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CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (15)

por Ago 22, 2021Creatividad0 Comentarios

 

19.    Batallitas

No os asustéis, soy yo, Bartomeu.

Todos se habían horrorizado al oír aquella voz; pero Pedro se había llevado el peor susto: el corazón le iba a dos mil revoluciones por minuto, ¡como mínimo!

–Bartomeu Casas, ¿qué haces aquí? –le preguntó Kim.

–¿Sabéis que os buscan, no? Tarde o temprano volveríais a casa, y he venido deprisa a advertiros que, justamente, no se os ocurriera pasaros por aquí. Será el primer sitio al que vengan a mirar.

–Muy deprisa has llegado cuando estás a media hora de camino…

–Tranquilo, he venido en bicicleta. Se la robé a un policía.

–¿Con los problemas que ya tenemos, y se te ocurre robar una bicicleta? –refunfuñó el abuelo Calavera.

–Ya se la devolveré. Buscan a un niño humano, un viejo de bigote blanco, un enano y un campanario. Lo de «campanario» va por ti, Ken Wilson. Y he oído que la policía y voluntarios registrarán casa por casa hasta dar con vosotros. Cualquier embalaje, caja grande o pequeña que la gente lleve la requisan sin dar explicaciones. La policía está encantada. Por fin tienen un trabajo que les gusta: ¡atrapar un malhechor! Corre el rumor de que se ha introducido un elemento extraño en nuestro mundo, una especie de virus humano que puede traer enfermedades y mucho cotilleo. Sería buena idea que os separaseis: buscan un niño de piel rosada. Tarántula todavía grita de espanto.

–Yo nunca abandonaré a mi nieto. Yo le metí en todo esto, y yo le sacaré sano y salvo. No es el momento de meter la cabeza bajo tierra, como hacen los cobardes. Recuerdo que, durante la guerra…

–¡Abuelo, no es hora de batallitas! –le cortó Bartomeu. Tendrías que afeitarte el bigote si no quieres que te pillen.

–¡Eso, nunca! Mi bigote también es mi dignidad y va a juego con el traje. Búscate otra solución.

–¡Sabía que dirías eso! –afirmó Bartomeu, con seguridad–. Como reputado cartógrafo, viajero incesante y hombre de mundo, os traigo los planos de nuestra ciudad. Y si el niñito quiere escuchar mi lección, os explicaré la manera de salir de aquí sin ser vistos.

Se aclaró la voz –o eso supuso Pedro–, porque abrió la mandíbula y los dientes –no hay uno sin el otro–, estiró el cuello, petó las vértebras, sopesó su caja torácica y comenzó.

–Las ciudades subterráneas tienen miles de años de historia: datan de los hititas, el eterno enemigo de los faraones. De hecho, cuando el faraón Ramses II alzó Abu Simbel, hizo construir unos relieves donde él aparecía como ganador de una batalla contra los hititas que nunca se produjo. Fue la primera gran mentira de la historia que…

–¡Al grano, al grano! –le interrumpió el viejo, perfilándose con nerviosismo el bigote.

–En cualquier caso, estas ciudades fueron construidas para defenderse del enemigo. Solo era necesario cerrar los accesos al exterior con grandes piedras para que nadie pudiera encontrarlos. Pero claro, había pozos de ventilación para que los dos mil o tres mil habitantes pudieran respirar…

–Me gusta la historia, Bartomeu –le interrumpió de  nuevo el viejo–, y te escucho embobado; pero mientras nos buscan casa por casa, nos acabarás explicando de pe a pa cómo era el baño de leche de burra de Cleopatra y, sinceramente, no es el momento. ¿Tú hablabas de batallitas? ¡Qué te conozco, chaval!

 

20.    Breve lección de historia y geografía

–En Capadocia, el país de las hileras de humo de las hadas, esa especie de paraguas, como sombreros de roca basáltica, a la tierra de las seiscientas iglesias excavadas de roca, de las treinta y seis ciudades subterráneas a sesenta y ochenta metros bajo tierra…

–¡Al grano, al grano! –lo cortó Kim temiendo que, de un momento a otro, llamasen a la puerta de su casa.

–… en aquellas ciudades subterráneas vivían hasta veinte mil habitantes. No ha habido ninguna otra así en otros lugares del mundo. Todas ellas tenían caballerías, pozos de agua, templos, cocinas, comedores, celadores… En Turquía eran el lugar de reunión de los primeros cristianos que tuvieron que escapar de la persecución, como este niño que ahora no es perseguido por su fe, sino porque ha metido la nariz en los dominios de…

–¡Al grano, al grano! –insistió ahora Ken, pensando que aquel «campanario» debía darse el piro lo antes posible.

–Bueno, a lo que iba… –continuó el historiador–. Algunas de estas ciudades subterráneas se comunicaban entre ellas bajo tierra. A pesar de que cerraban el acceso principal con piedras, siempre había alguien que tenía que salir a buscar alimentos, aunque le costase varios días. Atravesaban el vientre de la Tierra y viajaban a otra ciudad que no estuviera siendo asediada… Había pasadizos de nueve kilómetros de largo, pequeños y estrechos, pero suficientes para que un grupo de ciudadanos con la cabeza gacha pudiera huir. Huir a Derinkuyu, a Capadocia, a las tierras turcas…

–¿Qué propones, Bartomeu?  –le preguntó Miguel Badía, que todavía no adivinaba a dónde quería ir a parar el historiador y cartógrafo.

–Un viaje exploratorio: mientras buscamos una salida, y yo recojo restos de antiguas civilizaciones, dibujo nuevos caminos, pasadizos y tal vez descubrir alguna nueva ciudad, el niño aprende una lección de historia con mayúsculas sabiendo que nadie le va detrás y que un día, no muy lejano, podrá volver a su casa. En la época de los romanos, a partir del siglo segundo después de Jesucristo, algunas de estas ciudades fueron reconvertidas en catacumbas…

–¡Quítate eso de la cabeza! –exclamó el viejo–. Mi nieto ha de volver a su casa esta misma noche. ¿Por qué no reconoce el gran Bartomeu que le asusta la oscuridad e ir solo, y que sin ayuda de sus amigos es casi incapaz de cruzar la calle? Si has venido en bicicleta, ¡era por no ir solo! Déjate los viajes exploratorios para más adelante y te prometo que, si nos ayudas a salir de aquí, viajaremos contigo hasta las entrañas de la Tierra.

El hombre agachó la cabeza.

–¿Haríais eso por mí?

–Eso haremos –le prometió el viejo–. Pero ahora, tú que eres conocedor de los interiores de este mundo, condúcenos a la salida por los pasadizos más oscuros y menos transitados para que, cuando cante el gallo, mi nieto esté en casa.

–Y si no canta… ¿no podríamos alargarlo?

–¡Bartomeu! –le advirtió el viejo–. ¡Déjate de juegos!

Bartomeu Casas repartió unos papeles sobre una mesa con un largo suspiro mientras Miguel Badía guardaba, con mucho cuidado, su corbata en el bolsillo.

–Entonces… la única posibilidad es bajar hasta lo más profundo. E ir con mucho cuidado: las paredes de adobe se descostran con la humedad, y si no se reparan hay peligro de derrumbe. Debe de hacer centenares de años que nadie ha bajado hasta tan abajo. ¡Quién sabe lo que encontraremos! Tendríamos que descender hasta el noveno subterráneo. Nos traerá suerte: noveno subterráneo, noventa años del viejo, nueve años de la criatura… El cero no cuenta, ni aquí ni allá. Por tanto, nos da un 999… –y de repente, alarmado, Bartomeu añadió–, ¡que es un 666 al revés, el número del demonio! ¡Huumm… ahhh… ohhh! ¡Vayamos por el séptimo subterráneo, por si acaso!

 

Seguirá

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