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Que lejana queda ya la niñez y, sin embargo, ¡qué abundancia de recuerdos! De la juventud quedan menos y menos aún, del presente, de la edad adulta. Desgranar la memoria de estos últimos años resulta más dificil, a pesar de que se  acumula el tiempo, que no la de  aquellos primeros días en que todo nos sorprendía y todo nos marcaba. De ahí que ese refrán antiguo “dame un niño de 5 a 10 años y te diré cómo vivirá y como morirá” encuentre su justificación y su lectura en la cantidad de cambios y vivencias que el niño es capaz de afrontar cuando cada escalón significa una dirección, cada decisión, un desprendimiento, una elección.

La fotografía

Entre 1971 con mi llegada a Reus y 1980, mi traslado a Barcelona para estudiar periodismo,  no queda tanto por contar. Si busco una línia de comunicación, un trazo definitorio será que ya, entonces, sin saberlo, dibujaba mi polifacetismo. Allí, la escritura aún no había logrado encontrar el peso que después tendría en mi vida pero sí emergían algunas de las siete artes mayores y también de las menores ( si es que hay artes menores).

En octubre de 1975 (poco antes de la muerte del dictador)  la Agrupación fotográfica de Reus organizó un curso de introducción a la fotografía con maestros como Josep María Ribas Prous donde se nos mostraban las técnicas de revelado. Yo, con 14 años, era el más joven de todos ellos entre los que abundaban los adultos, e incluso, algunos ancianos. Allí aprendí a revelar en el laboratorio. Ese conocomiento lo compartí, algunos días después con mis compañeros de escuela, entre los que recuerdo a Emili Tost y Jordi Güell. Esas fueron mis primeras clases: a un grupo de 3 o 4 compañeros dictando apuntes  de lo que había anotado y sabía… El Colegio de La Salle nos ofrecía, entonces, un laboratorio fotográfico donde revelar, positivar, fijar y todos los procesos de la fotografía analógica. Si mi primera foto la había tomado a los diez años en el Barri Gaudí de Reus,  fotografiar empezó a ser mi segunda naturaleza.  25 años después volvía a inscribirme para un “volver a empezar” en el Institut d’Estudis Fotogràfics de Catalunya y ahi empezaron mis exposiciones fotográficas que aún continuan.

El teatro

Fue por ese tiempo que empecé a hacer teatro  (qué expresión, ¿eh?). En el teatro de La Salle se buscaban actores para “El somni de Bagdad” de Josep Maria Benet i Jornet. Se me otorgó el papel de ciego. Pero yo, por aquel entonces, tenía un problema de dicción, uno de los muchos que ocasiona el bilinguismo donde siempre, digan lo que digan, hay  una lengua que gobierna y que, aquí, ha sido siempre el castellano.  Sea lo que fuere, yo no sabía pronunciar la “LL” que hacía como “y”. Y así empezaba mi intervención:

Alà sigui amb vosaltres, bona gente que teniu ULLS… contempleu la capital mil·lenària d’Occident. Exótica i rutilant l’omple però la misèria. 

Y  decia Uis. Ya entonces pensaba que me gustaría trabajar en televisión, presentar algun programa o, tal vez, en la radio y esa forma de hablar me atormentaba. Me decía que no tenía futuro en la comunicación. Pronunciaba La Saye con “y”, una “y” plebeja y asonante. Y en la presentación de un festival de Santa Cecília de la escuela sali al escenario diciendo La Saye para regodeo de algunos de mis compañeros. Bueno, tambié solté el Yesterday. Dije day en vez de dey y más coñas . Yo estudiaba francés  y nadie me preavisó.  Mejor luchar contra esa mala colocación de la lengua que caer en la reducción de las letras como sí hacia el profesor de gimnasia, Francisco Garrido que soltaba, sin arrugar el entrecejo, el nombre del compañero Eugeni Col, en vez de Coll, como aún practican muchos locutores televisivos y nadie dice nada. Ese defecto de pronunciación no logré vencerlo hasta septiembre de 1981 en las pruebas de acceso al institut del teatre de Barcelona donde conocí a Nuria Cano y al futuro mito de masas, Carles Sabater. Una profesora de voz me enseñó a colocar la lengua en el paladar y así llegó la “ll” y con ello mis esperanzas para ser “normal” en un año en que ya estaba estudiando periodismo en la UAB. Curiosamente la palabra que tenía que decir para forzar la lengua era “Collons” (cojones) por su sonoridad, así que iba por la calle diciendo Collons como un amargado de la vida al que nada satisafce. Pero a fuerza de collons logré ganarme la “ll”.

Curiosa afición, la teatral, que me ha llevado, en la actualidad a colaborar con Onda Cero Catalunya cada lunes  en una sección de teatro que me obliga a asistir al teatro con regularidad y a la de haber co-producido y actuado en un musical propio de  mi novela “Nadie es un zombi”, actualmente de gira por Catalunya.

https://www.youtube.com/watch?v=2-hyL3ENX9E

A veces, las manos del destino,  tardan tiempo en abrirse. En diciembre de 1978 ya estaba haciendo los Pastorets musicals  ( Los Pastorcillos) que celebran con cantos la llegada de Jesús al pesebre en el Orfeó Reusenc.

La música

Llegó en 1977 y en mi pueblo, Montbrió del Camp, cuando ese 6 de enero actuó en la iglesia de Sant Pere, al término del oficio religioso,  la coral de l’Orfeó Reusenc. Me embelesó de tal manera que, hablando con Joan Biosca y  Josep Gomis, compañeros de escuela, me apunté, pocos días después a la formación coral. L’Orfeó tenía esbart dansaire, grupo de teatro, grupo de ajedrecistas y no sé cuantos otros grupos. Empecé a estudiar solfeo con el mestre Fusté y pronto me sumé como barítono a la masa coral. Ese tiempo, de 1978 hasta 1980 en que me trasladé a vivir a Barcelona para iniciar mis estudios de periodismo,  fue tiempo de viajes con la coral por pueblos, por romerías,  por aplecs, por festivales donde se contrataba la actuación de ese coro de unos ochenta componentes como fin de fiesta. En Madrid tuvo lugar la primera actuación de una coral catalana, la de nuestro Orfeó  y así se difundió en los informativos del Telediario, como vimos, alborozados, desde el restaurante del hotel donde nos hospedábamos. Viajamos por Madrid, Toledo pero tambien Perpignà, en Francia, y pueblos y ciudades catalanas…

La literatura

Yo nunca pensé  en ser escritor. Tal vez porque me parecía una labor de héroes, o de genios de las letras y me inundaba de respeto cada vez que pronunciaba Camilo José Cela o Rafael Sanchez Ferlosio o el Arcipreste de Hita o Fernando de Rojas o Miguel de Cervantes en clase de literatura española  No había, en los 70, clases de literatura catalana. Mis lecturas corrían entre las primeros libros  de aventuras  y de misterio  de “Los cinco”  y “Los siete secretos” de Enyd Blyton que ocupó una parte importante de la vida de los niños y adolescentes de aquel entonces y  pasaban por los libros recomendados en el aula : Don Álvaro o la fuerza del Sino del Duque de Rivas, El Jarama de Sanchez Ferlosio, Las andanzas de Alfanhuí o La Familia de Pascual Duarte ,  las Rimas y leyendas del gran Bécquer, la deliciosa Tres sombreros de copa de Alarcón y  la, en aquel entonces, insoportable La regenta * de Leopoldo Alas Clarín y, muy especialmente, a mis catorce años, un libro prohibido que mi madre guardaba escondido en la alacena : El Decameron de Bocaccio que me produjo las primeras exclamaciones y perturbaciones  por la belleza de sus textos. Yo buscaba  erotismo por el que aún era un libro prohibido y me encontraba, muy por encima de las narraciones de corte sensual, con unos cuentos maravillosos que inundaban mi imaginación, como nunca, hasta entonces. Era un  libro que leía de escondidas, como quien profana el santo sagrario.  Creo que habría que agradecer al Círculo de Lectores -extinto, y de malas maneras  solo hace un par de meses-  que nos trajera la literatura al hogar. Mi madre pasó allí más de 20 años con libros que nos llegaban  cada trimestre como lo confirman dos  cabezas de reyes de madera que Círculo regalaba a sus subscriptores como sujeta-libros en las estanterías. Me gusta recordar las largas tardes en la biblioteca del Centre de Lectura de Reus, con sus 200 años de vida, su escalera  palaciega  y sus largas mesas de madera iluminadas con lámparas de cristal verde botella y las decenas de miles de libros que allí se guardan. Pero no fue ahí donde se fraguó el escritor sino algunos años despues, ya en 1989.

 

  • Aún en algunas escuelas matan a los lectores con libros desproporcionados en volumen y en contenido. A mi hijo Aleix con catorce años le obligaron a tragarse el mismo curso escolar a la Regenta y a Don Quijote. Me pregunto, aún,  como sobrevivió. 

 

Fotografía familiar: diciembre de 1978 antes de una de las actuaciones de l’Orfeó Reusenc