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Mi primer año ( 1980-81) en la UAB dejó solo un recuerdo: el asesinato de John Lennon ese 8 de diciembre de 1980. Viajaba en tren desde Barcelona hasta Sardanyola que mi compañero de viaje saltó literalmente en el tren cuando escuchó la notícia. Yo debía estar immerso en la lectura de algunas fotocopias.  Los Beatles quebrados, el genio de la paz que imaginaba un mundo mejor había sido asesinado por un demente que deseaba llamar la atención de una actriz, entonces, de segunda categoría, Jodie Foster. “Mira de lo que soy capaz”. Años después hablé de ese asesinato en  mi novela “Boig per tu”. 

Ese año, a punto de empezar una década,  fue tiempo de cine en los nuevas salas de cine de Sardanyola.  Había una cartelera de hasta ocho salas con películas de arte y ensayo y películas comerciales y cada semana tocaba cine. De ese año universitario no queda más. Se esfumó sin dejar rastro, sin historias de amores o de sexo,  con los fines de semana volviendo como buen hijo a casa. Nunca me perdí una clase en el bar de la facultad. Nunca trasnoché hasta la madrugada para olvidarme de ir a clase. Mis padres hacían un esfuerzo económico  y yo no estaba por tonterías.  Nunca tuvimos fiestas en el piso de la calle Mayor. Posiblemente se dirá “que aburrido” pero es que no contemplaba otra posibilidad. Sí me acuso de  sosegado -lo del hiperactivo vendría después- de tranquilo, de hogareño, de buen estudiante que tenía que empollar no por gusto sino por exigencia de un mal guión.

Mi segundo curso en la Universidad de la bella tierra, en las aulas de Derecho porqué aún no existían los chalets ni las dependencias de comunicación audiovisual fue tan aburrido como el primero. Los alumnos se habían reducido a dos tercios. Malas lenguas decían que muchas alumnas acudían solo a primer curso  para encontrar marido. Me reí de ese machismo barato, entonces, pero lo que es cierto es que hombres y mujeres se habían quedado ya en segundo de carrera,  por el camino.  Y les comprendo: puro apunte,  puro cuento, pura pérdida de tiempo de materiales que el tiempo ha quemado como cigarrillos. Los estudios de radio y de televisión, y Historia del Cine no llegaban hasta tercero. Y ahí nos pudríamos con apuntes de cicloestil  90 alumnos en clase y fumando con las ventanas cerradas. Creo que fue en segundo  año que en clase de Pere Oriol Costa  de propaganda política sentado en la primera fila antes de que el humo me ocultara al profesor, Costa detuvo su clase preguntando ¿Alguien esta fumando maría? Una muchacha respondió “lo siento” a lo que el añadió: no, siga, siga…  No pertenece esta anécdota a mi ardua imaginación sino a un mundo que acababa de librerase, cinco años despues del Generalísimo, en el que se respiraban aires de libertad,  donde empezaba a gritarse “llibertat, amnistía, estatut d’autonomía” donde las huelgas comenzaban a anidar entre nosotros.

El golpe

Y entonces ese 23 de febrero de 1981 alguien llegó a clase de lengua castellana, por la tarde  anunciando el golpe de estado de Tejero. El profesor, visiblemente afectado, lanzó el libro pronunciando aquellas palabras que aún recuerdo: “¿se ha acabado la democracia?”. Se cerraron las facultades y esa noche el país estuvo pegado al televisor mientras en TVE emitían comedias americanas , entre ellas, “La princesa y el pirata” que interpretaba en blanco y negro Bob Hope.

A este chico de pueblo no le habían contado que era un golpe de estado. Ya uno pensaba en que volvíamos al antiguo oeste donde los transportes públicos dejaban de funcionar y las calles se llenaban de consternación y enfado. Llamé a mi casa y mi hermano no sabía nada del golpe. Tampoco él estaba preparado para un golpe que iba a durar una horas. Creo que el penoso, pobre e incluso ridículo  concepto de España hizo aguas en mí, por primera vez, esa noche esperpéntica.  Algunos años antes asomado a televisión me sorprendió una entrevista  a un preso que había matado a un hombre porque le había dicho España es una mierda atada a un palo. Le había acuchillado. En aquel entonces me resultó risible pero, a la vez, penoso, que por unas palabras pudiera matarse a alguien. Y no pasó mucho tiempo que pensé que en vez de matarle habría que felicitarle por su acertada predicción. Eso me dije esa noche del golpe de estado y sigo pensándolo tantos años después cuando catalanes inocentes permanecen encarcelados por mantener sus ideas y cuando VOX, ese hatajo de majaderos con corbatas  sube al poder en las últimas elecciones votados, como decía recientemente un periodista, por miles de hijos de puta o por dementes.

Volvimos dos días después a las aulas y reemprendimos las clases con un disparo pegado al techo del Congreso de Diputados y ese grito “Quieto todo el mundo” que el Anacleto de Tejero lanzó para escarnio de la historia de España.

Y como ya dije  (disparos y tap dancing-  hacían una buena combinación en Cotton Club de Coppola) me apunté a claqué con Toni Mira y a bailes de salón, por las noches en l’Academia de Danses d’arreu del Món en el carrer Major de Gràcia de Barcelona: vals inglés, vals vienés, cha cha cha, rumba, bolero, pasodoble, tango, swing y fox trot. Como en ese tiempo no tenía apenas amigas en Barceklona o quizás demasiada timidez para proponerlo acudí a la escuela y ellos me encontraron a una mujer con la que nos llevábamos casi quince años, Margarita Riera, que falleció el pasado año. Siempre tuve oido para la música. Fueron tres meses a los que siguieron otros tres  y otros tres. Y dos trimestres con claqué. Curiosamente nunca tuve miedo escéncio y antes de partir para Barcelona a estudiar primero de carrera y abandonar la masa coral de l’Orfeó reusenc había interprtado en plaback en esos festivales de fin de curso de la entidad a Al Johnson, embetunado de negro. Tímido para pedirle a una chica si quería apuntarse a baile y despendejado para bailar un falso claqué que pronto logré dominar (aún guardo los zapatos) pero que tampoco iba a servirme para nada cuando ya mis sueños de irme a América y hacer carrera en los musicales -un sueño infantil y precipitado- se había evaporado.

Y fue en tercer curso que yo conocí a mi esposa. Mi primera novia de COU, Mila P, mi segunda una novia de verano  belga Anna France H. que duró apenas un mes y nunca pasamos de besos que no recuerdo. La tercera, Dolors, de Reus a la que dejé después de ver en el cine  Amor sin fin con Brooke Shields por el hecho de que  más allá de simpatía no sentía nada.  Y a golpe de claqué y de vals vienés llegó un 24 de abril Margarita la hermosa a mi vida. Aún, ni rastro de literatura. O si….

Gianni Rodari, dadme un punto de apoyo y moveré el mundo

Solo que, en 1983,poco antes del encontronazo sentimental,  había descubierto a Gianni Rodari y mi imaginación que necesitaba un canal, un modo para expresarse empezaba a rodar. Quién iba a pensar que en el año 2020 yo me habría convertido (casi) en un experto en el pedagogo italiano que rechazaba los dictados y promovía el binomio fantástico, ya sistematizados los procesos creativos de generación de ideas. Fue por Rodari y los libros de la editorial La Galera, en la que publicaría mis primeros libros,  que acabaría convirtiéndome en escritor.