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CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (1)

por Jul 18, 2021Creatividad0 Comentarios

 

Llegó el momento de darse un chapuzón y de ahogar en la piscina quejas y tristezas que durante al año nos azotan. Así que aunque el mundo vaya mal, debajo de La superfíciE uno puede llegar a creer que todo está en orden.


Así que durante unos días, y a razón de capítulo diario, pretendo regalarles una de mis historias inéditas para toda la família.

Escribí El abuelo Calavera antes del estreno de Coco de Pixar así que si alguien copió a alguien no fui yo…

Me gustan que las historias sean leídas en voz alta, al anochecer, en familia y si, es posible, que cada no elija a un personaje y lo interprete 

De hecho lo que le da vida al cuento es eso: la interpretación. Y como dijo Berne “si el cuento es el hueso, contarlo es la carne”.  O sea que la substancia está en cómo se hace vivir o revivir (porque en este cuento largo es de lo que se trata) no tanto en la historia.

Primer capítulo de El abuelo Calavera, un cuento frío como los huesos para coger frío en verano. O incluso miedo…

Se publicó en catalán en el año 2016 con ilustraciones de Leonardo Rodriguez

¡Que lo disfruten!

Compártanlo

 

«Los huesos están vivos, tienen sus propios vasos sanguíneos,

se alimentan, crecen y se renuevan…»

 

EL ABUELO CALAVERA Y YO

Ha llovido mucho desde que ocurrió lo que os voy a contar hoy; el sol ha subido miles de veces cielo arriba y de la misma forma ha vuelto a esconderse, bajo el horizonte…

Yo tenía nueve años, y me conocían como «Pedro sin miedo»: era un chico decidido, despierto, siempre lleno de curiosidad. Leía mucho y, mientras crecía, me dedicaba a escribir todo lo que me pasaba por la cabeza.

Ahora soy escritor, hago y deshago historias. Habiendo perdido ya todo el pelo de mi cabeza, decido hablaros de cuando descubrí, por primera vez, el miedo. No es un cuento, sino una historia real protagonizada por un grupo de amigos. Yo tengo un papel importante, pero no soy el héroe; ni siquiera una pieza fundamental en la historia.

Cuando la leáis, podríais cometer el error de decir: «este Pedro lo que tiene es mucha imaginación». Cierto es, y bien contento que estoy: hay demasiadas cabezas huecas que jamás conocerán su poder. Pero esta historia, donde os hablaré de mi abuelo, no hace falta que me la invente; me viene a la cabeza solo con recordar aquella noche antes de Navidad. Y todo sucedió tal cual os lo explico, palabra por palabra.

¿Qué no me creéis? Pues acercaros al cementerio y golpead cualquier lápida. No tardaréis en ser escuchados.

Todo comenzó con una carta…

 

1.    La Carta

 Pedro, mi querido nieto: hacía días que rumiaba sobre si escribirte o no, tenía mis dudas. Mis compañeros de juerga me dicen que no es una buena idea. Pero ya sabes el poco caso que tu abuelo le hacía a algunos.

Tengo tres noticias que darte y las tres son buenas: la primera es que estoy bien. Bueno, no del todo. El frío se me ha metido en los huesos, y a mis noventa años cuesta sacarlo. Espero que tú también estés bien y sin frío en los huesos.

La segunda es que, a punto de llegar Navidad, he pensado que quizá te gustaría que tu abuelo te viniera a contar, como cada año, un cuento. Sé que cuando llegue la hora, me echarás de menos de verdad. Pobrecito mío, sin abuelo ni cuento.

Por diversas razones, yo ya no puedo salir de aquí –no me dejan–, así que me parecía mejor idea que vinieras tú a verme.

Sí, lo sé. Sé que me enterraron hará casi un año y que mi cuerpo, supuestamente, descansa en paz en el cementerio del pueblo; pero mira, créeme, todo se puede arreglar en este mundo y en el otro.

Porque descansar, lo que es descansar, ¡nada de nada! De hecho, no paro quieto. Se me ha metido entre ceja y ceja –lo poco que queda de ellas– que tendría que encontrar a mi mujer; sí, a la abuela, que debe pensar que todavía camino sobre la Tierra. Sé que se alegraría mucho de que yo ya esté por aquí. Nos queríamos de verdad.

¡Anda que no era avispada, tu abuela! Como yo siempre había sido un juerguista, ella solía decirme: «Miguel, eres un calavera». Ahora me pregunto si es que sabía que existía el otro mundo, porque es lo que soy desde que morí: ¡una calavera!

Bien. La tercera buena noticia es que, definitivamente, tu abuelo te leerá el cuento de la Noche de Navidad. Deja que los de casa se chispen con dos o tres copitas de cava y que se hinchen a turrones. Así se irán a dormir temprano y tú, pasada la medianoche, vendrás a buscarme a la puerta del cementerio.

¡A ver si a mi querido «Pedro sin miedo» le va a dar canguelo o se piensa que voy de broma! Te demostraré que, muerto como estoy, nunca me había sentido tan vivo: ya no necesito pastillas, ni jarabes, ni inyecciones, curas de reposo ni palabras amables. ¡A tomar viento fresco, ja, ja, ja!

Por favor Pedro, estate al cementerio del pueblo pasadas las doce del día veinticuatro. Te explicaré un cuento horripilante –o sea, de miedo, que aquí está de moda– y quizás, si te apetece, podrías acompañarme a buscar a la abuela. Tus ojos ven mejor que los míos, que se me cayeron.

Te quiere mucho, muchísimo, tu abuelo Calavera,

Miguel Badía

 

seguirá el abuelo calavera y yo…

 

 

 

 

 

 

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