Seleccionar página

El tiempo acaba siendo el observador más sagaz: descubre los móviles, los por qué de las cosas, quiénes fueron los asesinos cuando el muerto es uno mismo. Dicho de otra forma… qué le mató o qué partes cortó para dejarle como está. 

Muchos no estarán de acuerdo conmigo  y no me importa abrir debate, pero mis asesinos en serie los encontré en mis estudios de secundaria, los que van de los 11 ( actual Primero de ESO) hasta los 17 años cuando llegábamos al Curso de Orientación Universitaria (COU) antes del salto a la universidad  (ahora son dos cursos y se conocen como bachillerato). 

No creo que nadie sepa, en su adolescencia, qué quiere y qué espera de la vida, ni a qué va a dedicarse, cuál será su profesión.  Yo, insisto, una y otra vez, jamás pensé en ser escritor porqué, como ya dije, me parecía algo que no estaba al alcance de mi mano y a lo que debía un respeto enorme  (por supuesto influencers, youtuberos, copiadores de libros, falsas estrellas fugaces y otros majaderos  que hoy publican libros de respeto, nada). En mis tiempos había el COU artístico y el científico, o la separación de entre ciencias y letras, separación  de caminos que llegaba tarde y que yo viví solo en el último año. 

Asesinos oficiales

Porque cuando hablo de asesinos no eran otros que la matemáticas, la física y la química…  Jamás en mi vida adulta he necesitado para nada un logaritmo ni a las estadísticas, ni a la ecuación en segundo grado. Tampoco conocer la fórmula química del cadmio ni del mercurio ni del potaso de sodio (ni he desarrollado un árbol gramatical).  Esos conocimientos que se me escapaban me producían auténticas torturas que menoscababan mi autoestima diciéndome a mi mismo que era un inútil, que sin matemáticas -escuchaba en casa- no iba a llegar a ningún lugar en la vida*. Se equivocaban.  Esa misma sensación de inutilidad, de pesadilla la tuvieron otros escritores;  por conversaciones recientes, el autor de “Primer Cielo, Último Infierno” Humberto Balcázar, cerebro privilegiado donde los haya, que vivió la misma miserable experiencia.

Entonces no existía San Howard Gardner que descubrió las 8 inteligencias múltiples con las que salvaba la vida a las futuras generaciones de jóvenes estudiantes al hacerles ver que la inteligencia linguística es distinta a la espacial o a la musical y, especialmente, a la lógico-matemática, o la corporal o la intrapersonal o sea, que aunque la composición musical o la danza sea pura matemática y buenas dosis de sensibilidad, un profesor de lengua y literatura o un escritor o un pintor no necesitará a las matemáticas o a la física ni a la química  en su día a día del mañana. Lo que debería desarrollar la educación  es el talento de los muchachos, su capacidad única.

Se ha escrito un crimen: los exámenes

En conclusión que el nefasto sistema educativo pretrechado, posiblemente, por paletos o señores con ínfulas de asesinos debería limitar ese conocimiento específico  a quien lo deseara, a quien se sintiera atraído por el.  Debería existir un sistema educativo distinto para cada persona o, en su camino, permitir al estudiante la libertad de elegir, siempre, las asignaturas que más felices le hacen o , si quieren,  que más le desarrollan como persona. No me niego a que durante un curso pueda haber un compendio de asignaturas donde uno descubra sus apetencias para ahí establecer su marcha pero que durante varios cursos enteros a uno se le infringa ese dolor que acaba convenciéndole de su inutilidad  hay una distancia de años luz.  Pero incluso mi amada literatura o las ciencias sociales, geografía e historia podían ser nuestras enemigas cuando llegaba el tiempo de vomitar lo aprendido en  los exámenes para luego olvidar y meter otras inutilidades.  ¡En el siglo XXI y todavía examinado a los alumnos! Claro que debe existir una fórmula de probar el conocimiento pero dudo de que éste sea el mejor camino. Y lo digo porque de lo que estudié esos siete años no recuerdo apenas nada. Me reconozco como un ilustre ignorante: algunas fechas de historia como las que corresponden a los imperios griegos y romanos, a la  conquista de América o las guerras napoleónicas, a 1714 cuando cayó Barcelona, guerras mundiales, guerra civil española, postguerra y… ¡pare de contar!  Algunos ríos en la India, lagos y mares… ¿Adónde se fue todo el conocimiento? Al retrete por mala digestión. 

Se podría hacer la prueba a los que sufrimos ese sistema malvado: a todos los que se manifiestan con banderas españolas o catalanas en tiemps díficiles me gustaría pedirles que me contaran media hora de historia de España y de Catalunya. Creo que ni el 10% de ellos llegarían a la media hora de disertación. Lo que contó mi admirado Antonio Iturbe ( autor de esa espléndida A Cielo Abierto): con las banderas deberían hacerse relleno de colchones.  Lo que sé es porque en la edad adulta me interesó para mi propio placer. Si alguna vez estudié en geografía el Mar de Aral en Kazakhstan no lo sé pero lo descubrí para mi libro El noi de paper (entonces había una gran Rusia y no exrepúblicas soviéticas con lo que algunos conocimientos son finitos). Lo que leí de Londres e Inglatera lo olvidé hasta recuperarlo para La Guerra de los Chicles  y para El Manuscrito de las Bestias. Lo que supe de Turquía y de Capadocia ni me acuerdo: lo que sé fue para La única y verdadera leyenda del caballero contada por el dragón. E incluso lo que sé de literatura es por que me interesó después. Hagamos la prueba: salgamos a la calle y preguntemos a los ciudadanos cuántos miembros de la generació del 98 y cuántos de 27 recuerdan. Si sé de Dámaso Alonso, de Vicente Aleixandre, de Rafael Alberti o de García Lorca es por lo que leí después de ellos no por lo que tragué y escupí para el examen. Sí, la memorización  nos mueve el cerebro plástico, nos la adapta pero acaba siendo inútil a lago plazo y convirtiéndonos a todos en ignorantes hasta límites de indecencia.

Nuccio Ordine tiene razón: la utilidad de lo inútil  (las, aquí, asignaturas llamadas María como la literatura)  acaba siendo más provechoso que las asignaturas principales útiles que se convierten en inútiles siempre que uno encuentre su interés personal, el uso de su inteligencia distintiva…. porque allí también vive el arte, la sensibilidad. 

Esperando a Superman

Y cuando el sistema educativo te clavaba su largo y afilado estilete por la espalda solo te quedaba la posibilidad de sobrevivir en tu día a día soñando o haciendo aquello que, para contrarrestar, te apasionaba. En  mi caso: leer, escuchar música, caminar, viajar cuando se podía, ver buen cine, asistir al teatro, a festivales de fin de curso, cantar ( en los tan necesarios certámenes de Santa Cecília en La Salle Reus) . Esas fueron las asignaturas para las que no había que examinarse, que no te hacían vomitar, que me convirtieron en persona sensible y preparada para la belleza del arte, en mi caso, literario. Habría que contar cómo el fracaso escolar acaba arrojando al mundo personas desalentadas de esa fábrica de producción masiva , de personas que se sienten inútiles porque les hicieron sentir inútiles, sin un lugar en el mundo y que acaban a veces en las cárceles. ¡Me puse dramático? Para nada. vean ese magnífico documental Esperando a Superman para que vean lo que está haciendo la educación en nuestras vidas.

https://www.laverdadoculta.com.ar/2013/08/esperando-superman-documental.html#

Pero si necesitan documentos menos sesgados (quizás el documental acaba siendo algo maniqueo)  léanse las ESCUELAS CREATIVAS de Ken Robinson y me darán la razón de todo lo que se está haciendo mal  ya en el 2020 sin vistas a que esto cambie. Y a esto no lo salva ni Superman ni los Avengers Vengadores.

Como dice Humberto Balcázar “en las escuelas deberían enseñar también a pensar, a meditar,  aprender a respirar en un mundo tan acelerado como el de ahora… Prepararles para convertirse en  adultos óptimos. ¿Difícil? No creo. ¿Falta de voluntad? Posiblemente.

Nada recuerdo de las clases de ese tiempo 1971-1979 exceptuando los maestros ya mencionados. El resto se ahogó en una niebla venenosa  que a tantos ha dejado en el camino anulando su talento y sus capacidades que… eran otras.

Un año antes de ingresar en la universidad aún no sabía qué estudios elegir. Me gustaba la literatura, escribir, la fotografía, hablar en público ( mi problema con la pronunciación de la “ll” se resolvió, como dije, en septiembre de 1981 en el Institut del Teatre) viajar,el cine, el teatro. Y todos estas artes… ¿podrían incluirse en una carrera universitaria? Fue mi compañero  de clase Jordi Rius, el futuro historiador, quien sin saberlo, me dio un empujón. Visitamos, en cierta ocasión al Hermano Bosch quien nos daba griego. Griego o lo que fuera ¡antes que matemáticas! Y Jordi le dijo a quien llamábamos cariñosamente Labius (porque de fumar sus labios habían tomado cierta forma destacada en su rostro)  “Es que Jordi y yo queremos estudiar periodismo...” Y así fue que otro decidió por mí. Periodismo  recogía todos esos campos que yo quería experimentar. Y a eso me incribí en la Universidad Autónoma en junio de 1980.

Fotografía: Viaje con la masa coral de l’Orfeó reusenc en junio de 1978

 

Redes de Jordi Folck: Instagram,  Linkedin, Facebook, Twitter

Gracias por compartir

Nota: los racionales me dirán, con razón que se necesitan más matemáticos que contadores de historias. Que los algoritmos y la inteligencia artificial hace de los matemáticos una profesión del futuro. Y que con tantas series, ya nadie lee. Les daría la razón pero nací rebelde y luchador por la cultura y añadiría que eso de inflitrarse en la vida de los demás, como hace Amazon, a golpe de algoritmo ya no sé si es muy ético. ¿Todo vale?