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Lo que la muerte se lleva. Carpe Diem

por Mar 20, 2022Creatividad0 Comentarios

Después de Isabel

Hace un mes que falleció mi amiga Isabel de Bellart.
Me acuerdo mucho de ella. Casi todos los días.
Cuando creces, cuando envejeces, la muerte se va llevando a los que encuentra más cerca.
Nunca hablamos de la muerte y si ésta aparece, aunque sea en un titular como el del post, posiblemente seguimos adelante sin leerlo. La muerte, sin estar ahí, siempre molesta.
Hace años que leí unos versos: Con cada vida que nace, nace una muerte.
He andando buscando al autor o autora, sin hallarlo/a.

Pero sé que detrás de la vida siempre anda la muerte. Y que tal vez detrás de una muerte anda una vida. Pero los que aquí seguimos  no tenemos forma de demostrarlo

Y aunque nos siga de cerca o de lejos nunca la nombramos. No se habla de ello. Ni nos educaron a hacerlo. Este es el problema.  Ahora en la guerra con Ucrania los abuelos y las madres -los padres se quedaron en el frente-  tienen que hablarles a sus hijos/as de lo que es la guerra y de lo que es la muerte. Y siguen sin entenderla

Yo tardé muchos años en comprender la muerte y lo que llevaba consigo.  En 1987,  pocos meses antes de  casarme falleció mi abuela a los 85 años… Pero ni entonces me detuve en pensar qué era la muerte, qué andaba buscando, qué se llevaba y qué abandonaba. Y de repente fue a primeros de septiembre de 1997 con la muerte repentina, violenta y absurda de Dina de Gales que mi cerebro se detuvo a pensar largamente de lo que significa cuando te arrebata a alguien joven: como Diana o como Isabel, la librera de Cambrils a la que echamos tanto de menos. Después volví a pensar en ella, en la muerte, hace un año, del joven, hermoso y bondadoso Ernest, mi cuñado, siempre echado de menos.

Simplemente dejas de existir. Se borra tu memoria . Queda a 0. Sin saber tampoco qué significa memoria o 0. Has dejado de vivir. Ya no sabes nada de ti. Ni de tu nombre. Ni de tu infancia. Ni de tus padres. Ni de si tuviste hijos. O un negocio. Si pasaste hambre o lo pasaste mal. O la vida te sonrió. Ni cuál fue tu ciudad. Ni lo que viste, oiste, aprendiste. No te quedan compañeros de escuela porque nunca existieron, porque tampoco existió el lenguaje. ¿Fuiste príncipe? ¿Fuiste rey? Qué importa si no sabes el significado de esas dos palabras porque tampoco tienes un cerebro para procesarlas y desconoces el significado de “cerebro”. La tumba iguala al pobre y al rico, al hermoso y al feo, al engreído, al soberbio o al humilde, al maestro de escuela, al pintor de nauralezas muertas, al político -quedaron enterradas para siempre sus palabras-  al capellán que  pronunció un saludo o unpanegírico  el día de su nacimiento y el de tu muerte. 

Si no recuerdas la más ligera locura en la que el amor te hizo caer, no has amado -escribió el bardo sin saber que fue uno de los genios que poblaron la tierra, reducido a polvo como los reyes que ocuparon sus tragedias y que nadie regresó jamás por un reino o por un caballo.

Ni los libros leídos, ni los paises visitados, ni los polvos que pegaste que parecía que el mundo iba a detenerse.  Nada queda de ello. Tal vez una calle con tu nombre, si tuviste suerte, o un busto si fuiste poeta o una escultura a caballo, si fuiste rey . Pero tu no sabrás qué fuiste porque no eres nada. Nunca fuiste nada.

Todo eso echando de menos a Isabel de Bellart que no sabe si vivió en el siglo XX-XXI donde tuvo una preciosa librería en Cambrils o si vivió en el año 3.000 o en el 10.000, si fue griega o romana, egipcia o rusa. Olvidó los amores que le dolieron, y también -o tampoco-  los buenos. Y en cinco mil años y menos… quizás no quede nadie para leer  este crónica de desesperanza,esa epifanía final de que todos estamos ya muertos. Por qué… ¿qué son veinte o cuarenta años en la marea de los siglos? Un puñado de polvo.

Después de los siglos

Y mientras no vengan a buscarnos toquemos el “carpe diem” leyendo con voracidad, devorando  buen cine y buena música, amando con pasión e incluso locura, sin que le importe a uno lo que piensen los demás, desconectando de tecnologías que matan nuestro tiempo y acercan nuestra hora final. Porque una vida no vivida dignamente no vale la pena ser vivida, porque una vida tediosa no es vida, porque una vida que no es nuestra tampoco vale la pena vivirla.  Conozcamos y amemos  el gran mundo que nos tocó vivir,  con la humildad de que nada quedará en ese crisol de riquezas cuando seamos pasto de gusanos.  Tal vez la pantalla encendida de un teléfono reclamando nuestra atención ya extinta, ya olvidada, olvidados de nosotros mismos por los siglos de los siglos.

 

 

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