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Deambular por la memoria, inspirado en “la arboleda perdida” de Rafael Alberti donde narra sus primeros años y sus primeros versos, es un trabajo arduo: significa entresacar de la hojarasca esas hojas verdes, tiernas,  de la infancia cargadas de significado. Entonces, posiblemente no tenían valor, confundidas por lo cotidiano, pero el paso del tiempo devuelve a los recuerdos su peso en oro.

De ese rompecabezas, en la suma de momentos furtivos uno busca los trazos del sentido de la vida, del por qué de las cosas. La vida no es labor literaria. Uno no debe dejarse llevar por “el momento en que todo se torció” (si existió) por “cuando llegó el gran amor de la vida” , o “la cumbre de la felicidad”, “el sueño alcanzado”…palabras vacías, manidas, que si apartamos de los libros debemos también hacerlo de la vida. Al fin y al cabo, los libros resultan una cosa mucho más seria que la propia existencia. Ésta un día se desvanecerá, pero las lecturas que le formaron a uno y que reaparecen en las páginas de los propios libros, unidas después a las propias vivencias, éstas quedan. Para siempre.

Resulta extraño que ya desde mi infancia me preocupara mi supervivencia. Sentía un hálito extraño, una necesidad de abrazar la inmortalidad, de dejar una huella más allá de mi extinción física. De lograr o hacer algo para que una obra (, la que fuera, aún desconocida) permaneciera. Quizás inseguro de ello o sintiéndome blando es curioso que a los once años cursando estudios en Reus comprase “La formación de la personalidad” de la que, reconozco, no entendí nada. Quizás me sentía tonto o bobo -una sensación que a veces aún regresa a mí- y prefería la inteligencia -de la que sigo careciendo en su expresión más alta- al tesoro de John Silver El Largo. Quizás el hecho de venir de un pueblo pequeño nos hacía creer que valíamos menos que la gente de ciudad.

Pero me estoy adelantando. En Montbrió del Camp los niños éramos felices. Lo escribí al principio de mi adaptación teatral Ningú és un zombi:

“Quan jo tenia 10 anys encara no coneixíem la paraula “internet” ni “digital”. Els telèfons mòbils només existien als malsons i de “xarxes” només coneixíem les dels pescadors. Quan jo tenia 10 anys només hi havia una cadena de televisió amb només dos canals que començava a les sis de la tarda. Teníem botigues al barri, no centres comercials i aquells que vivíem al poble anar a Barcelona era talment com anar a la lluna.
I érem tan feliços: jugàvem a carrers i places, berenàvem pa amb xocolata, els dissabtes anàvem a l’escola a fer treballs manuals i els diumenges teníem als cinemes sessió contínua, dues pel·lícules al preu d’una.
I ens en passaven de coses! (*traducción en la parte inferior).

Sí, los sábados acudíamos a la escuela. Los domingos a misa mayor en l’església de Sant Pere apóstol. El resto de la semana jugaba en calles y plazas con mi vecino Javier Pedrola, con Jaume Borrás, con Eugeni Coll, con Santi, con Marc y otros cuyos nombres ya desconozco. Y con mi hermano. En la antigua panadería todavía sobrevivía un orificio redondo y oscuro en la pared, la boca del horno donde, antaño,  cocían con leño el pan. Ese agujero sentíamos que era también la boca del infierno y que, en un momento u otro iba a asomar la cabeza el mismísimo diablo. Nos empujábamos mi hermano y yo, nos encerrábamos el uno al otro a esa habitación siempre oscura y rompíamos en llanto esperando el momento en que unes garras nos llevaran al infierno. Y al diablo había yo puesto un rostro desde una ilustración de Joan Junceda de un libro ya medio desgajado  que había en casa ( y que aún  guardo). Esa boca del infierno acabaría inspirándome el cajón 666 en el libro “666 calaixos”, cuarenta años después.

Las cuatro plumas o cuatro lanceros bengalíes o los cuatro jinetes

En mi formación literaria percibo cuatro momentos sublimes  aún sin cumplir los diez años:

  1. El primero sentado a los cinco años, en la cama de mi madre y ella contándome un cuento de cómo una niña negra lograba ser blanca bañándose, remozándose en la nieve de una noche helada.
  2. El segundo, la pequeña biblioteca de una sola sala junto al ayuntamiento en la calle de la Closa: ese tesoro de libros que podían ser tuyos y llevártelos a casa, devorarlos y devolverlos, leerlos las veces que quisieras y tomar otros, como el personaje de Bella.
  3. La tercera, una persona clave y fundamental que construyó, posiblemente sin saberlo, mi primer universo creativo, mi pronto exuberante imaginación: mi prima hermana Maria Dolors Llaberia. Cuando terminaba la escuela en junio la familia se desplazaba a un pequeño chalé que mi padre había construido, como tantas otras cosas, con sus propias manos junto a la N-340 en la que ver pasar un coche era motivo de algarabía. ¡Quién iba a imaginar que esa carretera fuera a ser una de las vías principales para cruzar España de Norte a sur y que pronto nos íbamos a acostumbrar al “zum zoom” de los coches!
    Ese pequeño chalet calado de blanco con geranios y una rueda de carro como ornamentación en una de sus paredes era vecino al de mis dos tías, Josefina, a su derecha, y Maria Teresa, (les Pobles)  atrás. La playa más cercana era “Los chopos”, ya en el término municipal de Montroig del Camp por un camino que se abría junto a “La caseta del rellotge” y hacia allí íbamos mi prima y yo. Bajo la sombra de pinares y de chopos, sentándonos encima de la pinocha mi prima me leía el mejor de los mejores libros: un tomo de portada oscura y requemada, de páginas pálidas que guardaban los siete fantásticos viajes de Simbad el marino. ¡Ay aquellas aventuras de las mil y una noches que iban a lanzarme pronto hacia Emilio Salgari y Ridder Haggard pero también a los cinco y a los siete secretos de Enid Blyton y (a los catorce años) al bellísimo El Decamerón, el libro prohibido. Y fue una tarde en que Maria Dolors viéndome embelesado con Simbad el intrépido me dijo “si tanto te gustan, ¿por qué no escribes tus propias historias?”. Oh santas palabras que aún resuenan en mi cabeza como campanas de fiesta de una tarde cualquiera de agosto. Y mi respuesta: “Uy, yo no sabría”. Necesitaría casi un cuarto de siglo (La Rosa de Reus, 1993) para saber.

De las manos de mi padre a las mías

4. El cuarto momento definitivo y paralelo a los acontecimientos anteriores fue mi primera comunión, celebrada a los ocho años  con mi hermano. (Mi vestido de comunión escocía de tal manera que tuvieron que forrármelo con paño suave para mi piel lampiña y delicada).

Ocurrieron dos milagros: Jordi Cabré, el librero que regentaba la Librería Cabré de la calle Llovera de Reus me regaló dos libros fundamentales: Cuentos de los Hermanos Grimm y Cuentos de hadas argentinos. Así conocí a Yorinda y Yorindel, a Hans el triste, a la mesa que se paraba sola y cómo anduve por la pampa argentina con los gauchos. Aún conservo esos dos libros como los más fieles que jamás tuve. Ahí conocí la magia de los cuentos de hadas que años más tarde iba a desentrañarme, y cómo, Bruno Bettenhelm, discípulo de Freud, en su célebre libro de psicoanálisis de los cuentos infantiles “de lo maravilloso”.

El segundo fue el espaldarazo definitivo. Mi padre construyó con sus propias manos un teatro de guiñol con dos puertas laterales donde sujetar los decorados que yo mismo dibujaba, sin mucha maña. No sabía que esas representaciones iban a construirme como lo hicieron con Federico García Lorca y Thomas Mann. Tenia cuatro marionetas: el mago Merlín, Caperucita Roja, el Diablo rojo (que aún conservo, que me mira burlón desde mi biblioteca y a un príncipe bobalicón. Y con ellos cuatro armaba las historias que mi imaginación me dictaba. Aún en mi timidez no alcanzo a comprender de dónde sacaba mi atrevimiento en esos largos veranos de los sesenta para repartir por mis tías y vecinos una pequeña invitación hecha a mano en papel libreta donde podía leerse ESTA TARDE GRAN ESTRENO. Y a media tarde congregaba a mis padres y a mis tías frente al guiñol y alguna historia les inventaba mientras ellas, sin hacerme mucho caso, hablaban, muy de tanto en tanto, de sus cosas.

El país de la fantasía

A ese universo de las marionetas, a darle vida con mis manos posiblemente contribuyese mi adicción, más tarde, cuando ya la televisión había llegado a la casa, por  “El país de la fantasía” (1971)  la serie de la marionetista austríaca Herta Frankel que, en blanco y negro, emitían por televisión y donde una perra de lana, Marilyn, nos enseñaba a tomar la sopa. Tuve la suerte de conocer a Herta en los últimos años de su vida, en los noventa. A ella y a su troupe que ahora permanecen anclados en el parc del Tibidabo con sus primeros alumnos Ferran y Pilar. Y tampoco puedo olvidar que la mamá de Javier Pedrola, mi vecino guardaba en su “gorfa” (la buhardilla) los ocho cabezudos, ocho cabezas cortadas -la bruja, el Gordo (del flaco), el mago… que solo salían para Sant Pere, festa major de Montbrió y a los que yo seguía en su alegre pasacalles haciéndoles el ojillo como quien dijera “sé dónde vivís y donde dormís”.

Sí, también fui hijo adoptado  de “los chiripitifláuticos” (1966): Locomotoro, Capitán Tan, Valentina, Tío Aquiles que en “Antena Infantil” nos sorprendían con nuevas historias que empezaban cuando abrían la portada gigatesca de un libro de aventuras: un programa donde la imaginación suplía el dinero que no había en una televisión incipiente:

                 Había una vez un barquito chiciquitito que no podia que no podía ,que no podia navegar. Pasaron un, dos, tres cuatro, cinco, seis semanas, pasaron un, dos, tres cuatro, cinco, seis semanas y  aquel barquito, y aquel barquito,  y aquel barquito navegó. Y si esa historia les parece corta volveremos, volveremos a empezar…

https://www.youtube.com/watch?v=IlqpLeD0MJg

Mi primer jingle publicitario que aun acude a mí cuando lo busco…

Sí, mi infancia iba cargada de personajes de cuento, de marionetas, de cabezudos que aún pueblan mi vida. De hecho, en este momento,  asoman por encima de mi cabeza en mi biblioteca dos cabezudos: el brujo y el negrito adquiridos antes de que cerrara la tienda del Ingenio  en Barcelona de donde procedían aquellos primeros padres.

Mi infancia tuvo un primer derrumbe en mayo de 1968 con la muerte del abuelo Oleguer…

 

* Cuando yo tenía 10 años todavía no conocíamos la palabra “digital”. Había llegado el internet a las casas, pero no a los teléfonos móviles y de “redes” solo conocíamos la de los pescadores. Cuando yo tenía 10 años nada más había una cadena de televisión con solo dos canales que comenzaban su programación a las seis de la tarde. Teníamos tiendas en el barrio, no había centros comerciales y aquellos que vivíamos en el pueblo para ir a Barcelona era como viajar hasta la luna.

Y éramos tan felices: jugábamos en las calles y plazas, merendábamos pan con chocolate, los sábados íbamos a la escuela a realizar trabajos manuales y los domingos teníamos en los cines sesión continuada, dos películas por el precio de una.

¡Y nos pasaban tantas cosas!

Foto:  despacho actual en Barcelona (desde 1999 solo que más crecido y habitado)

Cuadernilo regalo en 1995 de Herta Frankel