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Cerramos hoy las 6 necesidades del escritor. Y la última es la base de la pirámide, los fundamentos de toda construcción: la emotividad que nos empaña cuando estamos escribiendo y leyendo.

“O lo que se entiende como toda trama que atrapando la atención del lector/espectador le lleva a avanzar por las páginas de toda obra literaria sin poder abandonar el relato debido a su poder de sugestión, a su grado de verosimilitud o de fantasía alcanzado donde las experiencias vitales del lector se confunden con la de los personajes y ya no pueden andar el uno sin los otros hasta la resolución final del conflicto y a hacer las paces lector y escritor. La pasión que transmite el scritor a sus personajes es la pasión que florece en los ojos del lector“.  (Ayala, 1993)

“La consecuencia de que novelar sea una necesidad vital es que se escribe con la pasión y no sólo con la inteligencia y con las técnicas propias del oficio. Se persigue la emoción, se ansía provocarla en el lector, más todavía que la admiración. Cada novela viene a ser una carta de amor, una petición de socorro como la que el náufrago encierraen la botella vacía para arrojarla al mar en espera de que alguien la recoja. Solo en este sentido el para se añade al escribir por algo”. (Saramago, 1993)

“Un buen escritor combina las tres facetas; pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor. Al narrador acudimos en busca del entretenimiento, de la excitación mental pura y simple, de la participación emocional, del placer de viajar a alguna región remota del espacio o del tiempo. Una mentalidad algo distinta, aunque no necesariamente más elevada, busca al maestro en el escritor. Propagandista, moralista, profeta: ésta es la secuencia ascendente. Por último, y sobre todo, un gran escritor es siempre un gran encantador, y aquí es donde llegamos a la parte verdaderamente emocionante: cuando tratamos de captar la magia individual de su genio, y estudiar el estilo, las imágenes, y el esquema de sus novelas o de sus poemas”.  (Nabokov, 1987)

Escribo novela como la escribo porque en estos tiempos en los que parece que cualquiera pueda escribir novela, o si se me permite, cualquiera se atreve a publicar una historia de ficción, o si se me sigue permitiendo, una historia en prosa bajo la etiqueta de «novela», creí que es conveniente o cuanto menos saludable, pero no imprescindible, que se sigan escribiendo cierto tipo de novelas que no atienden simplemente a la función de entretener, sino a la de conmover o cuanto menos horadar el alma del lector. Si esas novelas crispan a algunos, mejor que mejor, de eso se trata.
(García Sánchez, 1997)

La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que concurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! ¡Cuántos Joyces, Kafkas, Célines flous, velados o sobrexpuestos habrán existido! Unos murieron jóvenes, otros cambiaron de oficio, otros se dedicaron a la bebida, otros se volvieron locos, otros carecieron de uno o de dos de los requisitos que los grandes artistas reúnen para elevarse sobre el nivel de la subliteratura.
Falta de formación, enfermedades, pereza, carencia de estímulos, impaciencia, angustias económicas, ausencia de ambición o·de tenacidad o simplemente de suerte, son como el billete de lotería prometedor al cual sólo le falta el número terminal para obtener el premio en la rifa de la gloria. Y algunos han probablemente reunido todas esas cualidades, pero les faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de ‘un libro, la relación con tal amigo), capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto y darle su verdadera coloración.

Julio Ramón Ribeyro en Prosas Apátridas

Seguimos, ya, con nuevos temas, en los próximos posts.

Escriban.