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Pan, para pan hago.. (canción de Los Mismos, Belter, 1970)

Mi abuelo Oleguer había tenido una panadería en los bajos de la casa, ese espacio cuadrado, diáfano en el que yo iba a jugar esos primeros años de vida como un príncipe en el salón del trono. Pero parece ser que la harina dañaba los pulmones del abuelo y cerraron la panadería. Había abierto en 1920 y alimentó a todo un pueblo de mil habitantes durante casi cuarenta años con pan cocido al leño, coques amb recapte y bollería; fue así que cayó en mí, con todo el peso de la tradición, el apodo o sobrenombre de “el Jordi de Cal Moliner”.

Mi padre, Jordi Folch i Martí, de quien heredé el nombre, nació genio: tenía apenas 16 años que en el espacio que ocupaba la tienda, ya cerrada en 1958, montó un pequeño taller: fabricaba máquinas de sofatar olivos para el campesinado local. Con 18 se fue al servicio militar y ahí quedó ese espacio vacío, inerte que iba a ser mi espacio de juegos en una casa de dos plantas y gallinero en la calle Mayor de Montbrió de Tarragona (1), nombre que parece ser entregó un moro llamado Montebrione. Mi padre después entró en Metalúrgica Folch, fábrica de alfileres donde ya trabajaba su padre Oleguer y su tío Alfred: su tiempo allí -más de 60 años-  merecerá su espacio y su momento.

Mi madre era una andaluza hermosa que conoció a mi padre en pleno servicio militar.  La menor de siete hermanos había perdido a su madre con solo tres años. Como huérfana había vivido con unos tíos suyos en Ceuta, regresado a Ronda en su juventud y siguiendo los pasos de su hermano Ramón se había trasladado a Barcelona para trabajar en la filatelia de Olímpia Alonso en la calle del Pí, que acabaría convirtiéndose en mi madrina pero sin ejercer nunca de ello, como se verá.  Pero pronto iba a caer rendida por el rostro de un muchacho de ojos azul mar que parecía uno de esos galanes de cine de las películas en blanco y negro de Cifesa allá en los albores del cine español. Y sin saber que no iba a ser Barcelona la ciudad que iba a acogerla sino un pueblo pequeño apartado del mundo que merecería sus propias y televisivas “crónicas de un pueblo”.  A mi padre le habían destinado otra muchacha, hija de tenderos y de buena posición y, en Montbrió, fue visto con malos ojos que una extranjera le robara el corazón. Así que los primeros años fueron difíciles para María del Carmen Gil que había vivido en un cortijo andaluz en Ronda, tierra de bandidos, y que quedaba ahora encerrada en un pueblo de pocas calles al que aún no había llegado la televisión.

La boda del año o “será maravilloso viajar hasta Mallorca”

La boda de mis padres fue un doce de octubre de 1960 con banquete de gala en un hotel, el Oriente, que ahora languidece ya en su ancianidad pero que en su tiempo se erguía como uno de los más elegantes de la Ciudad Condal: la familia Folch Gil no iba a merecer una crónica de sociedad de la época porque se trataba de la unión de un técnico mecánico y una ama de casa pero el glamour, la elegancia del corte, de los tejidos, de las pamelas y de las redecillas de las damas, de sus zapatos de tacón,  y de los fracs de los caballeros  convirtieron la boda, según los testimonios fotográficos, en un acontecimiento  al alcance de pocos. Entonces la boda era la celebración más importante de la vida de una persona. Si tuvo un protagonista fue mi madre que había nacido a pesar de la humildad de su cortijo, con el don del gusto por las telas, las texturas, los colores, el corte y la confección. Si a eso le añadimos que tenía un aire a lo Sophia Loren mezclado con Anna Magnani, de grandes ojos y labios sensuales pero con la inocencia de una muchacha casta del sur no es caer en lo folletinesco ratificar que fue una boda de cine.

Sí, una boda de cine que tuvo su prolongación en un humilde viaje a Palma de Mallorca, uno de los destinos preferidos por los recién casados junto al Monasterio de Montserrat cuando aún faltaban ocho años para que Los Mismos cantasen..

Será maravilloso, viajar hasta Mallorca, sin necesidad de tomar el barco o el avión, solo caminando en bicicleta o en auto stop…

https://www.youtube.com/watch?v=GlsZ7IKwzQ4

Se dice que una de sus primeras labores fue reconvertir a mi abuela Teresa, a la yaya, en una mujer de buen ver: en ese tiempo con ya sesenta años las ancianas  -¿quién dijo ancianas?-  vestían de negro con fajas y refajas, se apartaban del mundo para dar paso a la juventud conscientes de que su tiempo ya había pasado. Pues bien, mi madre como una hada madrina cenicientera le cambió los hábitos y la actitud y la devolvió al tiempo yeyé de los sesenta cuando aún ni Salomé vivía cantando ni los Beatles se habían desmelenado.  Menos éxito debía lograr con mi abuelo al que siempre recordaré con su boina, su pipa, su bastón, sus pantalones recios y cierto mal genio de hombre diabético que andaba cada día al practicante para que le inyectara sus dosis de insulina. El abuelo que nos traía, al volver, cada día a mi hermano -llegado en el año de las heladas en diciembre del 62- y a mí, cromos, dulces y chocolatinas, caretas de cartulina de la bodega/quiosco del carrer del Rec. 

5 de septiembre, Reus, Paseo Dr. Suñer

Había llegado a este mundo un cinco de septiembre en Reus: en ese tiempo los niños que traían las cigüeñas nacían en las casas asistidos por las comadronas. Mi madre prefirió que naciera a nueve kilómetros en la clínica Ibarz ya desaparecida. Después, a los catorce meses nació mi hermano Jose María (2).

Tener un hermano significaba conocer el verbo “ compartir “. Así cuando Sus Majestades los Reyes nos trajeron una bicicleta no faltó una anotación escrita a mano: Para Jorge para que la comparta con su hermano José María.  Tanto fue así que ya a los cinco años mi hermano se sentó encima del coche de policía teledirigido llegado de Alemania  destruyendo el pequeño motor. Esa experiencia traumática iba a inspirar muchos años después el “Libro de Conjuros de la pequeña Tarándula”. (Premi Folch i Torres, La Galera, 2011).

Sus Majestades los Reyes Magos

La llegada de sus Majestades los Reyes de Oriente  a Montbrió era un acontecimiento histórico: recorrían con sus tractores la calle Mayor y desde un coche grúa se acercaban hasta las ventanas más altas para depositar allí a los afortunados sus regalos.  Nosotros creíamos contar con unos padres privilegiados: cada mañana al despertar corríamos hasta una pequeña sala de estar donde había una mesa puesta con vino moscatel, y cinco copas vacías.  Mis padres nos convencían de que, al terminar la cabalgata y mientras nosotros dormíamos, los tres mismísimos Reyes Magos descabalgaban frente a nuestra casa para departir con ellos. El resultado era esas copas vacías del apreciado Moscatell de Montbrió de Tarragona que no era vino de misa sino vino de reyes. Nunca se nos ocurrió preguntar de qué hablaban con sus Majestades y de dónde sacaban su tiempo si en una noche iban a volar por todo el mundo. Ya solo su presencia real nos hacía sentir, también a nosotros, hijos de reyes.

Vivíamos en un tiempo de magia y sueños que iba a terminar un día, de golpe, a los diez años despertando a la realidad triste de un país sin reyes de mentira y gobernado por un sátrapa y tirano furioso que había prohibido nuestra lengua. Fue así que crecimos, insisto, de golpe.

 

Continuará

 

(1) Después Montbrió del Camp

(2) Nacimos Como Jorge y José María  y no fue hasta los catoce años y a la muerte del dictador (1975)  que recuperamos nuestras identidades que también el régimen nos había escamoteado.

Fotografía de estudio hecha en las Escuelas Nacionales, ya con 10 años, en Montbrió de Tarragona (con decorado falso)