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 Y vuelta a empezar. Nada nuevo bajo el sol. La política, esa criatura asexuada de doble personalidad conformada, en su mayor parte por gañanes, zascandiles, rufianes, paletos  que se creen Dioses, héroes salvadores lo han vuelto a hacer. Un rebrote del covid19 y -suena el silbato del árbitro- se cierran cines y teatros.


No imagino a nadie entrado en el Gran Teatro del Liceu sin mascarilla, ni en la Sala Beckett ni en el teatre Lliure ni en el Grec. Los teatros redujeron su aforo al 50% con todas las medidas de seguridad y aún así los cierran.
La gente que asiste a espectáculos teatrales, musicales, operísticos son gente culta, con conocimiento , con “seny”, palabra intraducible que vendría a ser algo así como “cabeza, inteligencia, sentido, lógica”… Y en la lógica de la improvisación, que no tiene lógica, los mandamases  dejan abiertas las biblotecas y cierran los teatros.   Ni el teatro de la biblioteca de Catalunya  en Barcelona donde estaba programada una obra de Wajdi Mouawad se ha salvado del dictado de los poderosos. Y hoy, si es que llega hasta la tarde,  ni  la extrarodinaria “La Morta” de Marc Crehuet en la Sala Beckett podrá sobrevivir.

¿De qué van a vivir los actores, los técnicos, los propietarios de las salas? ¿podrán pagar el alquiler de sus pisos o deberán regresar, con los hombros caídos al nido familiar?  ¿ No pensarán que su vida fue una apuesta insegura, o claramente un error? Si cada mañana cuando me levanto, como escritor, pienso que me equivoqué -y eso que aún confinado, puedo seguir escribiendo- ¿qué será de aquellos que necesitan estar alli, frente a un público al que ofrecer su arte porqué ahí esta su supervivencia? 

Se descubrió el pastel: aquellos que nos regalan su sensibilidad, su magia, sus emociones sobreviven ( si lo hacen) con la esperanza de que tal vez mañana o pronto puedan volver a actuar, a tocar su instrumento musical. Otros, los gañanes, los aprovechados, esa clase polìtica que, com poquísimas excepciones se aferra a su poltrona, siguen sin hacer nada pero cobrando al final de mes su sueldo estratosférico y sus dietas y sus viajes e incluso dicen que teletrabajan desde casa sin dejar huella ni en nuestra vida ni en nuestra historia.  Un actor de teatro musical familiar que canta, baila, actúa cobra 50 euros por función, las cañas de un político de viernes tarde.

Mantengo mi postura de que los políticos desean acabar de una vez por todas con la cultura. Pero aquí nadie dice nada y hay aún algunos que los aplauden cuando dan sus pregones o inauguran vertederos o se pasean, salvadores de la humanidad por los pueblos entre aureolas de santidad. Se levantan voces en contra. Ayer empezaron a escucharse voces de actores, de músicos, de directores teatrales, exigiendo la apertura inmediata de teatros. Que triste leer a Joan Olivé, el poliédrico director teatral:

“Cap dels antics contagis han sortit d’un teatre. No només no som un focus, sinó que a mes a mes tenim la manera de saber els noms i les dades de cada un dels espectadors que entra a l’espai. Per tant en cas, repeteixo no se’n sap de cap, que algú es contagiés podríem saber amb qui ha estat en contacte. Poden dir el mateix altres negocis als quals no se’ls hi apliquen les noves mesures? Per altra banda en un restaurant si estàs prenent alguna cosa et pots treure la mascareta. En una discoteca també, en una festa privada en una piscina (mai n’havia vist tantes per instagram com aquest any) també et treus la mascareta. En un teatre no. Però tot això no cal que ho expliqui. Ho sabem tots. També ho saben els que apliquen aquestes normes. El problema real és que els hi importem un pitu”.

Ninguno de los antiguos contagios han salido de un teatro. No solo no somos un foco, sino
que además tenemos la manera de conocer los nombres y los datos de cada uno de los espectadores
que entram en ese espacio. Por lo tanto en el caso que alguien se contagiara podríamos saber
con quién ha estado en contacto. ¿Pueden decir lo mismo otros negocios a los que no se les
aplican las nuevas medidas? Por otro lado en un restaurante si estás tomando algo te puedes
quitar la mascarilla. En una discoteca también, en una fiesta privada, en una piscina
(nunca había visto tantas por instagram como este año) también te
sacas la mascarilla. En un teatro no. Pero todo ello no hace falta que lo cuente.
Lo sabemos todos. También lo saben los que aplican estas normas.

El problema real es que les importamos un comino.

La gente que contagia es esa gente sin principios que se reúne en grupo, que llena terrazas de restaurantes y bares -ayer conté 23 descerebrados sin mascarilla  en un terraza de la calle Borrell con Rosselló en Barcelona y eso que el máximo permitido era de diez, jóvenes que se creen superhéroes, que llena discotecas esgrimiendo el “ahí no pasa nada”  o que eso no va con ellos. ¿Por qué pienso que ESO, esa gente es la que no va al teatro, ni a museos, ni a exposiciones: están demasiado ocupados con vivir a su manera jodiendo a los demás “que ahí me las den todas”. Que no vengan al teatro: no lo merecen. Que sigan con sus vidas cotidianas donde la belleza duerme en el fondo de un vaso de cerveza y que no conocen otra. Cerraron un cine vecino, el Meliés y ya no lo reabrirán. ¿Cuántas salas de cine o teatros, cuántas compañías deberan extinguirse para que alguien levante su grito al cielo y les grite a políticos inexpertos   -un ministro de sanidad que no viene de la ciencia ni de lejos o  a una alcadesa (Nada Colau) en Barcelona que permite que los suyos ayer dejen la ciudad a pesar de las prohibiciones-  que así no, que ya basta, que sin saberlo estan asesinando a profesionales cuyo arte y cuyo talento, belleza y sensibildiad han dado sentido a nuestras vidas?

Repuganancia de políticos que asisten al estreno de algunas funciones teatrales  sin pagar y que luego, hecha la foto, hecha la trampa, desaparecen sin dejar rastro. Pues yo os digo que vale más un actor, un músico o un escritor que cien de los vuestros, que mil de los vuestros cuya huella con gusto borraremos de nuestra memoria cuando el tiempo pase y el viento, que deseo violento, atroz,  se lleve vuestros aires de putrefacción. Que vuestra dicha fue nuestra desdicha, pero que encima de vuestro desierto alguien, un día  construyó un oasis. Posiblemente, con teatro