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El servicio militar obligatorio me cayó encima en enero de 1986. Había terminado mis estudios de periodismo en junio del año anterior. Seguía colaborando con Antena 3 de Radio y con mis críticas de cine en el Diari de Tarragona. Había sido sorteado como cualquier otro mozo siendo mi primer destino Sant Climent de Sasebas en Girona, un lugar gélido árido  y después de jurar bandera allí  (¡Vaya expresión para un antibanderas como yo!) y  por extrañas fortunas del destino mi “formación militar”  (¡Dios!) en el Regimiento de Infantería Badajoz 26 de Tarragona a solo 14 km de mi casa con lo cual con el “pernocta” podía cada día dormir en la casa familiar.

Me habían contado en casa y entre amigos  que en el servicio militar pasara lo más desapercibido posible.

Sin quererlo, ni beberlo… hice todo lo contrario.

1- Sección Transmisiones: el cine de todas las tardes

Dos meses después de la jura de bandera en San Clemente fui destinado en Tarragona, supongo que por mi edad (23) y mi licenciatura en periodismo a la sección de transmisiones. Pude librarme en todo el año de las temidas maniobras militares en las que se exigía al soldado proezas y malabarismos a los que era poco dado: quizás imaginé las mismas novatas, salvajadas y destrezasque  mostraban  las películas americanas: trato duro, riguroso, disciplinado obedeciendo a gente de pocas neuronas que solo sabía gritar y ante los que debías cuadrarte. Sí, mi capitán, sí mi sargento. sí, sí sI!

Mi primera intervención que me visibilizaba ocurrió  cuando se ausentó uno de mis compañeros “veteranos” del cuartel: precisamente quiene cada día andaba hasta el videoclub de Tarragona para alquilar el Vhs que, desde transmisiones se emitía en los televisores de las diversas compañías. Se trataba de ejercer cierta forma de censura : sí al entretenimiento, no al movimiento neuronal. Al ausentarse fui obligado a sustituirle esa semana.  Yo llevaba ya tres o cuatro años haciendo de crítico de cine en el Diario de Tarragona. Si conocía la película -que era lo más habitual-  redactaba una pequeña ficha con el título del film, el director, intérpretes, año de producción, argumento y una crítica… todo en apenas una cuartilla que tecleaba en una  máquina de escribir con 4 copias de papel carbón.

Hasta ese momento nadie sabía qué película iba a verse cada tarde: unos preferían pasarla en la cantina, otros, si tenían permiso salir por la ciudad, otros a matar el tiempo. Cuando regresó el muchacho de maniobras alguien le dijo que a partir de ese momento sería yo quien hiciera el trabajo: acudir al videoclub. Elegir el film, censurarlo (o sea devolverlo)  y rellenar la ficha. Algunas las veía en el cuartel. Otras estaban aún en mi memoria.  Solo recibí  quejas frente a una gran película cómo era “Casablanca” (para que entendamos qué tipo de células grises podían tener algunos de mis compañeros) y otra llamada de atención ante las protestas de algún militar al elegir un film de acción que tenía que ver con electroshock y sillas eléctricas en las cárceles americanas y ver como “freían” a varios tipos. La elegí sin verla para darles algo más cercano a ellos. Ese trabajo fue desde marzo  hasta diciembre del 1986. Lo de licenciarse .. en enero del 1987.

2- El concierto de los soldados

Yo había estudiado claqué con Toni Mira tres años atrás y bailes de salón un par de años: dominaba el vals, el bolero, el cha cha cha, el tango, el pasodoble .. el swing… hasta los 8 bailes clásicos.  A alguien le había comentado que yo había pertenecido a una coral y que había estudiado baile y también tap dancing. El regimiento de infantería contaba con un pequeño grupo de soldados músicos que, parece ser, habían dado ya, antes de que llegara,  un concierto a los soldados en el salón de actos de los cuarteles en el espacio que ahora  ocupa la Universidad  Rovira i Virgili, universidad en la que años después, ya en el s. XXI me incorporaría como profesor asociado de publicidad.

Como en los mejores musicales de Broadway su solista enfermó y obtuvo la baja unos días. También, a dedo, habiendo corrido la noticia de que bailaba y cantaba fui obligado a sustituirle hasta su regreso. En apenas 15 días,  en los ratos libres y preparamos el concierto que incluía  pasodobles,  boleros, salsa y piezas como “El Golpe” del film de Redford-Newman (aunque algunos militares fruncieron el entrecejo cuando se le anunció la pieza imaginando quien sabe qué)…

Uno de mis compañeros fue el  después presentador de radio y televisión Albert Castellón con el que montamos  pequeñas coreografías que acompañaban las canciones de Renato Carosone o el pasodoble “Julio Romero de Torres” . En el equipo estaba también Felipe Garmendía, un vasco-catalán gracioso y listo con el que aún me une una buena amistad.  Del resto del equipo nunca tuve noticias.

Cuando regresó el solista se le notificó que (también) yo iba a sustituirle.

Fueron un total de siete conciertos entre la soldadesca  . En una ocasión  salimos del cuartel visitando el gobierno civil, en un acto de acceso libre, a donde fue mi madre y mi futura esposa. Antes de salir algo avergonzado porque iban a conocer una parte de mí  desconocida me pregunté a mí mismo  si debía mostrarme recatado u optar por ser yo mismo y mostarme sin reservas, sin tapujos, liberando esa alegría cuartelera y compañera. Opté por la segunda de las posibilidades y tanto a Margarita como mi madre les sorprendió o alborozó. Tuve un testigo de excepción, el escritor Gustavo Hernández Becerra, compañero del periódico en el que colaboraba y que debió acabar pensando que  yo estaba loco. Desde entonces nos tenemos una admiración muy especial y nos cuidamos en nuestras carreras literarias.  

El concierto más triste tuvo lugar pocos días después del suicidio de un compañero. En nuestra alegre y disparatada actuación que siempre coreaban los compañeros  había, ese día,  un silencio que para nada mejoró las palabras de un invitado… un Coronel que quién sabe de dónde vino que añadió “ A  España se la sirve con alegría”. Fueron dos las muertes:  EL muchacho que se suicidó de madrugada en su garita haciendo guardia i la de Vicens, un joven profesor que murió en un accidente automovilístico. Fue algo muy triste. En jerga militar eso podría decirse que minó la moral de la tropa. Entre amigos que dónde coño estaba Dios, los que aún creíamos en él, en el momento del impacto. A raiz de su muerte escribí un obituario en el Diari hablando de su amabilidad , de su generosidad y de como nos permitía “escaquearnos” de algunas de las tonterías  del cuartel. El Teniente Coronel Pedro Pérez Fernández nos mandó llamar par advertirnos que no iba a tolerar ningún menoscabo de su autoridad. Albert Castillon y yo salimos riéndonos de semejante mentecato. Había muerto un amigo y a él le preocupaba lo que habíamos escrito ambos en el Diari.

3. El Premio…

Seguirá

 

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