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MEMORIAS DE UN ESCRITOR (14): BAILAR CON FRED ASTAIRE | LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK
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La habitación de las estrellas

Me gustaría escribir que el Jordi Folck, escritor se estaba ya gestando en esos años precedentes pero, como ya leyeron, eso sería incurrir en mentiras y vanidades. De hecho, en mi habitación, tenía colgado un cartel de James Dean, uno de Piotr Tchaikovsky que sí recuerdo haber comprado en el Rastro de Madrid en mi viaje de 1978, un muro entero com pasquines fotográficos -¿para qué pintamos la habitación si la llenaste de carteles” -se quejó mi madre-  un collage de fotografías de Marilyn Monroe y un poster de Fred Astaire y Ginger Rogers bailando.  Dean ocupaba toda una puerta, con su pantalón blanco y su mirada perdida. Tchaikovsky era un garabato, una ilustración hermosa de su rostro y yo, un ser curioso que escuchaba con insistencia la novena de Beethoven, el Concierto de Varsovia de Addinsell  y  otras piezas que, al cabo de tres días de intensidad sonora, acababan deprimiéndome. Me pasaba a la música de cine, unos días  y luego volvía  a la clásica. Había allí algo de grandiosidad, de sentido épico, de immortalidad que me llamaba la atención. Un deseo de permanecer aferrado al mundo, quizás. Fue en aquel tiempo de mi adolescencia, que la família Martin de Barcelona compró un terreno colindante a nuestro chalet en la N-340 cercano a Cambrils y allí edificaron una pequeña torre. El hallazgo mas sobresaliente fue que el matrimonio traían consigo a un pequeño Abelardo, de pocos años y a dos bellezas, Lidia y Marta Martín.  Creo que allí prendió el primer amor,  aunque nunca nos cruzamos un beso de esos de película con los que yo soñaba mientras mi hemano y  mi primo Pere Llaberia,  se prendaban de Marta, que por ser rubia, era mucho más vistosa. Por ser chicos de pueblo, aún niños,  recuerdo aún con qué alborozo recibimos una pregunta que nos lanzó Lidia, la mayor, que me sacaba uno o dos años. “¿Habéis besado alguna vez a una chica? Y nosotros, con las mejillas enrojecidas diciendo que no y tal vez imaginando los besos de Kim Novak y James Stewart en “Vértigo, de entre los muertos”  o los de Vivien Leigh y Clark Gable en “Lo que el viento se llevó”. Cuando dijimos “No” -creo que estábamos con los Gilis-  Lidia y Marta, capitalinas, decididas,  se acercaron hasta nosotros y nos permirtieron que les diéramos un beso en las mejillas .Oh candidez, la nuestra, que nos pareció hacer algo prohibido: el corazón palpitaba, las mejillas enrojecidas…. Ya ven. Rafael Alberti en sus memorias y tantos otros cuentan de sus pajas adolescentes -que las había y su sentido de la culpabilidad eyaculada a la vez-  y nosotros emocionados  con un beso mejillero  (o mejillonero, por la proximidad del puerto de Cambrils).

Melodías de Broadway

En aquel tiempo, entre mis ídolos cinematográficos yo soñaba con ser Fred Astaire: me parecía el colmo de la elegancia, de la belleza, del refinamiento. Sí, yo quería ser bailarín. Tanto  que llegué a visitar un  establecimiento de pequeños electrodomésticos para comprar un lector de vídeos y preguntar si sería con un betamax o com un VHS -la guerra de formatos aún mo había empezado-  donde podria observar con  mayor nitidez los pasos de mi admirado Astaire a lo que el dependiente contestó que ni con uno ni con otro. Me llevé mi betamax y alli atesoré mis 200 primeras películas que eran, la mayoría, de musicales . ¿Como iba yo a ver los tapa-tapa-taps-taps del bailarin si Cyd Charisse golpeaba hasta 5 veces por segundo con puntas de zapatos/tacones en el suelo?

https://www.youtube.com/watch?v=wDHwJrbrp0Y

Curiosamente fue en mi segundo año de universidad en que me inscribí en Danses d’Arreu del Món en Mayor de Gràcia de Barcelona en clases de claqué con el bailarín, aún en activo,Toni Mira.  Tampoco sé que fue que me llevó a estudiar ballet clásico un par de años con Joan Tena enre los dieciseis y los dieciocho. Mi hermano Josep Maria se había sacado novia, Fanny G.  que estudiaba ballet clásico en Reus y en Barcelona. O bien debía mostrarme interesado o bien viéndome ella alto y delgado me lo propuso, pero fuera como fuese, tomaba el tren Barcelona-Reus a mis 17 años  y asistía a clase con Joan Tena una vez por semana y tiempo después con Ramón Solé, ambos ya desaparecidos.  Mi pasión por el pas a deux duró poco y cuando ya vivía en Barcelona dejé de asistir a clases, posiblemente porque ya iba tarde para empezar una carrera que debía iniciarse desde pequeño -como me recordaba Tena-  o por qué ya no guardaba un interés destacado en ello. La verdad es que nunca confesé a mis compañeros de escuela que iba a ballet. Les veía como muchachos poco refinados, bruscos, poco dados a delicadezas. Pero en todo caso me atraían las artes, la belleza, las letras, la música, el baile.  (Uno de mis primeros libros fue Cómo bailar en 30 días con pasos de baile ilustrados y donde diferenciaban el vals del foxtrot , el tango del cha cha cha).

La fábrica de agujas

Nunca pude ayudar a mi padre en su Fábrica de Alfileres de Montbrió del Camp: el con su manos  adultas y con él todos los trabajadores de la metalúrgica agarraban puñados de alfileres sin daño: el propio bolo de alfileres, cabezas y puntas te autoprotegía de herirte o de clavarte sus afinados pies, que eran muchos. Pero el miedo debía vencerme, el miedo y la realidad de que sí acababa pinchándome.  Y en ese mundo de Fred Astaire con decorados de Van Nest Polglase  -nombres de los títulos de crédito que aún permanecen en mí, sin esfuerzo-  y coreografías en blanco y negro en los musicales de Busby Berkeley yo era más feliz  que entre los pasillos y naves de la fábrica de agujas familiar que dirigía un tío avaro,  de mi padre, al que llamábamos  Tiet Joan de la Fábrica.  Tan avaro que para ganarnos, años antes, el reloj Durand de la Primera Comunión tuvimos que responder a un examen oral. Si fue una broma, que poco graciosa. Tan avaro que al regreso de uno de sus viajes le regaló a mi padre un reloj sin correa comprado en el mercado negro o entre trapicheos de vendedores ambulantes en lugares exóticos. Sí, un home rico que vivía como pobre y cuyas riquezas, cuando murió,  recayeron en una sobrina suya en Madrid. 

Fue a los diecisiete años en 1978, que besé a una chica por primera vez: M. Vila

 

 

 

 

 

 

Foto:Mallorca, 1976, viaje de estudios

Primera foto: Marta . Segunda: Lidia y yo. verano 1976-77