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	<title>Abuelo Calavera &#8211; LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</title>
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	<description>Blog de creatividad, literatura y felicidad</description>
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	<title>Abuelo Calavera &#8211; LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</title>
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		<title>EL ABUELO CALAVERA. EL FINAL</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 07 Sep 2021 09:19:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[Abuelo Calavera]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h3><span style="color: #000000;">28. Una triste despedida</span></h3>
<p class="wp-block-paragraph"><br /><br /><span style="color: #000000;">–No estés triste, abuelo. Si quieres, te escribiré cartas para explicarte qué tal van las cosas allá arriba: los exámenes, los amigos, qué hacen mis padres, qué pasa o deja de pasar en el pueblo… así te entretendrás. Las dejaré en el cementerio, encima de tu casa para que alguien te las pueda recoger cuando salga.</span><br /><span style="color: #000000;">–Yo las recogeré, abuelo. ¡Prometido! –dijo Ken.</span><br /><span style="color: #000000;">–Gracias, amigos. Esta mujer me ha dejado el corazón partido. Corremos un montón de peligros y desgracias por ella y mira cómo me lo paga. Son los tiempos modernos que vivimos: pronto no tendrán suficiente con cambiar una pierna o un ojo, pronto también querrán cambiarse los cerebros. Pero, lo que sí es cierto, es que el corazón que ama nunca podrá ser cambiado por otro, ¡sin importar los años que pasen!</span><br /><span style="color: #000000;">Los amigos rodearon al viejo del bigote blanco.</span><br /><span style="color: #000000;">–No os preocupéis, ya se me pasará. Son cosas de la edad. ¡Noventa años! Y ahora, vamos, no sea que la marabunta, o lo que quede de ella, vuelva desengañada y con los dientes largos. Toma, Pedro, esto lo he escrito para ti. Esta Navidad ya has tenido y vivido una historia excepcional. Te doy otra, para cuando quieras leerla…</span><br /><span style="color: #000000;">En ese momento sacó un libro de gran volumen, de tapas viejas pero de un papel blanco decorado con letras capitales y bellamente ilustrado.</span><br /><span style="color: #000000;">–Lo hemos escrito entre todos. Bartomeu, que domina la geografía y la historia como nadie. Kim de la India, con su sabiduría oriental. Ken tiene la mano ligera: el manuscrito es suyo. Y yo he puesto las ideas. Las ilustraciones, bordados y demás decorados son de nuestro poeta local, Ludo. Nuestra artista, la señorita Deschamps, lo ha perfumado con esencia de violeta, y el viejo capitán O’Brien ha cosido los folios y lo ha encuadernado. Como aquí abajo nos adormilamos, nos dedicamos a leer y a escribir, entreteniéndonos de muchas maneras. Ya me dirás qué te parece. Reirás: es un cuento muy muy gracioso. Trata de que Jesús desaparece del portal de Belén justo cuando van a llegar los Reyes Magos, ¡ya verás cómo se lía parda!</span><br /><span style="color: #000000;">Y el viejo, al ver el libro de sortilegios de la Tarántula, añadió:</span><br /><span style="color: #000000;">–¿Y este libraco? ¿De dónde lo has sacado? ¡Vaya!</span><br /><span style="color: #000000;">–Era de la bruja. Pensé que sin el libro ya no habría hechizos que os pusieran en peligro…</span><br /><span style="color: #000000;">–¡Qué bien pensado, pequeñajo! Cuando salgas al mundo exterior, tíralo, que solo te traerá dolores de cabeza.</span><br /><span style="color: #000000;">–Sí, abuelo…</span><br /><span style="color: #000000;">–Deberíamos marchar –intervino Ken–. No es seguro que permanezca aquí abajo.</span><br /><span style="color: #000000;">–Ni mi Mediacostilla en el mundo exterior…</span><br /><span style="color: #000000;">–Venga, abuelo, vamos…</span><br /><span style="color: #000000;">En aquel momento hizo acto de presencia Raquel Deschamps.</span><br /><span style="color: #000000;">–Me sabe mal, rey, he estado ocupada. Pero no quería que volvieses a tu mundo sin un beso musical.</span><br /><span style="color: #000000;">Y dicho eso abrazó a Pedro, llenándole de besos mientras le ayudaba a ponerse el abrigo.</span><br /><span style="color: #000000;">–Nunca estés triste. Y si notas que el corazón empieza a pesar, canta, llena tus pulmones y canta. Quién canta, sus males espanta.</span><br /><span style="color: #000000;">–Y si un día necesito un grumete para mi nave, siempre podrías enrolarte en la tripulación de los piratas más tenebrosos de todos los tiempos –canturreó el capitán James O’Brien, poniéndose firme y haciendo sonar su pata de palo–. Estoy de acuerdo con Raquel, y ahora escucha mi tonada:</span><br /><span style="color: #000000;">Todos al mar, todos al viento, ¡toca madera y vete riendo!</span><br /><span style="color: #000000;">La calavera está izada, la daga bien afilada</span><br /><span style="color: #000000;">El ataque es contundente, morirá la pobre gente</span><br /><span style="color: #000000;">Y con esta calaverada haremos la gran velada</span><br /><span style="color: #000000;">¡Amén!</span><br /><span style="color: #000000;">–¡Ese poema es mío! –gritó Ludo sorprendido y contento a la vez.</span><br /><span style="color: #000000;">–«Los versos –escribió el poeta– son de quién los necesita» ¡Y amén! –recitó el capitán James O’Brien.</span><br /><span style="color: #000000;">Los cinco amigos salieron del refugio y rehicieron el camino que, solo algunas horas antes, Pedro había hecho. Ken abría la marcha con una antorcha, Kim llevaba otra al igual que Bartomeu Casas, que no se callaba ni debajo del agua, y Pedro.</span><br /><span style="color: #000000;">–Has de saber que entre las banderas piratas había algunas diferencias: no todas eran una calavera con dos huesos. En la de Bert, el negro, aparecía un pirata con un reloj que daba la mano a un esqueleto de cuerpo entero. A la de Edward, el bajito, un esqueleto completamente rojo. En la de Barbanegra, un esqueleto con una flecha que atravesaba un corazón sangrante. Y en la de Peter, el rebanacabezas…</span><br /><span style="color: #000000;">–Bartomeu, cállate un rato, ¿quieres? Luego el niño tendrá pesadillas –dijo Ken.</span><br /><span style="color: #000000;">El abuelo cerraba el séquito de la fiesta con el corazón partido en tres mitades.</span><br /><span style="color: #000000;">Nadie dijo nada más hasta encontrar los escalones que llevarían al niño de vuelta a casa.</span><br /><span style="color: #000000;">–Pórtate bien, pequeñajo. Haz los deberes sin rechistar, que es por tu bien, y dale un abrazo bien fuerte a tus padres. ¡Solo de verte ya sé que han hecho bien sus deberes! ¡Serás un hombre muy espabilado! –le dijo el abuelo Calavera.</span><br /><span style="color: #000000;">Se abrazaron y a Pedro, por primera vez, se le escaparon las lágrimas. También al abuelo Miguel que, sin saber cómo, se notó el bigote blanco bien mojado.</span><br /><span style="color: #000000;">–Chaval, ¡no olvides hacer deporte! Pero ojo con la pelota, ¡puede ser peligrosa! –le recomendó Ken.</span><br /><span style="color: #000000;">–¡Adiós, gigante!</span><br /><span style="color: #000000;">–¡Venga, niño! –le dijo Bartomeu Casas– Me lo he pasado en grande contigo. Estudia de verdad… y no olvides las lenguas extranjeras, que son necesarias para ver mundo.</span><br /><span style="color: #000000;">–El hombre de hoy está tan ocupado que ya ha perdido el norte y no sabe a dónde va –comentó Kim–. Que no te pase lo mismo a ti. De vez en cuando párate a pensar de dónde vienes, quién eres y a dónde vas. Y que nada te pare, criatura. ¡Ah! Y no olvides nunca las sales minerales y el calcio; para que nos entendamos, un buen vaso de leche a menudo. Tendrás los huesos fuertes, y no se te romperán…</span><br /><span style="color: #000000;">El abuelo le dio el libro de cuentos y le hizo un gesto de marchar.</span><br /><span style="color: #000000;">–Feliz Navidad, abuelo.</span><br /><span style="color: #000000;">–Feliz Navidad, pequeñajo, ¡ahora y siempre!</span><br /><span style="color: #000000;">–Feliz Navidad a todos. Os echaré de menos –dijo Pedro, con un nudo en la garganta que antes no tenía.</span><br /><span style="color: #000000;">–Ponte el tapabocas bien alto, afuera hace frío –concluyó Ken–. No hay tanto calorcito como aquí abajo.</span><br /><span style="color: #000000;">Entonces el niñito desapareció escaleras arriba, medio cantando con miedo de perder alguna lágrima:</span><br /><span style="color: #000000;">Todos al mar, todos al viento, ¡toca madera y vete riendo!</span></p>
<h3><br /><span style="color: #000000;"> </span><br /><span style="color: #000000;">29. Regreso a casa</span></h3>
<p><br /><br /><span style="color: #000000;">Pedro cruzó entre las lápidas del cementerio. Apagó la antorcha y comenzó a caminar hacia su casa. Allá, al fondo de la noche, se entreveía la primera luz. No, definitivamente, no podría explicarle nada de esto a nadie. Nadie le creería. ¿Por qué la gente tenía tan poca imaginación? Pocos la querían, como un puntapié a la espinilla o un plato de espinacas. Pero Pedro sabía que era la fortuna más grande. Y que solo la gente afortunada podría creerle. Sabía que, en aquel libro del abuelo, había una valiosa lección.</span><br /><span style="color: #000000;">Se pellizcó el brazo izquierdo. Lo que no quería, de ninguna de las maneras, era que todo aquello hubiera sido un sueño. La mayoría de las historias que no saben cómo acabar, hacen que todo sea un sueño. Esta vez no. Sintió el dolor y sonrió.</span><br /><span style="color: #000000;">Su casa estaba con la ventana de su habitación a medio abrir. Se deslizó al interior: todo estaba como lo había dejado. Tenía frío en los pies. Se puso el pijama sin encender la luz. Guardó el libro de los hechizos al baúl de los recuerdos para la hoguera de San Juan. Entonces se metió en la cama y, poco a poco, se dio cuenta de que no tenía sueño.</span><br /><span style="color: #000000;">Encendió la luz de la mesita de noche y abrió el libro del abuelo. Pasado un rato vio cómo se abría la puerta de su habitación.</span><br /><span style="color: #000000;">–¿Qué te pasa, Pedro? ¿No te encuentras bien? –le preguntó su madre–. Demasiado turrón de chocolate, eso es lo que pasa. ¿Quieres un poco de jarabe?</span><br /><span style="color: #000000;">–No mamá, estoy bien. Estoy leyendo.</span><br /><span style="color: #000000;">–¿Leyendo, a estas horas? ¿Qué te has vuelto loco? Apaga la luz y vete a dormir.</span><br /><span style="color: #000000;">–Solo un par de páginas más, mamá. Te lo prometo. ¡Es el cuento del abuelo!</span><br /><span style="color: #000000;">Madre mía, había mucho trabajo que hacer todavía con los adultos… no sería fácil. ¿Dónde diantres habían guardado la imaginación que ya no la encontraban?</span><br /><span style="color: #000000;">Y con este pensamiento en mente, Pedro continuó leyendo.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<h4><span style="color: #000000;">FIN</span></h4>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (21)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 06 Sep 2021 21:45:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[Abuelo Calavera]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>27    Un encuentro sorprendente &#160; –Entonces, ¿no quieres que busquemos a la abuela para que no estés tan solo? –¿Solo, yo? ¿Con estos amigos? ¡Nunca! Ya ves de lo que han sido capaces de hacer por salvarme. Diría que nos haces falta tú. Pero eso sería muy egoísta e impropio de los abuelos: te [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><span style="background-color: #d5d5d5;">27</span>    Un encuentro sorprendente</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p>–<span style="color: #000000;">Entonces, ¿no quieres que busquemos a la abuela para que no estés tan solo?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Solo, yo? ¿Con estos amigos? ¡Nunca! Ya ves de lo que han sido capaces de hacer por salvarme. Diría que nos haces falta tú. Pero eso sería muy egoísta e impropio de los abuelos: te espera una vida maravillosa, «Pedro sin miedo». ¿Y tú, ya no quieres el cuento?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Me gustaría muchísimo, abuelo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Al niño ya comenzaban a pitarle los oídos, a salivar la garganta, a latir el corazón más frenéticamente que nunca… Pero la puerta de la cueva de los tesoros de Alí Babá se cerró cuando su abuelo pronunció aquellas palabras tan trágicas.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Me encantaría, pero es tarde. Y no creo que ningún cuento se parezca a lo que has vivido en esta Noche de Navidad. Pero yo, cuando hago una promesa, hago una promesa. Estamos cerca de casa. Me entretendré solo un momento. Venid, amigos. Tengo una cosa para que no te quedes sin cuento durante una buena pila de años.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">De nuevo la palabra mágica, <em>cuento…</em></span></p>
<p><span style="color: #000000;">Cuando llegó a su casa, Miguel Badía se quedó plantado justo en la entrada: el capitán pirata James O’Brien le estaba esperando, picando impaciente con la pata de palo el suelo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Dónde demonios te habías metido? ¡Te espera una noble dama! Ludo, el poeta, ha comenzado a recitarle versos y, claro, la Deschamps, con ese temperamento que tiene, se ha enfadado y se ha pirado. La dama que te espera lleva un anillo gordo en el hueso del dedo. ¡Y del Capitán Hook, yo aprendí buenas maneras!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Dentro había una mujer sentada y cubierta de tules, de velos, de una vestimenta cara y de buen gusto; llena de flores en una corona que honraba su cabeza y un ramo de margaritas en la falda. Solo los ojos de un enamorado podrían reconocer a su amada entre muchas, aunque le faltasen los ojos, los labios, la nariz, los mofletes y los cabellos dorados. Solo el recuerdo ya basta para que la pasión vuelva a encenderse. Con la mano nerviosa, el viejo sacó la corbata del bolsillo y se la ató al cuello, estirándosela antes de decir siquiera la primera palabra, mudo de la emoción.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Mediacostilla mía…! Te he buscado por los confines de la Tierra… ¿y te encuentro en mi casa? ¡Estás cambiada!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Para el carro, Miguel, que te conozco. Poco queda ya de tu mujer. Me he cambiado los dedos de las manos por unos más finos y espigados; los omoplatos eran demasiado gruesos, y con aquellos pies de campesina no podía caminar como una señorita. Mi pelvis era demasiado ancha y me la he cambiado por otra más ligera. Quería los bracitos de una princesa, y mi prometido me lo consiente todo. También me he hecho quitar un par de costillas para ganar flexibilidad. Solo conservo el hueso de la cara porque, por desgracia, eso no se puede cambiar.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Tu prometido? ¿Te has prometido? ¡Pero si estás casada conmigo!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Por eso he venido a verte. En vida fuiste un calavera que nunca paraba quieto; ahora, ¡la calavera soy yo! Me gusta vivir bien. Acabo de llegar con el Barón de Bidet de dar una vuelta con un carruaje de caballos por el mundo exterior.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Por el mundo exterior? ¡Pero si está prohibidísimo!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Tiene influencias, mi baroncito, no te agobies… París, Londres, Estambul, Shanghái, Quebec, el Machi-Picchu… una vuelta al mundo maravillosa.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pero querida, si a mí ya me gustabas tal y como eras. ¿Qué te has hecho? ¿Por qué has cambiado de esta manera? ¿Dónde está mi Mediacostilla?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Ahora me hago llamar Rosalía. Tu Mediacostilla ha muerto, ¡estas cosas pasan!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Y si has muerto, ¿qué estás haciendo aquí?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Quiero el divorcio.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pero si estás muerta y re-muerta. Y para mí también. Ya lo tienes, el divorcio.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Ay, maridito mío. No lo tengo, no. Dijiste «hasta que la muerte nos separe, y más allá». Y este «más allá», me mata. Alguna cosa me ata a ti y hace que no pueda ser feliz con mi baroncito. Por tanto, te pido que rompas la promesa de amor eterno que me hiciste, que es más poderosa que el más terrible de los hechizos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pero si yo te quiero, Mediacostilla…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Te equivocas, Miguel. Tú amas a una mujer que ya no existe. ¿No te das cuenta de que me he hecho quitar las arrugas, que llevo uñas postizas, párpados de porcelana china e, incluso, pendientes? ¿Qué me han pulido los huesos? ¿Qué me van muy bien los baños de mar? Pronto me pondré también un <em>piercing </em>en la pelvis, que se ve que está de moda. Tú amas la imagen que tenías de mí, pero no amas a Rosalía. Mediacostilla fue muy feliz contigo, pero… ha marchado para siempre. Además, deberías cambiarte el bigote: ¡ya pasó de moda! Ahora se llevan las patillas largas de bandolero. ¿Y este niño… quién es?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pedro Badía, tu nieto.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Nieto…? No le recuerdo. Yo solo tengo perritos para que me acompañen en mis viajes de placer. Por cierto, ahora que me doy cuenta… ¡si ese traje que llevas también está pasadísimo! ¿Y dónde vas con esa flor mustia en el bolsillo? ¡Si tenemos los gladiolos y geranios que queramos! Ay Calavera, ¡esa corbata tampoco te favorece nada, rey mío!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pues a mí me gusta esta corbata. Es negra, como tu alma. ¿Sabes lo que te digo? ¡Que se acabó! Rompo mi promesa solemne de amor eterno. Tengo la amistad de mis compañeros; ¡antes, ahora y siempre hasta que Dios lo quiera!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Así me gusta, Calavera…! Ahora me siento mejor. Ay, de verdad que te lo agradezco de todo corazón.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Corazón? ¡Pero si no tienes! ¡Te han sorbido el seso!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y, a pesar de aquellas palabras, ella se quitó una margarita del vestido, y se la puso en el bolsillo del traje del viejo, tirando la flor mustia que lo decoraba.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Me voy, que el barón espera noticias. Además, he de darle una buena noticia: ¡Espero un hijo suyo! ¡Cómo se va a alegrar, mi baroncito!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Estás grillada!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Sí, amor, pero no por ti.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–No hay remedio –suspiró el viejo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y, dicho eso, se marchó dejando atrás un tufo de perfume francés en el aire.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Cae la noche, qué derroche de reproche –sentenció Ludo, satisfecho de sus versos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El viejo cogió la margarita del traje y comenzó a quitarle los pétalos mientras recitaba aquella vieja cantinela: «¿Me quiere? ¿No me quiere? ¿Me quiere…?». Y al caer el último pétalo, se echó a llorar.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡No me quiere! –gritó, volviéndose a poner en el bolsillo la flor mustia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Mejor. ¿Habéis olido el tufo que ha dejado? –intervino Ken– ¡huele a váter!</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<h1></h1>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO  (1)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 18 Jul 2021 17:15:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[Abuelo Calavera]]></category>
		<category><![CDATA[Família]]></category>
		<category><![CDATA[Fantástico]]></category>
		<category><![CDATA[lecturas en família]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>&#160; Llegó el momento de darse un chapuzón y de ahogar en la piscina quejas y tristezas que durante al año nos azotan. Así que aunque el mundo vaya mal, debajo de La superfíciE uno puede llegar a creer que todo está en orden. Así que durante unos días, y a razón de capítulo diario, [&#8230;]</p>
<p>&lt;p&gt;The post <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz/creadores/cuento-de-verano-el-abuelo-calavera-y-yo-1/">CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO  (1)</a> first appeared on <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz">LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</a>.&lt;/p&gt;</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Llegó el momento de darse un chapuzón y de ahogar en la piscina quejas y tristezas que durante al año nos azotan. Así que aunque el mundo vaya mal, debajo de La superfíciE uno puede llegar a creer que todo está en orden.</span></p>
<p><br /><span style="color: #000000;">Así que durante unos días, y a razón de capítulo diario, pretendo regalarles una de mis historias inéditas para toda la família. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Escribí <strong>El abuelo Calavera</strong> antes del estreno de <strong>Coco</strong> de Pixar así que si alguien copió a alguien no fui yo&#8230;</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Me gustan que las historias sean leídas en voz alta, al anochecer, en familia y si, es posible, que cada no elija a un personaje y lo interprete </span></p>
<p><span style="color: #000000;">De hecho lo que le da vida al cuento es eso: la interpretación. Y como dijo Berne «si el cuento es el hueso, contarlo es la carne».  O sea que la substancia está en cómo se hace vivir o revivir (porque en este cuento largo es de lo que se trata) no tanto en la historia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Primer capítulo de El abuelo Calavera, un cuento frío como los huesos para coger frío en verano. O incluso miedo&#8230;</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Se publicó en catalán en el año 2016 con ilustraciones de Leonardo Rodriguez</span></p>
<p><span style="color: #000000;">¡Que lo disfruten!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Compártanlo</span></p>
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<p style="text-align: right;"><span style="color: #000000;">«Los huesos están vivos, tienen sus propios vasos sanguíneos,</span></p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #000000;">se alimentan, crecen y se renuevan…»</span></p>
<h2> </h2>
<h2><strong><span style="color: #000000;">EL ABUELO CALAVERA Y YO</span></strong></h2>
<p><span style="color: #000000;">Ha llovido mucho desde que ocurrió lo que os voy a contar hoy; el sol ha subido miles de veces cielo arriba y de la misma forma ha vuelto a esconderse, bajo el horizonte…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Yo tenía nueve años, y me conocían como «Pedro sin miedo»: era un chico decidido, despierto, siempre lleno de curiosidad. Leía mucho y, mientras crecía, me dedicaba a escribir todo lo que me pasaba por la cabeza.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Ahora soy escritor, hago y deshago historias. Habiendo perdido ya todo el pelo de mi cabeza, decido hablaros de cuando descubrí, por primera vez, el miedo. No es un cuento, sino una historia real protagonizada por un grupo de amigos. Yo tengo un papel importante, pero no</span> <span style="color: #000000;">soy el héroe; ni siquiera una pieza fundamental en la historia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Cuando la leáis, podríais cometer el error de decir: «este Pedro lo que tiene es mucha imaginación». Cierto es, y bien contento que estoy: hay demasiadas cabezas huecas que jamás conocerán su poder. Pero esta historia, donde os hablaré de mi abuelo, no hace falta que me la invente; me viene a la cabeza solo con recordar aquella noche antes de Navidad. Y todo sucedió tal cual os lo explico, palabra por palabra.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">¿Qué no me creéis? Pues acercaros al cementerio y golpead cualquier lápida. No tardaréis en ser escuchados.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Todo comenzó con una carta…</span></p>
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<h1>1.    La Carta</h1>
<p><strong> </strong><span style="color: #000000;">Pedro, mi querido nieto: hacía días que rumiaba sobre si escribirte o no, tenía mis dudas. Mis compañeros de juerga me dicen que no es una buena idea. Pero ya sabes el poco caso que tu abuelo le hacía a algunos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Tengo tres noticias que darte y las tres son buenas: la primera es que estoy bien. Bueno, no del todo. El frío se me ha metido en los huesos, y a mis noventa años cuesta sacarlo. Espero que tú también estés bien y sin frío en los huesos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La segunda es que, a punto de llegar Navidad, he pensado que quizá te gustaría que tu abuelo te viniera a contar, como cada año, un cuento. Sé que cuando llegue la hora, me echarás de menos de verdad. Pobrecito mío, sin abuelo ni cuento.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Por diversas razones, yo ya no puedo salir de aquí –no me dejan–, así que me parecía mejor idea que vinieras tú a verme.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Sí, lo sé. Sé que me enterraron hará casi un año y que mi cuerpo, supuestamente, descansa en paz en el cementerio del pueblo; pero mira, créeme, todo se puede arreglar en este mundo y en el otro.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Porque descansar, lo que es descansar, ¡nada de nada! De hecho, no paro quieto. Se me ha metido entre ceja y ceja –lo poco que queda de ellas– que tendría que encontrar a mi mujer; sí, a la abuela, que debe pensar que todavía camino sobre la Tierra. Sé que se alegraría mucho de que yo ya esté por aquí. Nos queríamos de verdad.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">¡Anda que no era avispada, tu abuela! Como yo siempre había sido un juerguista, ella solía decirme: «Miguel, eres un calavera». Ahora me pregunto si es que sabía que existía el otro mundo, porque es lo que soy desde que morí: ¡una calavera!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Bien. La tercera buena noticia es que, definitivamente, tu abuelo te leerá el cuento de la Noche de Navidad. Deja que los de casa se chispen con dos o tres copitas de cava y que se hinchen a turrones. Así se irán a dormir temprano y tú, pasada la medianoche, vendrás a buscarme a la puerta del cementerio.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">¡A ver si a mi querido «Pedro sin miedo» le va a dar canguelo o se piensa que voy de broma! Te demostraré que, muerto como estoy, nunca me había sentido tan vivo: ya no necesito pastillas, ni jarabes, ni inyecciones, curas de reposo ni palabras amables. ¡A tomar viento fresco, ja, ja, ja!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Por favor Pedro, estate al cementerio del pueblo pasadas las doce del día veinticuatro. Te explicaré un cuento horripilante –o sea, de miedo, que aquí está de moda– y quizás, si te apetece, podrías acompañarme a buscar a la abuela. Tus ojos ven mejor que los míos, que se me cayeron.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Te quiere mucho, muchísimo, tu abuelo Calavera,</span></p>
<p><span style="color: #000000;"><em>Miguel Badía</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">seguirá el abuelo calavera y yo&#8230;</span></p>
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