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Una idea, de golpe…

Les decía en mi último post que ese 5 de septiembre, día de mi cumpleaños, viajaba en coche a Cambrils cuando recibí un ataque sorpresa o, si lo desean, la visita de la inspiración…

¿Qué pasaría  -me pregunté- si la palabra etcétera, etcétera que siempre se queda rezagada hasta el final de las redacciones escolares y de los libros (cuando uno no sabe qué añadir suma un etcétera, etcétera conclusivo) qué pasaría, digo, si harta de ese menosprecio quisiera montar una revolución entre las palabras y situarse en primera fila? Recuerdo haberme reído cuando me vino esa idea extravagante, posiblemente infantil. Al llegar a mi casa en apenas una hoja y media construí esa primera narración. Me reí tanto durante ese proceso que duró apenas un par de horas que mi esposa me preguntó qué ocurría, a lo que respondí con un escueto “estoy escribiendo” como quien dice “abracadabra” Creo que aquí fue cuando descubrí que escritura ya era igual a diversión y que cualquier proceso creativo, también la escritura, estava permanentemente atado a la pasárselo bien.

La vida son cuentos escondidos 

En ocasión de acudir para una sesión de fotografías con Carles Fargas al futuro balneario de l’Horta Florida (aún no había abierto sus puertas en Montbrió del Camp) se me ocurrió que qué pasaría si acudiesen los teléfonos en busca de tranquilidad a tomar el sol y  las aguas termales… teléfonos golpeados por ejecutivos agresivos o por niños que los tomaran como camionetas, y otros  teléfonos enloquecidos al escuchar confidencias entre esposos y amantes, entre pobres y ricos…
En cierta ocasión acudí a la panadería Forn Cabré en la calle Ample de Reus (me llega la noticia de que su propietario murió hace apenas una semana de un infarto mientras cocía el pan de madrugada: les mando un abrazo cálido para la familia). Y me pregunté qué pasaría si la “vez”, si el “turno” de espera fuera una criatura traviesa, fugaz, atolondrada, invisible, que pellizcando el culo de las señoras que iban  a la panadería se montara un lío de mil demonios al olvidar el turno unas y otras. Así nació el cuento del Forn de la señora Florencia. Otro año (fueron cuentos coleccionados en 4 años) escribí la historia de un explorador que buscaba una araña devoradora en el Amazonas. Algo ocurrió cuando, a la mañana siguiente de escribir un buen trozo y de matar a Matavents, el explorador, me di cuenta de que el ordenador no había guardado la última copia o se habían producido algunos cambios en la historia que yo no recordaba. Y ahí surgió la idea de que Matavents no estando de acuerdo en perecer en manos de una tribu de indígenas cambiaba la propia historia a pesar de los refunfuños del propio escritor o, entiéndase, el motín de unos personajes frente al escritor. Fue un cuento dentro de “lo maravilloso” que tengo en gran estima en un homenaje a Salgari, a Verne, a Edgar Rice Burroughs (“Tarzán”) que ya leía entonces…

Añadí también el cuento del Rock de la Calabaza que que había ganado un premio en Hospitalet del Infant (Tarragona) en 1993. Fue mi primera narración publicada en un libro de relatos  y que quise incluir, después,  en esa selección. También el libro que acabaría llamando  “Etcétera, etcétera” incluía una revuelta en un armario, con un ataque de las piezas de invierno contra las de verano, la huída de dos marionetas, Napoléon y Arlequín, entre otras.

Todas esas narraciones las mandé al concurso de novela Carmesina en Valencia. Pocos días antes de la concesión del Premio recibí una llamada urgente de quién, sin confesar nada, me exigía asistir a la entrega de premios en Gandía y allí fuimos, alborozados, mi esposa y yo esperanzado que mi primer libro de cuentos pudiera ser ganador. Pero algo en el ambiente en el salón de actos abarrotado de Gandía me hizo dar cuenta que tal vez no… En efecto fue Salvador Comellas, un escritor barcelonés, el ganador. Asistí a una discusión, al término del acto, de una de las participantes  y/contra un muchacho veinteañero que era quién nos había convocado, diciéndole que si ni tan siquiera había quedado finalista ¿ por qué esa exigencia de asistir al acto cuando tenía una niña pequeña de apenas un año a la que había abandonado en contra de sus ideas? Supongo que el zangolotino para dárselas de importante o querer ascender en su puesto en la institución organizadora (Municipis de la Safor)  quiso dárselas de sabio, de listillo, y logró con buena verborrea convencernos de que todos podíamos ser ganadores. Una anécdota triste de quien empezaba que regresó a su casa con las manos vacías. Ese premio iba a tener que esperar cuatro años para ganarlo. Pero pocos días después, una tarde de sábado, me acerqué hasta mi agencia de publicidad en la calle Monterols de Reus  y encontré un mensaje en el contestador. Mi libro La Rosa de Reus había sido co-editado con el soporte económico de los comerciantes tres años atrás (1999). En el contestador Daniel P.Grau de Edicions del Bullent en Picanya (Valencia) me decía que querían editar ese libro y que encabezaría una nueva colección. Se me cayeron las lágrimas ( y copiosas) al saber que ahí sí, empezaba mi carrera de escritor, como así fue.

Etc.Etc.

Etcétera, Etcéta es un libro muy querido porque, casi sin saberlo,  definía mi forma de vida, mi “tesis” que no es otra que la de que todos debemos cumplir nuestras etcéteras etcéteras, nuestros sueños, nuestras aficiones y no esperar para ello. En Montbrió recuerdo haber encontrado en los años noventa  a una amiga en la calle Mayor en la que vivíamos,  que, al preguntarme, qué estaba escribiendo y al verme dudar me dijo “no te preocupes, ya escribirás cuando te jubiles”. Ese es el error de tantos, dejar que nuestras pasiones lleguen en la decrepitud de la vida. Si le hubiera hecho caso  no estaría aquí escribiendo, como hago cada día, ni esos 29 libros estarían en las librerías ni me habría formado una carrera sólida de escritor con once premios recibidos, ni los cien mil lectores que he atesorado estarían ahí al otro lado…  Esos etcéteras, etcéteras que apenas pronunciamos  son nuestras aspiraciones, nuestros talentos ocultos, nuestra creatividad, nuestros deseos que dejamos para lo último tal vez para tan tarde que nunca llegan porque nos morimos por el camino. Aún vivimos en un tiempo de la razón  donde luchamos para ser hombres y mujeres de provecho sin saber que lo de “provecho” no significa dinero si no sacar provecho,  tajada  de nuestras propias capacidades, que, insisto, siendo importantes menospreciamos y dejamos como últimas.

Del gran  escritor y crítico Andreu Sotorra conservo aún ese prólogo al libro en el que me empujaba hacia la creación. De la misma manera guardo un texto muy positivo y valorativo  de Marta Magrinyà . Fueron, en cierta forma, mis primeros padres, mis primeros alientos (algo curioso con Marta que es mucho más joven que yo)

El libro fue presentado en el palau de la Diputació de Tarragona con la futura escritora Marta Magrinyà (La força del vent, Llaços secrets…) que hizo la introducción y con el President Mariné y el Vicepresident Panisello.

Llega “Pere Ganxet”, el personaje reusense  de Josep Maria Baiges

1994 fue el año de “Primeres aventures de Pere Ganxet” que mandé al Enric Valor y tampoco ganó  (era demasiada infantil y el Valor es una convocatoria para juvenil) pero  fue publicada. Si hubiera cambiado los libros en los dos concursos quizás me habría sonreído la suerte pero el hecho de publicarse ya fue para mí una especie de premio. Los Ganxets somos los de Reus y en Peret ya era un personaje conocido en la ciudad que incluso había protagonizado una sardana (1960)  y cuya escultura sigue en Reus: una obra del genio de Josep María Baiges (nunca lo suficientemente reivindicado) , padre del archiconocido escritor, periodista  y  hombre de letras Josep Baiges.

No debe resultar tan extraño que escribiera un libro cuya acción pasaba en un lugar tan poco glamuroso como un supemercado. De hecho ya entonces en mi agencia  publicitaria Folch Genius & Co trabajaba con los Supermercados Spar inventando eslógans, campañas de televisión… Que de lo que yo veía y conocía acabara escribiendo una fantasía para niños solo había un paso.

El libro presentaba  la aventura, ciertamente inocente,  de un muchacho que investigaba extrañas desapariciones en un supermercado: el truco era que los propios productos alimentarios se creían tanto la publicidad que acababan devorándose los unos a los otros. Otra de mis constantes aparecía ya en ese libro: la publicidad y sus efectos colaterales, como ya se verá. Lo pensé como una saga, de ahí las Primeras aventuras pero las ventas fueron y siguen siendo escasas. Luego otras dos escritoras primerizas, pasados los años  retomaron el personaje en dos libros ilustrados que espero tengan contunuidad reparando lo que no pude o no quise completar.