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Esta vez debo pedir disculpas a su autor por tomar su narración, elegida en internet ya hace algunos años como una de las peores narraciones que jamás he leído. Llevo ya años compartiéndola en mis cursos (un nuevo agravio) aunque puedo decirles como jurado de diversos concursos literarios que lo que aquí vamos a leer no es un caso aislado y,  por desgracia, muy habitual.

El lector y futuro escritor que me sigue habrá pensado que antes de empezar con una novela pueda o deba intentarlo con un cuento. Craso error.. Ya he dicho en varias ocasiones y en algún prólogo que a los cuentos los carga el diablo. Y ya hablaremos del cuento más adelante pero les avanzo que una narración breve inferior a 40 páginas funciona como una bomba de relojería. En una novela se puede eliminar una escena, unos diálogos y, tal vez, no ocurra nada. Pero en el cuento cada palabra cuenta.

Y si en el post pasado decíamos que uno debe echar las frases hechas aquí añadimos que cuando uno escribe no debe adornar su narración con giros del lenguaje antinaturales, con adejetivos calificativos y coloristas , con verbos rezagados que cambian de lugar para buscar el efecto estético.
Digámoslo ya: toda narración debe ser un río de palabras en la que el escritor no existe. No ha lugar cuando uno quiere demostrar su maestría retorciendo el lenguaje solo para que uno se de cuenta de que allí hay un escritor. Es como si gitara !Hola heme aquí!. ¡Sí, soy yo!. Salúdame!
El escritor no existe. existe su voz, su tono, su estructura pero todas son invisibles. Se sienten pero no se ven. Y si se ven, la trampa queda al descubierto.

Como me gusta hablar y escribir y a veces en demasía les dejo el cuento señalando aquellas frases que rompen la narración cuando el autor se hace presente. Retengo el título del cuento y su autor porque no quiero causar disgusto a nadie. Las observaciones de sus seguidoras, amables y entusiastas con su cuento -las historias de animales siempre obtienen el aplauso unánime-  creo que ya le alegraron la vida como par ahora alguien se la amargue.

El cuento 

  • Román, un señor mayor, vivía solo en un pequeño pueblo. Su mujer flotaba en el distante ayer desde que abandonó la vida, y Marga, la única descendiente, luego de casarse estableció residencia en una población cercana.
    Dos años atrás, Marga le regaló al padre una perrita (que fuera abandonada y ella recogió en un camino), a fin de que lo acompañara en su soledad. Por el color del pelo Román la llamó Nera(negra, en italiano).
    Román y Nerase tornaron inseparables. El vecindario poco tardó en habituarse a verlos pasar, enredados en largos paseos, y trocando miradas repletas de mensajes que sólo ellos entendían. La perra lo besaba en la cara y él le decía:
    -¡Nunca te dejaré!
    Román era feliz, Nera era feliz.
  • Sin embargo, la quebrantada salud del hombre le daba sustos cada vez más frecuentes; preludiando el desembarco de la parca presta a bajarle el telón de la existencia. Y cuando eso ocurriera, ¿qué iba a pasar con su perrita?
    Un amanecer el pecho le jadeaba y el cuerpo no respondía. Una imprevista debilidad asociada a mareos conducente a las ansias de vómito, lo llenaban de un malestar general. Unos vecinos lo trasladaron al hospital más cercano. Fue ingresado de urgencia. Al mediodía Marga acudió a verlo. Su padre hallábase muy mal.
    -Hija, llévate a Nera. No quiero que se quede sola.
    -Pero papá, no va a pasar nada. Te curarás y todo seguirá igual.
    Marga accedió al pedido paterno. La llevó con ella, y la dejó al cuidado de un pariente del esposo.
    Nera se sintió sola. ¿Quién era aquella gente? ¿Por qué la habían traído a este sitio desconocido? ¿Dónde estaba Román?
  • Un lánguido atardecer Román cayó vencido. Como un pétalo desmayado murió en la cama del hospital. Sus días se apagaron de repente, esquivando el feo trago del sufrimiento. Se marchó sin que el dolor físico le alterara la calma.
    Nera ignoraba que el amigo habíase ido de este mundo.
    Debajo de un añoso árbol enterraron a Román. En el cementerio del pueblo se quedó para siempre. Una tumba de aspecto humilde, fijó el punto en el que la tierra guardaba su adiós. El otoño ya le cedía el turno al invierno.
    Al despuntar el alba, Nera emprendió la huida. En silente retirada atravesó varias calles y tomó la carretera. Anduvo sin pausa bajo el tibio sol matinal. El cuerpo le vibraba con las ráfagas de viento producidas por el paso de los vehículos.
  • Enhebrando claridades y sombras, soledad y mutismo, recorrió unos cuarenta kilómetros sin otra meta que el deseo de llegar. Román la esperaba. Derribando distancia de ríspido asfalto consumió el trayecto.
    Al entrar en la población que tan bien conocía, la noche desplegaba las negras cortinas del paréntesis nocturnalNerase dirigió a la casa. Puertas y ventanas lucían cerradas. Ninguna luz, ningún rumor. La vivienda respiraba en manos de la mudez, parada en un bostezo de acongojado reposo. Un enigmático halo la cubría con una pegajosa sensación de desierto. La solitud ganaba terreno, íbase apropiando de los espacios ya rendidos. ¿Román dormía o salió a dar un paseo? Nera decidió echarse en la puerta. Pronto el cansancio llamó al sueño, y el sueño cristalizó en descanso.
    La entrante mañana llegó envuelta en un sol macilento, desganado, como si el planeta parpadeara vencido. ¿Román no regresó?
  • La perra rumbeó al parque que ambos solían ir, y donde el amigo la soltaba y ella corría dichosa. Román se reía. Ella, entre carreras y revolcones, enlazaba su alegría a la satisfacción de él.
    Erró por el parque entero y nada; a Román no se lo veía. Otros perros, compañeros de juegos en días más felices, vinieron a su encuentro. Las personas conocidas, al acariciarla, la regaban con miradas de tristeza. Nera no entendía el matiz ni el motivo.
    Deambuló todo el día por el pueblo buscando al amigo del alma.
    La tarde ya se sacudía la luz en vuelo de despedida, y el crepúsculo que manejaba el pincel del instante,  iba pintando el firmamento con un velo escarlata. El rúbeo resplandor de incendio agotado, se desplegaba en la amplia superficie. A Nera el aterrizaje de las tinieblas no la espantaron. Tenía hambre, tenía sed. ¿Dónde estará Román?
    La casa continuaba igual a un cofre sellado. Sólo el vacío se movía. La vida desapareció por la brumosa abertura del pasado. El amor que allí tarareó mil latidos, era el marco de la desolación.
    Se durmió debajo de un coche.
  • Las jornadas pasaron acarreando otras jornadas, y ella en el estéril rastreo, sin ceder al desánimo que arreciaba desde el confín de la tentación. Solamente la nada respondía a su desvaído mirar.
    La pobre comía lo que encontraba y bebía en un charco
  • Aparecieron flamantes días con idéntico resultado; ausencia. La figura de Nera perdió elegancia, los huesos le dibujaron la estructura, y su caminar era un encaje de movimientos enrevesados. Las personas captaban el drama y se entristecían al verla cruzar. Unos intentaron ganarse su confianza, otros quisieron recogerla a fin de darle un nuevo hogar. Pero ella no transigía. Meneando la cola cual bandera de agradecimiento, se marchaba en aras de la callada búsqueda. Entretanto, el debilitamiento íbale minando las fuerzas, y el temblor de sus ojos transmitía gritos de angustia.
  • Otros perros la atacaban y Nera no se defendía. ¿Cómo hacerlo cuando en ella sólo anidaba el amor? Los niños la perseguían tirándole piedras, y uno le pegó una patada que la perrita respondió con gemidos de dolor.
    Arribó el invierno, y con el invierno la Navidad asomó el rostro. La gente diseñaba la noche más familiar del año. Todo desprendía colores, y los cantos navideños brotaban por doquier.
    -¿Qué será la Navidad? –preguntábase Nera– Veo niños con otros perritos en los brazos, y juegan con ellos como si fueran juguetes nuevos. ¿Serán los regalos de Navidad?
    Atrapada en el tejido de la memoria, sumida en la niebla de la descolorida realidad, Nera insistía en inmolarse en el ayer perdido. El sol se alternaba con la luna, y la perra sola, con el afán plantado adelante y el miedo empujando de atrás. Román vivía en la hondura de su mente, y una promesa con dulces palabras le resonaba sin sonido:
    -¡Nunca te dejaré!
    La inquietante soledad, el temor persistente, y los ruidos asustadores, la escoltaban en la inquebrantable marcha. ¿Por qué Román no volvía?
  • La nochebuena recaló trayendo estridencias. Las familias consumieron copiosas cenas, y entre largos brindis intercambiaron deseos de felicidad.
    En el cielo fulgían las chispas sempiternas, a ras del suelo el frío azotaba sin prudencia ni proporción.
    ¿Y este olor? ¡Es el olor de Román! -repetía Nera al tiempo que afinaba el olfato.
    Vino la hora de las despedidas, y la invitación a retornar cada cual a su casa, hacía sentir la llamada.
    -¡Sí, huele a Román!
    En la quieta opacidad avanzó guiada por el empellón olfativo
  • El alcohol se alzaba como el dueño del momento, y las risas estremecían el nocturno sosiego. La gente desmarcábase de las reuniones, y emprendían el regreso a la tibieza hogareña.
    -¿Y esas luces? ¿Por qué esas luces vienen hacia mí?
    Las luces iban agrandando el tamaño en la medida que se aproximaban. De súbito enmudecieron las voces. Parecía que la vida habíase detenido. Nera procuró escapar a los faros precursores del vehículo, pero la rapidez motorizada… ¡Sintió un duro golpe! Su doloroso aullido, le puso música a la fuga del coche conducido por el exceso de alcohol.
    La perrita quedó pataleando en el empedrado. Encogiendo y estirando al cuerpo en un intenso tiritar. Un amago de muerte la estremecía. El dilatado amplexo de la oscuridad la bañó con una marejada de silencio. Desde el techo de la noche las estrellas miraban compungidas.
  • El sufrimiento era atroz, hallábase presa de la desesperación. Mas, ¡debía seguir! El olor que alumbraba una dirección mantenía la espera. Se incorporó como pudo. La endeblez la atenazaba y las patas traseras no respondían. Un hilo de sangre le manaba de la boca. El costado le dolía por la rotura de una costilla. Empujada por el olfato, y con el espanto cavando hondo, se arrastró. Aunque se le partieran los huesos le urgía continuar. La oscuridad que revoloteaba con alas de cristal ahumado, la secundó en el martirizante esfuerzo.
    A la mañana siguiente, 25 de diciembre, día de Navidad, hallaron a Nera muerta sobre la tumba de Román. El viento helado la envolvía con un cruel abrazo. Todo era paz. Román yNera ya estaban juntos. En el hueco matinal se oía el vuelo de una frase:
    -¡Nunca te dejaré!

Un breve análisis

Ahora es el momento en que el lector dirá “pero si está muy bien” pero si observa con paciencia descubrirá que hay muchas partes con una afectación del lenguaje tan artificiosa, con redundancias, que detiene la línea de la lectura que se hace demasiado consciente. Esa particularidad de cambiar el pronombre de lugar  -hallábase en vez de se hallaba- esa sentimentalidad desbordada sobre el amor y el reencuentro de amo y perro lastran el texto y lo alejan de la buena  literatura.

Concluyo este largo post: Escriban y desaparezcan. El lenguaje está a su servciio. No lo usen como bandera visible. No lo destrocen, no lo exhiban para su propio poder. Dejen que el río transcurra manso o tumultuoso en una sola dirección, hacia el lector, sin piedras en el camino que le detengan. ¡Eso sí será  el principio de una hermosa historia que sí tendrá un final antes de que, en un revuelo, el lector le abandone y se busque a otro menos pretencioso.

  • ¡Abrazos!