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Seguimos en los 90. Esa década fue tiempo de viajes. Mientras duró mi matrimonio feliz con M. entre el año 1987 y 1998 tuvimos la ocasión de descubrir nuevas geografías. Curiosamente en los cuatro años de noviazgo siempre que salíamos era en familia o con otras parejas que nos separaban: nunca compartimos la cama. Eran otros tiempos y eran otras familias  anticuadas y obsoletas, rancias. De solteros, como se diría entonces  viajamos a Navarra y a Madrid y para de contar. O mi memoria lo borró con ahínco. De casados, como también se diría entonces o en la mala literatura, viajamos por Cuba (viaje de novios) Marruecos, Egipto, Francia, República Checa, España, Portugal,  Mónaco, Finlandia,  Grecia… y hasta ahí. Creo. Había viajado mucho con su família y a menudo cuando quería visitar algún país escuchaba “en este ya estuvimos”.Y no íbamos. De hecho tras la separación acaecida en agosto de 1998  viajé como un cosaco y me paseé por Italia, Austria, Croacia, Eslovenia, Argelia, Reino Unido, Alemania, Serbia, Bulgaria, Suiza, Turquía, EEUU, (L.A:-N:Y), Perú, Venezuela, Colombia, Guatemala y hasta ahí. 

En algunos de esos viajes salieron las particularidades del escritor.Nunca tuve ni tengo manías extrañas ni necesito rituales para escribir. Pero, en mi descarga, debo decir que los creadores -los artistas como se decía antes- tenemos un mundo propio, particular que no queremos compartir con nadie.  O quizás es un tema particular mío. 

Las manías de los escritores

Se cuenta que Chateaubriand  dictaba a su secretario paseándose con los pies descalzos por su habitación; que Victor Hugo, meditaba sus frases o sus versos en voz alta paseando por la habitación hasta que los veía completos, pasando entonces a escribir con toda rapidez, que  Jean-Jacques Rousseau prefería trabajar en pleno campo y, a ser posible, al sol y, si el ruido ambiente le molestaba, se taponaba los oídos con tapones de guata…

Los había verdaderamente maniáticos, como el poeta alemán Schiller, que sólo podía escribir si tenía los pies metidos en un barreño con agua helada; Lord Byron, que excitaba su inspiración mediante el aroma de las trufas, de las que procuraba llevar siempre algunas en sus bolsillos; o Gustave Flaubert, que era incapaz de escribir ni una sola línea sin antes haberse fumado una pipa.  Victor Hugo, por su parte, no demasiado confiado en su propia voluntad, tenía por costumbre entregar sus ropas a su criado, con la orden de que no se las devolviese hasta que transcurriese un plazo predeterminado, aunque él se las pidiese encarecidamente. De esta forma, se obligaba a escribir sin posibilidad alguna de evadirse. Honoré de Balzac se solía acostar a las seis de la tarde, siendo despertado por una criada justo a medianoche; inmediatamente se vestía con ropas de monje (una túnica blanca de cachemira) y se ponía a escribir ininterrumpidamente de doce a dieciocho horas seguidas, siempre a mano su cafetera de porcelana. Durante todo ese tiempo no paraba de consumir taza tras taza lo que le mantenia despierto..

(Gregori Doval, El libro de los hechos insólitos. Ediciones del Prado, 1994)

Las manías de Jordi Folck

Nunca tuve extrañezas, ni procedimientos, ni vicios o tics.  Solo una personalidad, como todos. Lo cierto es que una amiga psicóloga, Helena, en una cena, me dijo que me conocía ya bastante bien para confesarme que yo era una persona muy introspectiva – le dije que para nada- pero que mi voluntad de comunicación, ni necesidad de expresión era tan grande que podía pasar por extrovertida. Pero que tenía un mundo ahí escondido que no compartía con nadie. Y tuve que darle toda la razón. Pobre Helena, psicóloga, astróloga, poeta  que murió joven a los 49 años. Quizás fue esa particularidad mía, quizás fue ese mundo interior el que me hizo vivir, en mi matrimonio, dos situaciones extrañas, particulares. O, dicho de otra forma, el concepto tradicional del matrimonio topó con mi necesidad de expresión. O con mi sensibilidad. Ocurrieron dos hechos algo particulares o conflictivos en mi matrimonio en algunos de esos viajes.

Marruecos, 1989

Pocos días antes de salir para  Marruecos y la ruta imperial de grandes ciudades desde Larache, Tánger, Chefchaouen hasta Fez, Meknes… el diario El País había publicado en su suplemento dominical un extenso reportaje sobre los Hammams en Estanbul y en Marruecos. Los cantaba como lugar de encuentro familiar en un passepartou de arquitectura soberbia, entre arcos y muros de pedra y con ventanucos desde donde llegaba la luz del sol o de la luna, si la hubiera, de mármoles calientes, de embaldosinados antiguos. Y algunos hammams que atesoraban hasta 50o años. Mi imaginación desbordada, mis lecturas de las 1001 noches regresaban a mí  y ansiaba encerrarme en esos muros y formar parte de la leyenda.  Quería perdreme en uno de ellos, viajar hasta el pasado, ser un bereber que ha cruzado el desierto y despojándose de sus túnicas recibir un baño caliente y otro frío…

Así llegamos a Fez y por mi libro-guía turística (no existían, por suerte, ni los móviles ni el gps) supe de algunos hammams históricos. Al anochecer le dije a mi esposa que quería ir a uno de esos hammams. Entonces como ahora hay una para hombres y otro para mujeres. La discusión que tuvimos aún resuena en mí. ¿Que qué narices se me había perdido en un baño turco? ¿Como iba a dejarla sola en una ciudad desconocida (¡¡¡en el hotel, en su habitación!!!!)? Quería ver esa arquitectura, quería experimentar en mí los placeres de antaño. No había nada pecaminoso en esa experiencia y sí ansias de un viaje interior, de un descubrimiento. No era una sauna femenina en la que los hombres iban a buscar placer. Necesité la paciencia de un santo,  1001 argumentaciones y una inhumna determinación para convencerla. Y hacia allá me fui. Fez de noche era un laberinto de callejuelas pequeñas, de escasa iluminación, sin luna. Quizás el miedo de M era que siendo un occidental, alto, estilizado, pudiera sucederme algo. Yo había pedido consejo en la recepción del hotel y uno de los chicos en el hall me sugirió que por unas monedas un  amigo suyo podria acompañarme y esperarme fuera mientras duraran mis baños en alguno de esos hammams que ansiaba vivir. Creo que no llegaron ni a los 3 euros el pago de la entrada y el masaje. El hammam descrito en el artículo de El País, el más legendario, milenario  estaba cerrado. Así que para sacarme esa espina fuimos a otro que no tenía ninguna belleza: sus paredes estaban alicatadas de cemento. Mi sueño de arquitecturas orientales espléndidas se esfumó. Pero la experiencia valió la pena. Yo con mi bañador occidental,los demás en calzoncillos que no aparecerían en ninguna colección de moda actual. Los papás arrojando el agua  caliente y después fría de los cubos a sus hijos y restregando sus pequeños cuerpos. Tuve un cincuentón de brazos fuertes que pensaba que me iba a matar restresgando mi cuerpo, llevándose mis culpas judeo-cristianas y maritales  por estar ahí y cogiéndome de brazos y piernas como una marioneta haciéndome sonar como una campana. Fue interesante. Mi guía me devolvió al hotel atravesando callejas de medio metro de ancho en el laberinto intrincado y misterioso de Fez. Mi esposa me esperaba quizás creyendo  que le iban a devolver el cadáver de su joven marido y llegó un Jordi lozano, fresco, gracioso con una pequeña aventura que contar. De hecho fueron tantas las palabras que vertí, que todo el grupo que viajábamos juntos en ese viaje organizado se fueron a dos hammams, incluida mi escéptica mujer, los hombres al masculino y las mujeres al femenino. ¡Dios, quien entienda  a las mujeres, que de un paso, al frente! (Déjense de machismos, es una frase ya hecha)

En 1995 viajamos toda la família Folch-Gil a Estanbul a pasar el fin de año. Antes de partir revisé el artículo de El País ahora sí anotando los hammams más prestigiosos. Tenía un sueño arquitectónico que cumplir. Podrá reirse el lector si le digo que estuve 8 días allí y que visité ¡siete hammams! En muchos de ellos me acompañó mi hermano Josep Maria. Supongo que M seis años después ya me daba por perdido.  Posiblemente entonces y más ahora, ya eran muy turísticos. Cagaloglu y Cemberlitas ( de 1584)  los más famosos. Galatasaray, en el barrio de un famoso equipo de fútbol, menos. El resto quedaron en el olvido.  Pagaba tres euros. Ahora cuestan 60 lo que es una estafa  desatada. ¿Masajes o palizas?  Sentados sobre sillas de oficinista o frente al ordenador escribiendo lo cierto es que hay partes del cuerpo que olvidamos que están ahi. Y es bueno redescubrirlas. Mi madre insiste, aún, que el único que se divirtió en Estanbul fui yo. 

https://www.101viajes.com/estambul/cemberlitas-hamami

https://www.cagalogluhamami.com.tr/gallery-1

Hay un video bastante malo exento de poesía, pero como no permiten filmar ahí, sirva de documentohttps://youtu.be/rQbUuq-Vwe8

Praga, 1992. Seguirà…

Foto cedida