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A la muerte de nuestro Ernest, de sólo cincuenta y siete años he querido escribir unas palabras para leer en sus  exequias para recordarle y permitir que aquellos que no tuvieron la fortuna de conocerlo puedan hacerlo ahora con su alma generosa y espléndida

Todos nos preguntamos qué hay después, más allá del muro que separa dos estados. Quizás a este lado está la muerte y al otro, la vida. Muchos se pasan la vida preguntándose o intuyendo que sólo al final encontrarán la respuesta. Pero esto significa que han vivido en la duda y que han olvidado aquella bienaventuranza de “Bienaventurados los limpios de corazón porque verán a Dios” y “Dichosos los que crean sin haber visto” Del Evangelio de San Juan, capítulo 20, versículo 29
Creo que tal vez, por primera vez en la vida de muchos, hoy encontramos la constatación de que, forzosamente, tiene que haber un lugar infinitamente mejor fuera de nuestro espacio-tiempo. Y esta seguridad la encontramos, en definitiva, en la figura de Ernest. Cuando se habla de buenas personas él, posiblemente sería el primero. Cuando hablamos de personas generosas -y cada día quedan menos- él sería el primero. Cuando hablamos de personas amables, leales, humildes y pacíficas, Ernest sería el primero. Le venía en la genética, en la educación y en el amor.

Nadie nunca ha tenido una queja de él; yo nunca lo he encontrado enfadado con alguien. Nunca ha sido un gruñón como yo sí soy… Sí, el portero de hockey sobre patines, el corredor de fondo, el ingeniero de la lógica … una persona CLASE A como Ernest no dejaría este mundo de no saber que, en el lugar donde ya vive, encontraría personas buenas, generosas , amables, leales, humildes y pacíficas como él. Dicho de otro modo: la existencia de un más allá me queda categóricamente confirmada en conocer y haber vivido la calidad humana de Ernest. Porque si esto no fuera así … sería una injusticia humana y divina que resquebrajaría los cielos y la tierra. Es que se partiría el eje en dos. Y eso no ha ocurrido.
En el fondo, y es mi opinión, creo que sin confesarlo, Ernest se había cansado de un mundo que no funciona como debería, con gente mediocre, gris, profundamente estúpida que vive para enseñarse-en las redes sociales, para sumar likes defendidos por seres de la misma y espantosa especie humana representantes de la nada y de la náusea. No estoy en contra de las redes sociales pero si en contra de aquellas personas que fuera de ellas no tienen vida. Un ser noble, noble, y esta es una aseveración que nadie discutirá, no podía vivir en un antiguo paraíso que el ser humano ensucia de palabra, obra y omisión.


A la pregunta del por qué de su viaje repentino … Richard Bach, el padre de Juan Salvador Gaviota  escribe en  su libro “Ilusiones”.

He aquí una prueba para verificar si tu misión en la Tierra ha concluido: si estás vivo, no ha concluido.
Me cuesta entender que el trabajo de Ernest Escaich fuera finito. Y se ha ido las vísperas en  que su hija Judith cumple dieciocho años, mañana, cuando llega a la mayoría de edad. Uno que no sabe nada y se pregunta tantas cosas se plantea otra cuestión. ¿No será que su marcha es una gran muestra de confianza hacia sus hijos, que ya adultos, son capaces de tomar la nave de sus vidas con firmeza, bien aferrados al timón, seguros de sí mismos por tormentas que vengan? ¿No es una forma de darles el relevo y decir “puede volar” que yo os contemplo pero no me necesitáis? Estoy convencido de ello. Por lo tanto … Judith, Xavier, Gerard sed dignos! La dignidad que significa respeto y estima hacia uno mismo y hacia los demás es cada vez menos reconocida por aquellos que nos gobiernan, por las élites poderosas. (Escuchadles hablar! …) Por lo tanto contra viento y marea el legado de vuestro padre es el de ser dignos, ser merecedores de un apellido, Escaich y Folch, que marca, que determina. Porque sería motivo de vergüenza que el día que os reencontréis con él, dentro de muchos años, hubiera de agachar la cabeza y confesar que no fuisteis capaces, que os dejasteis arrastrar por el río atormentado del tiempo. No. Desde hoy lleváis  una marca en la frente que sería como las hojas de laurel de los antiguos vencedores en Grecia y en Roma. “Yo soy Escaich y Folch”. Yo, padre, tengo una misión en la vida que es perpetuar tu enseñanza, y decirte, cada día de nuestras vidas, que de ti aprendimos a querer, que de ti aprendimos que las guerras se ganan con la paz , que el odio se termina con palabras bellas y cercanas, que en el mundo se viene a trabajar, a caer ya levantarse las veces que sean necesarias, que en la vida no venimos a llorar, a pesar de todo, porque la risa es la lluvia fina que alimenta los campos ariscos y endurecidos y enriquece los corazones que cantan.
Y todo esto que digo a los hijos de Sara y Ernest se  lo digo a todos los Escaich y los Folch, sin excepción. Porque ninguno de ellos … ni el mayor de los Escaich ni el más pequeño de los Folch el día del último viaje deban avergonzarse de lo que han hecho, o no han hecho, de lo que han dicho o de lo que no han dicho, del amor o del odio con que han vivido.

Porque sólo la gente que ama verá a Dios y veremos, no sé si a la derecha o la izquierda a Ernest.

Sed dignos los Escaich y los Folch y sed dignos los amigos de Ernest si deseáis volver a verle. Intentad parecerse a él. Tomad su ejemplo como un espejo. Que espejo viene del latín miraculum que significa maravillarse, admirar. Y miraculum también en latín se traduce como milagro. Reflejarnos, pues, en el milagro.
Ser amigo de Ernest Escaich, o compañero de estudios, o de trabajo, o de profesión también os marca y os pide dignidad. Para que los indignos no merecen ver los rostros de nuestros Dioses.

Y voy terminando. Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Detrás de cada gran mujer hay un gran hombre. Me resulta triste confesar que he tardado 58 años en conocer quién había detrás de Sara Folch que pensaba que,  además de mujer, hermana y madre, era sólo una interiorista exitosa de gran reputación. Sara, desde la enfermedad de Ernest, ha demostrado ser la roca que a todos nos aguanta, fuerte como un peñasco como el de Ifach o de Gibraltar. Consistente, indómita, pero con una risa bordada en los labios, capaz como una amazona mitológica de cortarse un pecho para poder disparar mejor su arco y sus flechas  o para sostener a la familia. Si a mí me faltara mi pareja creo que saltaría por la ventana; mal ejemplo, indigno ejemplo que me alejaría para siempre de la presencia de Ernest. Sara ha sido esposa ejemplar, siempre con las verdades por delante y enfrentándose a las hipocresías de los demás y es, hoy Madre Coraje y fiel representante en la tierra del espíritu luminoso de Ernest. Por tanto Sara, perdón por no haberlo entendido y gracias por salvarnos la vida a aquellos que no somos tan fuertes como tú y para continuar, con ferocidad si es necesario, la tarea iniciada por Ernest de amar y embellecer el mundo … Pero si Sara Folch es así es también porque es hija de Maria del Carmen Gil González y de Jordi Folch Martí que siempre supieron que el amor es un taburete de tres patas que son la autoridad, la disciplina y el amor. Un legado que significa que entre padres e hijos, entre hijos y padres siempre nos digamos a menudo “te quiero” … “te quiero”, “te quiero” … “te quiero” … “te quiero “… Gracias, padres por esta lección.
Y aún más alegrías. El amigo y sabio Jesús Gallegos, antiguo profesor de La Salle Reus, maestro de algunos de los Folch aquí reunidos me escribía un precioso mensaje de condolencia del que os voy a leer un fragmento, para terminar.


Del 11 al 13 de agosto es el momento propicio para la observación de las Perseidas (las conocidas lágrimas de San Lorenzo,) que llegan desde la constelación de Perseo. Pues este es un regalo muy grande que os ha hecho el Ernest para que lo puedan ver cada vez que levanten la vista hacia el cielo, para que puedan recordar que la muerte como tal no existe, para que puedan entender que somos inmortales y poderosos como lo son la Belleza, la Verdad y la Bondad que constituyen nuestra esencia. …

Cuando me di cuenta que el vuelo de Ernest había coincidido con la lluvia de estrellas recordé que había leído en un volumen de mitología alguna interpretación de las Perseidas, Cuando la encontré me emocioné mucho. De hecho eran dos lecturas.


La primera: a las personas que traspasan estos días del año las podemos ver subirse al cielo. Vemos el polvo de las estrellas que dejan sus huellas cielo arriba. Podemos descubrir a Ernest subiendo, escalando, lanzándonos nieve cósmica. Y la segunda es aún más hermosa: según los antiguos griegos cuando alguien traspasa entre el 11 y el 13 de agosto el cielo llora de alegría con lágrimas luminosas en acoger una persona única porque se considera que aquel que sube no es mortal y sí un semi-dios que estaba entre nosotros, sin saberlo, el fruto de la unión de un Dios y un ser humano.

Sí, Ernest nos ha dejado temprano por todas estos razones, para volver a su palacio de los cielos, en la Tierra de los Dioses ignotos, para que  todos nosotros seamos merecedores y luchadores por su legado que, una vez cada año tomará forma de estrellas viajeras.


Ernest, hermano, te prometemos que seremos merecedores de tu estela, para poder reencontrarnos un día en otro mundo, en otra vida y sentarnos, orgullosos y dignos, a tu lado.