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A veces cuando en la calle me llega el tañido de las campanas no pienso en John Donne o en ¿Por quién doblan las campanas? de Hemingway y su célebre 

And therefore never send to know for whom the bell tolls; It tolls for thee… ( por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.)

Pienso en mi niñez y en el alegre repiqueteo de las campanas del Monasterio de Montserrat, cuna de la cultura, del arte, de la música y una de las ventanas a las que más me gusta asomarme.  Porque no necesitábamos a los neurólogos para saber que cuando uno atraviesa un tiempo oscuro debe regresar a por los tesoros de la niñez y esa felicidad que muchos guardamos en tarros de mermelada llenos de recuerdos.  Mis tarros, mis cajitas de porcelana estan llenos de tañidos, siempre solemnes, pero  nunca tristes, siempre  rigurosos y puntuales pero dulces e incluso cariñosos. Mi abuela Teresa cada año viajaba en peregrinación desde Reus, llegada la segunda pascua. En aquel tiempo anterior a 1971 vivíamos en Montbrió. Nunca hubo momento más feliz que, llegada la madrugada del sábado, ser despertado, agitado por la abuela con ese mensaje divino: 

Ya es la hora

Y mi hermano y yo almorzábamos con toda la familia puesta en pie para despedirnos porque el autobús nos recogía a las 7 para emprender viaje de hora y media  hacia el Monasterio de Montserrat. El autobús nos dejaba al pie del aéreo y ascendíamos en ese ligero balanceo hacia los cielos. Porque Monsterrat sigue estando en los cielos. Allí ocupábamos una celda (siempre me encantó ese nombre  que me devolvía a la prisión de Edmundo Dantés o a la cárcel de bandidos y piratas). Se trataba de un pequeño apartamento dotado de cocina y varias habitaciones que compartíamos con otra familia.  Esos cuatro días en Montserrat  fueron posiblemente los mejores días de mi vida.  Acudíamos al templo que olía a incienso a escuchar a la Escolanía  de Montserrat,  subíamos con tren cremallera hasta Sant Joan, bajábamos  hasta la Santa Cova, perseguíamos la ermita escondida -Fray Garí- entre las esculturas de la pasión y muerte de Jesucristo, caminábamos hasta los degotalls… Y nos hablaban de la ermita de Sant Jeroni a la que solo fui ya de mayor, con veinticuatro años, subiendo trabajosamente los mil escalones de la montaña, viaje que he repetido en varias ocasiones hasta la Rosa de los Vientos donde ellos cantan. 

Me gustaba y adoro ese silencio, la charla de las vendedoras de mel-i-mató (un postre típico de la zona) o de las coques d’ou. Los largos pasillos de las celdas y su altos techos, la confraternidad de los peregrinos que recibíamos una pequeña insigna de reconocimiento, las tiendas donde compraba cada año un monaguillo de barro: los habia con tantos instrumentos que, como quien monta el pesebre poco a poco, podia crear toda la orquesta con el paso de los años. Me emocionaba escuchar el Virolai, ese himno a la Virgen, arrastrado en labios de mi abuela, la yaya:

Rosa d’abril, morena de la serra, de Monsterrat, estel, il·lumineu la catalana terra guieu-nos cap el cel, guieu-nos cap el cel…

Eran cuatro días en los que uníamos vida espiritual, familiar, amistosa, rodeados de devotos, de fieles, de excursionistas que llegaban a pie desde Barcelona o venidos de medio mundo cuando aun no existia un aparcamiento de autobuses y de coches en la carretera de ascenso al monasterio.  Y cada año visitaba a la momia de Monsterrat.

La momia del Monasterio

-En el museo hay una momia egípcia -me contó con cinco o seis años mi abuela. Y en mi mente ya imaginativa pensaba en un ser vivo y rugiente encarcelado detrás de los barrotes de una celda, vestido como un cofrare de semana santa con su alto capirote, su túnica y capa oscura  rugiendo, como un perro rabioso a los visitantes que se atrevían a turbar su paz, con las manos huesudas agarradas a los barrotes.  Que desengaño descubrir a una princesa de una dinastía que ya olvidé, de rostro oscuro, postrado en su lecho de muerte -aunque la he visitado a menudo no sabría decir si en lecho o en sarcófago- inerme. Pero no por eso dejaba de visitarla y saludarla y aún hoy, cincuenta años después, sigo pensando en que esa momia, que sigue durmiendo al paso de los siglos, merecería un libro, una historia que contar, libro que tengo en la cabeza sin que nunca encuentre el momento.

http://www.museudemontserrat.com/es/index.html

Volví  a Montserrat cuando mi libro” La Guerra de los Chicles” fue recomendado como lectura obligatoria. Acabé emocionado cuando los “escolanets”  (escolanía) del coro me cantaron el Himno de la Resistencia que aparece en la novela. Ya en ese momento estaban estudiando alli tres sobrinos míos, Pere, Francesc i Jordi, hijos de Pere Gomis, hermano de la que fuera mi esposa en ese entonces. Gracias a este hecho extraordinario pude visitar la biblioteca, el jardín y el huerto de los monjes, las aulas  y algunas dependencias cerradas para el gran público.

https://www.youtube.com/watch?v=wuEx-ZLx4qc

Boig per tu

En el año 2014 acudi a Montserrat ,a una de sus celdas y  fui solo, para terminar mi libro “Boig per tu”, sobre el último año de vida de mi amigo Carles Sabater, actor y cantante de Sau que murió demasiado joven a los 36 años de infarto. Esta vez a una de las celdas del pequeño monasterio de Sant Benet, acurrucado por los cantos monjiles. Y pronto he de volver entre las fiestas de Navidad  a terminar mi nuevo libro buscando la paz, el silencio, escapando de pantallas y móviles.

Pasan los años y siempre regreso  buscando a mi abuela cuando hace ya treinta años emprendió el último viaje. De Montserrat amo cada piedra, cada ventana, los peldaños y sus ecos que van desde la calle hasta las celdas del cuarto piso que ocupaba con mi hermano y mi yaya. Amo a sus esculturas de ángeles y de santos, y su pórtico y la puerta pesante de acceso a la Basílica que chirria, en ocasiones, al abrirla, y las colas hacia el cambril para besar a la virgen negra y  los cantos de la escolanía  que detienen el tiempo y lo hacen eterno. Montserrat huele a sagrado, a bendiciones eternas, a la bondad humana, a niños cantores, a discos de vinilo, a figurillas de barro, a un hablar quedo y respetuoso, a un Dios misericordioso que nos guardó un pequeño paraíso para quienes sepan reconocerlo y agradecerlo.

Después, muchos años después, he sabido que algunos suicidas elegían Montserrat y sus montañas para decirle adiós a la vida. Será que no escucharon sus campanas repicar, sus tañidos alegres y tranquilos que se esparcen por entre los montes como una llamada de paz. Siempre pienso en esos cuentos donde aparece la Virgen negra salvando al monaguillo que cae del monte, por accidente. Pero a los que cayeron, quizás les  faltó su canto a la vida  que no fue escuchado cuando el corazon empozoñado les llevó al vacío.

Cantemos cada día, tañamos nuestras campanas interiores para que nunca nos falten los abrazos de los nuestros o las manos amorosas de nuestra madre en el momento final.

https://www.montserratvisita.com/es/index.html