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1997 fue un año que me dio una de las primeras grandes sorpresas de mi vida. Había quedado finalista del Carmesina con Etcètera Etcétera, algunos años atrás y esta vez me alzaba con el premio por una novela que nació de una forma casual y simpática. Se trataba de El Viatge extraordinari d’un tap de banyera” un primer homenaje al escritor italiano, que ya entonces me fascinaba, Gianni Rodari, cuyo centenario de su nacimiento celebramos este año.

Soy poco dado a imitar a Cleopatra y sus baños de leche de burra pero un sábado por la mañana de ese año en  estado de relax y tranquilidad metido en una bañera llena me di cuenta de que en el allí había un ser silencioso y testigo involuntario, como esa tercera persona en la narrativa… un narrador omnisciente que todo lo veía y todo lo sabía: el pequeño y humilde tapón de bañera. Un “ojo” que todo lo ve. Me pregunté si no estaría harto de ver culos y tetas y manos y pies, pelambres y obeliscos y que si pudiera manifestarse qué diría. Posiblemente pediría  una reparación o también el deseo de escapar hacia nuevos horizontes.

Y como en una de las técnicas de Gianni Rodari “qué pasaría si” el tapón de bañera convenciera a una de las esponjas para escapar dando un gran salto y huyendo por el agujero del desagüe a través de las tuberías del edificio atravesando cloacas y horizontes insospechados hasta llegar al mar. Ese fue el principio de esta historia: un tapón  de bañera viajero en múltiples aventuras desde el momento en que se separaba de la esponja y viajaba tras de sí. Se trataba de una novela para niños en un trasfondo filosófico dónde lo que pretendía era pura y llanamente construir una alegoría sobre la creatividad o cuántos usos podían dársele a un humilde tapón de bañera.

En las aventuras en las que situaba el tapón y a la esponja convertí al protagonista en el parche de un pirata de pobres recursos… en la estrella de un sheriff en un pueblo olvidado en el oeste americano, en la pelota para un equipo muy animal que celebraban una competición futbolística en plena selva.


Yo ya sabía entonces que la creatividad significaba tanto cantidad como calidad…Y yo perseguía ambas.
No sabía, todavía, que en un instituto de Estados Unidos en los ochenta se había pedido a los muchachos adolescentes cuántas funciones se le podían suponer a un ladrillo alcanzando 200 resultados el más creativo de ellos; con la tristeza que años después, en un ejercicio parecido, aquel que había logrado un máximo número de resultados apenas alcanzaba los 20. Eso abría una reflexión de lo que ocurría de los 12 a los 20 años con esa pérdida extraordinaria de la capacidad de fabular y de crear.


Añadí, entonces, algunas canciones para convertir el libro en un musical, musical que este año 2020  iba a ser estrenado retrasado por la pandemia.

La versión teatral acaba de publicarse en Teatro Reunido que edita Arola Ediciones en Tarragona. Había en el libro algo de La Historia Interminable de Michael Ende, había algo de viaje iniciático y había también un mensaje subliminal: el de que muchos humanos viven con su creatividad taponada y basta con sacar el tapón de nuestra mente,  abrir los ojos, para que la creatividad fluya libremente. Nunca nos desangramos y sí nos desbloqueamos dando rienda suelta a la creatividad más expresiva.

Había también un homenaje a los géneros cinematográficos, al musical americano, a las películas del oeste que ocupaban mis tardes de niño, a  aventuras marítimas con un recuerdo directo a La Bruja Novata de Disney  y al partido de fútbol entre humanos y animales, a  las películas de piratas que ocupaban las sesión de tarde en los 60 y 70.

https://www.youtube.com/watch?v=OiVGwZJZ0eo

El libro ganaba el premio Carmesina de literatura infantil en Valencia por una historia casi de cajas chinas: Un grupo de muchachos que asistían a una sesión de cine en Italia empezaban a murmurar  y a lamentarse  cuando la película  – “El viaje extraordinario…” – resultaba  un tostón de forma que Gianni Rodari, aún niño, se levantaba y con la participación  de sus compañeros detenía la película indicando a los actores protagonistas qué debían hacer para que fuera un éxito. Aparecía ya el escritor imagintaivo.

Sí había un homenaje La Rosa púrpura del Cairo,  de Woody Allen donde los actores transitan el mundo ficticio al mundo real con una Mia Farrow y Jeff Daniels inolvidables.

https://www.youtube.com/watch?v=_Ul91oDcLUI

Había otro mensaje a Loquilandia de H.C. Potter, una película desesperadamente divertida interpretada por Ole Olsen y Chic Johnson, una pareja de cómicos a los que homeneajeba en el libro y que, supuestamente, aparecían en el film

Y un mensaje final: todos  somos creadores y poseedores de un enorme creatividad. Y la alegría es la gasolina para lograrlo.

Viajé con mi esposa hasta  Benifairó de la Valldigna, en los Municipios de la Safor, en Valencia, a recoger el premio Carmesina. Vino una representante del gobierno valenciano, de la editorial  y apenas dos amigos de la zona. El pueblo entero se había volcado  al espectáculo de una boda: la de un hombre de cierta edad con una muchacha joven. Llenaban las calles, algo habitual en los pueblos, asistiendo al paseo de los novios, calle abajo, hasta la iglesia, como en bodas, entierros y comuniones.

El libro aparecía en enero de 1998  puiblicado por Edicions del Bullent cuando ya estaba metido de lleno en la escritura de la Guerra de los Chicles  que iba a ocuparme cuatro años de mi vida. Pero  esa es otra historia y deberá ser contada en otro momento…