  per l’equip censor que va decidir substituir-la in extremis per un film espanyol de títol oblidat… 

Les tardes al cinema de La Salle, de sients tapissats de granat a joc amb el teló s’escolaren lentament aquells dissabtes i diumenges com desapereguen  els programes dobles que ens permetia viure les vides dels altres, des dels Germans Marx amuntegats al camarot, al Cantinflas embo-bo-licant la troca,  de  l’Esther Williams, sempre capbussada, al Walt Disney més memorable, dels spaghettis westerns del Bud Spencer i  Terence Hill al cinema religiós del Willian Wyler.

Un dia el tauló d’anuncis cinematogràfics, els pasquins que encenien emocions va quedar desert.  I sense saber-ne els motius va deixar de ser una sala comercial. Amb el temps el tauló d’ anuncis va desaparèixer com si talment tot hagués estat una ficció, un decorat de cartró pedra dels films de Sergio Leone.

Ens fem grans, les pel·lícules envelleixen,  pleguen les sales de  cinema i en fan botigues de confecció,  supermercats o bancs. El de la Salle continua allí acollint  festivals de teatre, santes Cecílies….  Pero ja mai més he escoltat  la tonada del  projector, aquell motor de quatre temps  (el passat, el present, el futur i l’ il·lusori)   amb que arrencava l’ emoció del cinema que,  per disset pessetes, i dinou els diumenges  ens feia la vida més fàcil i els somnis més grans.

 

EL CINE DE LAS DIECISIETE PESETAS

Cuando llegué, a los diez años, al colegio de la Salle en Reus me sorprendió menos el hecho de que fuera una escuela de grandes proporciones que el que tuviera un gran cine. Los lunes eran un día especial para aquel niño que, tiempo atrás  se embelesaba con las películas de papel del Cine Nic. Sí, los lunes a la hora del recreo  unas manos invisibles cambiaban la cartelera, que, entrando a mano izquierda, avanzaba las películas del fin de semana. En los inicios de los setenta el cine de La Salle funcionaba como cine comercial como el Cine Monterrosa, el cine Avenida, el Kursal … con sesión doble a diecisiete pesetas los sábados y en diecinueve los domingos con intermedio para beber gaseosa o engullir golosinas. Los domingos había que hacer cola y no era raro escuchar aquel “eh … que aquel se cuela”.

Después de la sesión doble y media de la tarde había que volver a casa: lo hacíamos con la tristeza de saber que el domingo había terminado y que, tras la oscuridad de la caída de la tarde llegaba un nuevo día de escuela y, con él , aquel profesor Peralta que iba a pelearse con todos. El cine nos liberaba de un mundo salvaje que ya no rodaba como debería. Era el territorio de la imaginación, una lección de ciencias naturales y sociales, de literatura visual donde las fotografías de los libros tomaban vida fueran las praderas del John Ford o los caleidoscopios musicales del Stanley Donen.

Mi butaca -mi secreto- era la hilera quince, número quince, en medio del cine de modo que mi ángulo de visión quedara rodeado por la gran pantalla blanca, la sábana de los primeros sueños.

Con motivo de algún acontecimiento especial los alumnos éramos invitados al cine. Año tras año desfilábamos para aleccionarnos con “El Señor de la Salle” con Mel Ferrer (Luis César Amadori, 1964) que contaba luchas y esfuerzos de nuestro Santo Patrón. El ranking de los más vistos incluía dos musicales: Chitty Chitty Bang Bang (Ken Hugues, 1968, y “Oliver” (Carol Reed, 1968) basada en la obra de Dickens “Setenta Veces siete” un versículo convertido en pelicula religiosa o la azucarada “Siete novias para siete hermanos” (Stanley Dan, 1954) completaban el círculo de referencias lasalianas que teníamos que aplaudir a lo grande, ante la llegada de los chicos repeinados del Séptimo de Caballería. Ante aquellas  películas en technicolor donde, repentinamente, se ponían a cantar y a bailar bajo el radiante “Oh wonderful morning, Oh wonderful Day” los alumnos tomaban posición: o respondían con un silbido del “ya basta de la cursilada” o – los otros- callábamos con la acusación de que “no tenían suficiente imaginación”  lo que, posiblemente habrá quedado demostrado al paso de tiempo. La censura también era posible. Ya no se trataba de doblar a Ava Gardner y el Clark Gable que se habían convertido en apasionados hermanos en “Mogambo” sino que si un film escapaba del políticamente correcto era simplemente desterrado: yo había visto “Pánico en el transiberiano” (Eugenio Martín, 1970) en el cine Avenida y la había recomendado a los compañeros. Ver serrar el cráneo de una de las víctimas de un monstruo venido de tiempos antiguos debía resultar un plato poco sabroso por el equipo censor que decidió sustituirla in extremis por un filme español de título olvidado …

Las tardes en el cine de La Salle, de asientos tapizados de granate a juego con el telón  pasaron lentamente aquellos sábados y domingos como pasaron los programas dobles que nos permitía vivir las vidas de los demás, desde los Hermanos Marx amontonados en el camarote, de Cantinflas ,  Esther Williams, siempre entre chapuzones,  el Walt Disney más memorable, o los spaghettis westerns del Bud Spencer y Terence Hill hasta el cine religioso del Willian Wyler.

Un día el tablón de anuncios cinematográficos, los pasquines que encendían emociones quedaron desiertos. Y sin saber los motivos dejó de ser una sala comercial. Con el tiempo el tablón de anuncios desapareció como si  todo hubiera sido una ficción, un decorado de cartón piedra de los filmes de Sergio Leone.

Nos hacemos mayores, las películas envejecen, cierran los cines y levantan tiendas de confección, supermercados o bancos. El de la Salle sigue alli acogiendo festivales de teatro, Santa Cecilia …. Pero ya nunca más he escuchado la música del proyector, aquel motor de cuatro tiempos (el pasado, el presente, el futuro y el ilusorio) con que arrancaba la emoción del cine que, por diecisiete pesetas, y diecinueve los domingos nos hacía la vida más fácil y los sueños más grandes.