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Hace ya unos días que vivo en una extraña y profunda melancolía, una sensación de desánimo que me resulta nueva, en el descubrimiento de que, tal vez ,consolidar una carrera de escritor ha sido un error mayúsculo.  O que, esos treinta últimos años de escritura fueron baladíes. Posiblemente hay en esa paleta de colores abigarrados de la propia vida el síntoma de fracaso existencial. Y de repente me siento ese pez fuera del agua que contempla, desde una roca que puede matarla, el paso acaudalado de las aguas de un río que quizás ya no es el suyo.


Posiblemente todo ello se deba a sumar en  apenas dos meses a varios fracasos.

Primer fracaso

Solicitar una ayuda o beca a la creación que concede el departamento de Cultura y ser  denegada  entra en lo razonable  cuando se concedieron 61  ayudas entre 180 solicitudes. Porque si una de las escasas satisfacciones del escritor catalán es recibir entre 2000 y 3000 € por parte del departamento de cultura que uno pide como milagro o acoge como lluvia en agosto hace visible la escandalosa indiferencia de un departamento de cultura que debería velar y proteger a sus autores que siguen defendiendo  y expresándose en una lengua de segunda que apenas entienden dos o tres millones de personas. Un economista o estadista nos trataría de borregos por ser paladines cuando la política se olvida de sus deberes mientras está en la peluquería, lo que acontece frecuentemente. Alguien debería revisar esas bases que solo deberían premiar a escritores profesionales  que no obtienen recursos de otras profesiones. Les aseguro que si yo tuviera un sueldo a final de mes no iba a pedir esa ayuda. Ayuda para la creación. Pura y dura. Quien tenga ingresos por otras “lares” debería abstenerse y permitir a los otros esa ayuda. Pero como no vamos a entendernos zanjo aquí el tema. Papel mojado. Los políticos siguen mostrando su ineptitud y su ignorancia, su falta de zelo y el error de su brújula.

Segundo fracaso


El segundo fracaso fue mandar una novela inmensa -la obra perfecta- a un concurso, después de dos años de trabajo, enorme documentación  y no haber sido ganadora. Otro tercer fracaso mandar una segunda novela, una comedia disparatada, y tampoco haber sido elegida. Los premios son una tómbola, una lotería pero cuando uno parte de una obra excepcional se hace difícil digerir el resultado. Siempre he manifestado que hay que aplaudir a la obra ganadora si resulta mejor que la de uno. Habrá que esperar al leerlas para saber si el jurado fue justo. Y digo esto porque acabo de leer dos novelas ganadoras absolutamente indigeribles:  la primera “Cómo arreglar un libro mojado”  ganador del Premio El Barco de Vapor (30.000 euros ) escrito por Roberto Aliaga, la historia de un niño que se  mea encima de un libro escondido entre un seto y que después limpiará en su casa para descubrir que es la historia de una falsa adopción. Ningún niño actual que meara un libro que no es suyo se lo llevaría a casa para limpiarlo. Del segundo premio  no puedo decir nada porque se trata de un amigo al que aprecio pero cuya novela galardonada con uno de los premios más reputados de la literatura catalana es un fiasco donde la literatura no aparece por ninguna de sus líneas.


Vamos sumando fracasos. Una lengua pequeña y de segundas merecería ser protegida pero no es así. Todo escritor catalán cae en una trampa que pocos descubren:  el alborozo que implica publicar un libro, verlo en las librerías y ser más o menos vendido… Que esa sea su única satisfacción  es muy preocupante. Se celebran fiestas cuando uno ha publicado 40 o 50 libros. Se le felicita por ese número olvidando la calidad de los mismos, su trascendencia, sus aportaciones a la historia de la literatura… Somos tan desgraciados que solo el gesto de publicar lo lleva a uno a un paraíso artificial que dura apenas una semana a ese mes o trimestre de promoción si el premio fue grande porque entre los 7000 libros publicados en Cataluña su libro se va a perder. Ese ego que  no es monetizable es lo único que te permite sonreír,  ciegos, mancos, sordos, a otras muchas realidades, entre ellas, que ni la literatura ni el escritor son  en el 2020 piezas necesarias. Que craso error. Un indicativo de la falta de respeto por la cultura que para muchos sigue siendo gratis.

Cuarto fracaso


Este viernes asistí al cierre de un club de lectores por “Nadie es un zombi” de Barcanova/Anaya  en un lugar idílico:  el castillo de El Catllar, municipio de Tarragona que no conocía. Mi amistad con Lorena Holmes con cuya madre teníamos una honda amistad me llevó a aceptar esa visita de la que exigí, que por lo menos, se me pagara el traslado. Fueron dos horas intensas. emotivas, hermosas. con un grupo de lectores extraordinario. Al final alguien del Ayuntamiento se me acercó para decirme que pagaban el kilómetro a 0,22. En un acto gratuito pensaba cobrarles el  km. a 0,29 para con esa diferencia contrarrestar las dos horas de viaje y las 188 kms. Cuando alguien piensa en ganar  siete céntimos por kilómetro como único beneficio se percibe la dimensión del desastre y hediondez de un sistema que cree que todo es gratis. De hecho en la misma charla en el castell de El Catllar se me pidió que hablase con otro escritor para invitarle a dar una charla. ¿Gratis? ¡Eso sí era ofender! Confirmo en este post que esa fue la última actividad gratuita de mi vida. Hace apenas un mes una biblioteca me pedía una charla con sus lectores para hablar de Gianni Rodari del cual se cumple el centenario. Ofrecí dos charlas con dos temáticas distintas y añadí que esa conferencia tenía un coste de 250 €.

No hubo respuesta.

¿Por qué cree la gente que los escritores somos peones de una tabla de ajedrez que puedan moverse alegremente sin que nadie piense que tenemos necesidades y facturas y que en tiempos de pandemia sobrevivir es hoy nuestro único objetivo? ¿Acaso los bibliotecarios y los ediles, los profesores no tienen su sueldo a final de mes y quizás sus 14 pagas? ¿Por qué creen que vivimos del aire y que nuestro trabajo de escribir, hablar, convencer, animar  a lalectura no merece una remuneración más allá del golpecitos en  la espalda? Como dice el escritor Humberto Balcázar la profesión artística no es considerada con los mismos baremos que cualquier otra. Nadie discute el trabajo de un masajista, de un podólogo o de un médico. Si se le puede robar al escritor se le robará el libro en plataformas piratas y se le ninguneará en sus actividades fundamentales de animación lectora. 


Más fracasos hasta decir basta


La pandemia acabó con mis 82 conferencias este año y a saber cuando podrán recuperarse o cuándo podremos volver al aula. De repente pensé que quizás podía terminar mi doctorado o inscribirme en el departamento de Educación y solicitar una plaza de profesor de lengua y literatura en Educación Secundaria. Pedí consejo a mi antigua directora Sara M sobre lo que he podía hacer y qué me aconsejaba . Me contestó entre otras palabras que el doctorado necesitaba mucha disciplina y que por lo tanto optara por una plaza en secundaria. El email que agradezco me ofendió terriblemente .¿Se me llamaba entonces indisciplinado ? ¿ A una persona que cada día escribe de 9 a 2 y que no se levanta su ordenador hasta que consiga 5 o 6 buenas páginas ? ¿Por qué todo el mundo piensa que la vida del escritor es bohemia y loca en vez de rigurosa y concentrada y mal remunerada? ¡Basta!

Me escribió Silvia A. cuya escuela llevo visitando desde el 2009 para decirme que ese año  no podría visitarles.  Que Santillana había impuesto sus títulos a Dirección.  ¿Se impone la tiranía  de la editorial al deseo de los estudiantes, a la literatura que funciona? ¿Acaso les regaló la editorial la visita del autor, sin pagar? Los escritores somos monedas de cambio en el mundo editorial. SI LES COMPRAN LIBROS DE TEXTO les regala algo: normalmente la visita del autor que cobra entre 60 y 90 euros por la visita. En ese caso, gratis.

Esta semana Barcanova me informó que iban a descatalogar mi libro “Vols fer el favor d’apujar-te els pantalons? editado en el 2008 y muy recomendado en las escuelas. IBAN A TRITURARLO. Quizás por todo eso me encuentren con los pantalons bajados, cagados de miedo o de incertidumbre o de asco o de rabia o de…

Ustedes permítanme pensar si seguir escribiendo vale para algo en un país pequeño y cada vez más oscuro con una labor desagradecida, no recompensada y que, a menudo, resulta gratis para todo el mundo. ¿Comprenden mi melancolía y mi desespero? O pasarme al castellano, traicionar mis orígenes  e intentar, quizás ya tarde, una nueva carrera de fondo…

Y no sigo con más fracasos o yo mismo les daré la respuesta… Sí, el pez duda si volver a saltar al río e integrarse en la corriente o preguntarse “¿para qué?”…

¿Seguirá?