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Qué triste reconocer que de los últimos años universitarios no tengo ningún ningún recuerdo. La inutilidad del sistema educativo se prolongaba desde primaria a secundaria, hasta bachillerato, COU y seguía en la Universidad. En la actualidad el docente sube a una plataforma Moodel sus materiales de trabajo, sus recomendaciones, sus apuntes. En aquel otro tiempo todo era fotocopiado, memorizado y vomitado después (como ahora, creo). Te dejaba el mal sabor de boca de una indigestión. Me pregunto… todos los apuntes y horas de memorizacion ¿dónde están ahora?  De qué me sirvieron las 300 hojas de apuntes de Derecho de Publicidad de Gozálvez que nunca usé ni nunca necesité. ¿Y esos docentes cobraban por darnos lo que estaba en los libros?  ¿Radio con Franquet? sí, algo me divertí en esos estudios de radio que parecían reales. ¿Televisión con Emilio Prado? Fue interesante. ¡Historia del cine de Gubern? Una genialidad. ¿tres asignaturas de veinticinco en cinco años? ¡Que verguenza!  Muy distinto sería a mi regreso a la Universidad del 87 al 89 para concluir publicidad, ya con una licenciatura debajo del brazo.

Libros de verano

Los veranos  los trabajaba en una oficina de cambio de moneda  de Salou que regentaba Salvador Escuté. Demasiado inocente para ligarme a las turistas que venían a cambiar sus travellers cheque o sus dólares en tiempos en que no existía el euro.  Cada mediodía practicaba windsurf (una tabla que compré por 50.000 pesetas) y eso me liberaba. Me encantaba que el viento me empujara y dar esa vuelta con la botavara para seguir zigzageando en el mar, nunca rudo pero lo suficiente elevado para levantar la vela y empujarla. Piel bronceada, ojos claros, alto, cimbreante, bailarín,  con estos atributos seguía siendo ese chico de pueblo tímido que no se atrevía a charlar más allá del intercambio financiero en la oficina de cambio, que nunca regresaba a casa a las tantas, que no bebía, para quien las drogas solo estaban en el cine negro. Eso de trasnochar solo llegó en mi último año en la Salle cuando formé parte de la tuna y andábamos festejando a las muchachas por sus casas todas las noches de dos fines de semana de enero  y regresábamos exhaustos, pero vivos a las ocho de la madrugada.

Los veranos en Salou eran calurosos, húmedos, pegajosos. Aprovechaba para leer “El Padrino”, “Peyton Place”,  “El Gran Gatsby”  novelas a 999 pesetas de colección de tapas duras, rojizas con traducciones bastante pésimas ( especialmente la de Gatsby que me pareció horrible por culpa de una mala traducción). Estos, otros y  los títulos que El Círculo de Lectores llevaba hasta mi madre:  Pelham, uno, dos, tres, Rascacielos (del que levantarían “El coloso en llamas”), “Alicia ya no vive aquí” y otros que nunca leí: “Un millón de muertos” o “Los cipreses creen en Dios” de José María Gironella que era entonces un superventas.  No recuerdo especialmente leer literatura infantil y juvenil pero sí a Agatha Christie: “Diez negritos”, “El asesinato de Rogerio Ackroyd”, “La casa torcida”, “Asesinato en Mesopotamia” y diversos títulos de Editorial Molino. Conan Doyle también: El perro de Baskerville, “Estudio en escarlata”, “El signo de los cuatro” y  poca literatura española… En familia mi madre me obsequiaba con su delicioso gazacho andaluz , sus ensaladas de pepino y tomate, sus huevos rellenos de atún, patatas com cebolla, tortillas frías  de calabacín…. 

Viaje con  nosotros

En los veranos de los primeros 80 sonaba “Vamos a la playa” de los hermanos Regueira y “Viaje con Nosotros si quiere gozar” de la  Orquesta Mondragón,  “Aire” de Pedro Marín, Pino d’Angió con “Ma Quale Idea” y Raffaella Carra que siempre sacaba sus canciones en verano como Georgie Dawn. El príncipe Carlos de Inglaterra empezaba sus relaciones con Camilla y saltaba a la prensa  una conversación pseudoerótica entre ambos. Algunas noches a partir del 83 iba con Margarita, mi novia, a bailar en los hoteles de la Costa Dorada o a FlashBack en Salou que, junto a la  Saint Germain  eran las discotecas más “in” pero nunca llegábamos a casa,cada uno a la suya, más allá de las tres de la madrugada.  Éramos castos, modosos, modestos, idealistas, sencillos, aún inocentes. Éramos jóvenes enamorados, felices, sin problemas, sin discusiones,  sin enemigos.

Y entonces, en el 86 llegó el servicio militar, el año perdido, la subordinación, la estupidez y sin saberlo, le dí la vuelta y la música llegó al Regimiento de Infantería Badajoz 26 en Tarragona con alguien del que se decía que bailaba claqué y sabia cantar y se contoneaba con el cha cha cha y con Renato Carosone,  y su “whiskey, soda and rock and roll”.https://www.youtube.com/watch?v=6vYcQaWdhm4

Yo.

Seguirá…

1985: Foto en Salou en mi tabla de surfing a la que pegué el logotipo de Antena 3