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	<title>El abuelo calavera &#8211; LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</title>
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	<title>El abuelo calavera &#8211; LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</title>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (19)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Sep 2021 05:36:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[El abuelo calavera]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>25.  En el Reino de la Tarántula &#160; La ciudad subterránea estaba vacía. El cotilleo había vaciado las casas y se había llevado a los sin ojos a las profundidades de la Tierra donde vivían seres monstruosos de todo tipo; razas humanas ya extinguidas sobre la faz de la Tierra y que se perpetuaban en [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>25.  En el Reino de la Tarántula</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">La c</span>i<span style="color: #000000;">udad subterránea estaba vacía. El cotilleo había vaciado las casas y se había llevado a los <em>sin ojos </em>a las profundidades de la Tierra donde vivían seres monstruosos de todo tipo; razas humanas ya extinguidas sobre la faz de la Tierra y que se perpetuaban en las profundidades terrenales; criaturas voladoras que desconocían el paso del tiempo… ¡Quién sabe cuántos podrían volver para contarlo!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En aquel momento, Pedro volvía a estar sentado en una tumba mientras Kim golpeaba la puerta de la casa de Tarántula. Ken, tirado en el suelo como quién no quiere la cosa, debía dar la señal para que el niño, más pequeño, pudiese entrar sin ser visto y llevarse la cabeza de su abuelo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Y por qué no le robas tú la cabeza? –insistía Pedro–. Si la bruja me pesca, me matará.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–En primer lugar, porque yo soy demasiado alto y me vería fisgonear. En segundo lugar, es tu abuelo y, en tercer lugar, porque yo te cubro la retirada y, si salgo tras de ti, puedo entretenerla haciéndome el desentendido. ¿Lo entiendes ahora?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡No!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Pues venga, al lío! –les animó Ken–. La vieja es un saco de huesos y poco más. Tú tienes cerebro y ella solo una sombra.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Y tú tienes mucho miedo, y el miedo no sirve de nada –le reprochó el niño.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Kim tocó a la puerta.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Quién llama? La puerta está abierta –respondió una voz desde dentro de la tienda.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Kim entró mientras el jugador de básquet escuchaba todas y cada una de las palabras, para saber el momento justo en el que el niño debía actuar. Todo él temblaba como un flan de gelatina.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Qué hacez tú aquí? ¿Erez amigo del niño, verdaz?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">A Ken se le heló la sangre al ver que la vieja Tarántula se había quitado la dentadura postiza. Y no solo eso: también se había quitado la peluca. Tenía una cabeza abultada como una pelota medio desinflada. Ni <em>Plumasnegras </em>ni los ratones que vivían en sus costillas estaban allí tampoco.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Mi queridísima señora, ofende mi inteligencia –respondió Kim con mucha educación–. Me habían dicho que era un monje de talla corta y cuando vi aquella mano monstruosa me asusté tanto que, en vez de refugiarme en sus brazos, corrí en dirección contraria.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La cara de la mujer cambió, y lo mismo pasó con el tono de voz que, sin previo aviso, se volvió meloso.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pero zi no eztoy arreglada. Para dormir me quito loz dientes y loz dejo en un vazo con abrillantador; así, el oro de miz dientez resplandece…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Señora, siempre he dicho que todos deberíamos quitarnos los dientes para besarnos mejor. ¿No le parece que son un estorbo? Así mismo, yo me he quitado el turbante y eso solo quiere decir que me descubro ante una señora como vos –dijo Kim con mucha educación.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Mi príncipe indio, qué palabras máz dulcez ezcuchan miz orejaz. Pazza, pazza, que te enzeñaré el pizito.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La vieja Tarántula empujó a Kim al interior de la tienda. El enano consiguió dejarla entreabierta sin que ella se diera cuenta.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿No tendréis un lugar más íntimo para hablar, verdad, noble señora? Creo que la tienda no es un buen lugar para mis palabras, porque mi vocabulario no es mercancía barata, sino joyas de incalculable valor.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Zoiz un poeta, zeñor mío. Qué zuerte ha tenido ezta vieja mujer de encontraroz. ¿Queréiz que tomemoz una pózima de amor?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Señora, vos sois mi veneno de amor, y no quiero de otra clase.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Vamoz a mi habitación para eztar máz tranquiloz.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Vamos a su habitación, estaremos más tranquilos! –gritó el indio para que Ken lo escuchase desde fuera. ¡Aquella era la señal!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En la habitación de Tarántula había una cama pequeña y flacucha cubierta por una telaraña gigante. Las paredes estaban decoradas con las cabezas de hombres salvajes con tres ojos; gigantes de un solo ojo con cuernos, o sin; cabezas de hombres lobo; la cabeza de un unicornio; la cabeza de un tiburón de facciones humanas… A Kim no terminaba de convencerle eso de que su preciosa cabeza acabase decorando el museo de los horrores de <em>madame </em>Tarántula. ¡Debería ir con cuidado!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Los largos brazos de la vieja desdentada comenzaban a rodear el esqueleto de Kim, mientras él no paraba de hablar. Mientras la tuviese entretenida con su filosofía, pensó, la bruja no se atrevería a ponerle las manos encima.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pedro entró de puntillas, dejando la puerta medio abierta para una huida rápida.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Estos ojos resplandecientes, esmeraldas preciosas que han visto la belleza del mundo, ¿cómo pueden siquiera contentarse con un mortal como yo? No os merezco, reina mía…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pedro rebuscó entre los armarios: ¿dónde diantres había metido la bruja la cabeza del abuelo? Oía su voz desde la habitación de al lado y los dientes le castañeaban de miedo. Solo estaban separados por una cortina que el viento parecía mover y que no podía dejar de mirar. Kim se había equivocado. Si la bruja la había guardado en las estanterías de arriba, tendría que subir allí y todo sería mucho más difícil. Ken, el deportista, alcanzaría sin ningún peligro.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pero Pedro no encontró la cabeza: ella le encontró a él.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pedro… estoy aquí arriba –oyó el niño. ¡Y era la voz de su abuelo!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Dónde estás? –susurró.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pedro, aquí arriba, ¡detrás de ti!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Entonces, Pedro escuchó otra voz que le heló la sangre.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Ezpera, ¿no oyez una voz?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Es la voz del amor que toma formas y registros diferentes para expresar lo que siento por ti. Hablan mis cuerdas vocales, mis pulmones, los dedos de mis pies, los tendones de mis rodillas… Espera, espera, iré al grano a explicarte lo que siento con mi cuerpo… ¡Una orquesta de sonidos! –elevó la voz para que le escuchase–, ¡Que han de darse prisa! ¡Sí, darse prisa! ¡He dicho poner la cabeza, y todo lo demás, en su sitio!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Por qué gritaz, eztimado? ¡Que no eztoy zorda!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Es la llama de la pasión que me eleva por los aires con el corazón inflamado!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Me dejaz muda aunque no te entienda…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Sí, mejor que calles, pero tampoco oigas…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Cómo? ¡No te entiendo!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Mientras la conversación absurda continuaba, al otro lado de la cortina Pedro buscaba todavía la cabeza de su abuelo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Detrás de ti, pequeñajo –refunfuñó el viejo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Ya te he visto –susurró–, pero no llego.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pues busca una escalera.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Una escalera? ¿Y quieres que ponga la radio también, abuelo, y que limpie la casa, de paso? Escúchame, date impulso ayudándote con las mandíbulas y ve avanzando, da pequeños saltos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Pero te has creído que esto es una carrera de sacos? ¡Es mi cabeza!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Dicho y hecho, la cabeza comenzó a saltar. Desde donde estaba, el chico no podía comprobar si el salto era grande o pequeño o cuándo debía estar preparado para cogerlo al vuelo. Sea como fuere, la cabeza del abuelo saltó cuando menos se lo esperaba con tan mala fortuna que, al grito del niño por el susto, se sumó el <em>crash </em>de la cabeza al golpear contra el suelo.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (18)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Sep 2021 18:53:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[El abuelo calavera]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>23.    Unas cabezas muy animadas &#160; Pedro estaba bien escondido dentro de un nicho abierto en el muro, detrás de las costillas de Bartomeu, cuando oyeron la chusma que, al pasar, dejaban caer palabras grandes y duras como piedras. –¿Y cómo dicen que es el monstruo? –Solo Tarántula lo ha visto. La pobre está aterrorizada. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span style="background-color: #d5d5d5;">23</span>.    Unas cabezas muy animadas</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Pedro estaba bien escondido dentro de un nicho abierto en el muro, detrás de las costillas de Bartomeu, cuando oyeron la chusma que, al pasar, dejaban caer palabras grandes y duras como piedras.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Y cómo dicen que es el monstruo?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Solo Tarántula lo ha visto. La pobre está aterrorizada. Tendrá unos nueve años, piel fina, los ojos claros, el pelo más bien largo, dos orejas pequeñitas, una boca de piñón y una cara de no haber roto nunca un plato. Y todavía tiene todas las uñas y dientes.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Ew, qué asco! Todas las uñas. Seguro que las lleva sucias.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Puede estar segura. A los niños les encanta ensuciarse.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Debe venir a reírse de nosotros –añadió otra voz– y, si lo dejamos marchar, vendrá con más gente. ¡Turistas, puaj!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Y con cámaras de televisión!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pues a mí no me importaría salir a la tele.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Pánfila! ¿Pero tú te has mirado al espejo? ¡Si estás en los huesos!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Y qué les pasa a mis huesos? ¿Qué no son hermosos? Un poco de maquillaje y una peluca hacen milagros.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Y qué crees que hará con él la policía? –preguntó otra dos filas más atrás.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–De momento, le sacarán todos los dientes para que no pueda hablar y, por si acaso lo intenta, le quitarán también la cabeza. Dicen que irá a decorar la sala de trofeos de la vieja, donde ya tiene un cráneo de vampiro antiquísimo de cuando aquellos seres poblaban este mundo, un cráneo de <em>velociraptor </em>de hace dos mil años, uno con dos cabezas y un dos caballos, y pronto un niño cotilla, ¡ja, ja, ja! –rio–. Con el resto del cuerpo, seguro que harán juguetes para nuestros niños de aquí.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">¿Qué porras les pasaba a aquellos esqueletos monstruosos? ¿Tan lejos se les había ido la olla? Si el abuelo y el resto eran tan humanos, ¿qué estaba pasando en aquellas cabezas huecas? Quizá ya llegaban vacías y por eso no había medicina posible para curarlas. Pedro, el niño que buscaban para convertirlo en un monstruo de feria, estaba boquiabierto. Si le pinchasen, no le sacarían ni una gota de sangre. ¡Y no es que estuviera muerto, no! Estaba muerto pero de miedo, que a veces es peor. «El miedo es para los cobardes», le decía su padre, «te frena el pensamiento, el cuerpo se hace pesado y, con los ojos en blanco, no ves cómo solucionar nada. Mente despejada, corazón frío, y el miedo se va». Pero Pedro no se apañaba a aplicar los magníficos consejos de su progenitor. ¡Cómo le gustaría que estuviera aquí con él! Seguro que su padre también estaría muerto de espanto. Aunque, al menos, no estaría tan solo, ni abrazado a la espina dorsal de un explorador que, como él, temblaba de arriba abajo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Tengo ganas de ver a esta bestia parda de niño: son la peor especie. Parecen unos santos hasta que se demuestra lo contrario. ¡Tuve tres en vida! Los tres malcarados, odiaban leer, y se pasaban el día viendo la televisión y enganchados al ordenador y a los videojuegos, moviendo los dedos como poseídos por alguna enfermedad. No tenían otro mundo. Cuando me fui, no sabes lo tranquila me quedé. Si el monstruo tiene la cara blanca, es porque no debe ver la luz del sol: debe preferir quedarse quieto entre las cuatro paredes de su habitación, haciendo sus porquerías.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Canalla!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿No has visto que los esqueletos pequeños, aquí abajo, sin las pantallas de la tele u ordenador, están como locos el primer día? ¿Y has visto cómo sus dedos índices se mueven como gusanos buscando alimento? Necesitan apretar alguna tecla, sino, se trastocan. Yo, si por mí fuera, les cortaría estos dedos al nacer. ¿No les hacemos agujeros en las orejas? ¿Un dedo más, un dedo menos? No importaría.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Ya se espabilarían de otra manera… acabarían apretando las teclas del ordenador o del mando de la televisión con la punta de la nariz o de la lengua.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Que se las corten, también!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Tranquila mujer, ¡en cien años, todos calvos!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Cuando la marabunta pasó de largo, Bartomeu y Pedro temblaban todavía.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<h3><span style="color: #000000;">24.    Perder la cabeza</span></h3>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Encontrarse al abuelo sin cabeza fue otro susto de los gordos y un nudo en la garganta para el niño: un vestido gris y camisa blanca sin cabeza que se movía y los señalaba con el dedo índice de forma acusadora.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Plan B –dijo Ken–. Bartomeu, quédate bien escondido.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Pero si ya estábamos escondidos! ¡Y se estaba tan bien!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pues vuelve, pero llévate el cuerpo del viejo. No podemos ir con un cuerpo sin cabeza. Se puede ir con una cabeza sin cuerpo, pero no al revés. Lo entendéis, ¿verdad?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡No!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Pues me da igual! –exclamó Ken– ve frotando el cuerpo del abuelo Miguel, para que no se enfríe mientras le traemos las ideas de vuelta. Un poco de jarabe de bastón tampoco le iría mal. Necesitamos que le circule la sangre.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿La sangre? ¿Pero qué dices? ¿Estás grillado? –le cuestionó Bartomeu.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Perdona. A veces olvido lo que somos –se disculpó Ken, que continuó explicando el plan B–. Kim hará una visita a Tarántula para darle las gracias y, de paso, enjabonarla un poco. No conozco a ninguna mujer que no le guste ser seducida, halagada. Mientras yo vigilo, tú, Pedro, le robarás la cabeza. Después, se la devolveré a tu abuelo y, todos juntos, te acompañaremos a la salida y fin de la historia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Robar la cabeza de mi abuelo? ¡Yo no entro en casa de aquella bruja ni aunque me dejen sin cuentos! –respondió decidido, el niño.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Mira, niñito –dijo Kim–. Los abuelos se sacrifican por nosotros toda su vida.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Yo recuerdo a mi abuela, y sé que habría dado la vida por mí –comentó Bartomeu–. Ella me regaló una brújula y me convirtió en el ser despierto y espabilado que soy ahora, viajero incansable, descubridor de nuevos mundos…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Bartomeu!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Gracias a aquella brújula alcancé las cimas nevadas del Kilimanjaro, los desiertos de sal de Pamukkale, los ríos de plata de…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Calla, Bartomeu! –le cortó Ken–. Eres peor que el viejo. Cuando te dan cuerda, no paras.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–…pues si nuestros abuelos y nuestros padres se pasan la vida enfrascados en que no nos falte de nada, protegiéndonos, cuidando de nosotros cuando somos pequeños y cuando somos viejos… métetelo a la cabeza, pequeñajo, que por una vez que puedes devolver el servicio a tu abuelo que tanto te quiere, estás obligado –concluyó Kim de la India.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Pero si mi abuelo está muerto!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pues con más razón. Se le llama respetar la memoria del abuelo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–También se llama: «Dejad a los muertos descansar en paz» –añadió Ken.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Gracias por la ayuda, gigante. Esta vez no hacía falta.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–De nada, enano.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Qué bien que hablas, Kim. No conocía tu filosofía oriental –le piropeó Bartomeu.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–No es filosofía oriental, es filosofía de cajón; la que cae por su propio peso.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Al menos –insistió Bartomeu–, tienes la cabeza bien puesta sobre los hombros.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Sí. No como otros, que la han perdido… –concluyó Kim mientras observaba al viejo que yacía sin cabeza.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡De acuerdo! –gritó el niño–. Yo le traeré de vuelta la cabeza al abuelo y, después, me iré.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Seguirá</p>
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			</item>
		<item>
		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (14)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Aug 2021 14:52:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[El abuelo calavera]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>&#160; 17.    Huesos, para qué os quiero…! &#160; –¡Una mano humana! ¡Una mano humana! –gritó la bruja–. ¡Policía, policía! Y, al instante, de su costillar, se escapó el cuervo. –¡Una mano humana! –gritó de nuevo con una voz áspera, seca, que sonó como un silbato–. Avisa a todos, plumasnegras. ¡Se ha roto la prohibición! Las [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<h3>17.    Huesos, para qué os quiero…!</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Una mano humana! ¡Una mano humana! –gritó la bruja–. ¡Policía, policía!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y, al instante, de su costillar, se escapó el cuervo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Una mano humana! –gritó de nuevo con una voz áspera, seca, que sonó como un silbato–. Avisa a todos, <em>plumasnegras. </em>¡Se ha roto la prohibición!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Las manos de la adivina ya se lanzaban sobre Pedro cuando Ken, Kim y un viejo que tiraba de un niño tembloroso salieron escopeteados del lugar, topándose con dos o tres esqueletos que paseaban, dejándolos hechos trozos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–La hemos hecho buena. Si nos atrapan, enterrarán nuestros huesos bien lejos los unos de los otros, y a ti te harán pedacitos. ¿Por qué se me ocurriría invitarte aquí? Nunca pensé en el peligro al que te estaba exponiendo. Esta cabeza mía, ¡ya no es la que era! –gritó el viejo mientras se metían por un pasillo que se hundía bajo la tierra, y donde reinaba la oscuridad más profunda.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Cuando se quedaron a oscuras, el niño pensó que, definitivamente, se estaba mucho mejor en su habitación que ser perseguido por un mundo que no era el suyo. Notaba las falanges de su abuelo, y las de Ken, bien clavadas en su mano carnosa. Era una sensación extraña y poco agradable: eran duras y frías.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Tienes que volver a casa. Somos tantos aquí abajo, que nosotros podemos escondernos con facilidad, pero tú no podrás hacer nada. Cuando vuelvas de aquí a cien años, ¡ya no tendrás este problema! El tiempo lo arregla todo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Aquel chiste de su abuelo se le atragantó en la garganta. «Tu abuelo es un sinvergüenza, –le dijo su padre alguna vez–. Con sus chistes malos nos matará a todos algún día».</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pues quién se había muerto era él, y el resto seguían con vida. Su padre decía que era «humor negro» y ahora, por primera vez, comenzaba a entender de qué iba.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Vamos a mi casa –sugirió Kim de la India–. No está muy lejos de aquí. Pronto buscarán un viejo vestido de gala, un enano con un saquito entre las piernas, un campanario con patas y un monje que no es un monje. Deberíamos cambiarnos de ropa.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Nunca! Mi traje representa mi dignidad –se rebeló el viejo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pues quítate esta corbata que tanto le gusta a la vieja o acabarás convertido en su alfombra. En casa tengo jirones de ropa, recortes, restos de otros trajes. Podríamos disfrazar al niño de momia, meterlo en un ataúd egipcio y sacarlo sano y salvo. Si alguien nos pregunta qué llevamos –tengo fama de coleccionista de antigüedades–, siempre podríamos decir que estoy de mudanza, que en mi casa la humedad era inaguantable.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">¿Vestirse de momia? ¿Qué más le faltaba por escuchar para pensar que bajo tierra todos, quién más que menos, estaban grillados? Y, aunque le supiera mal, su abuelo era el peor. Si no le hubiera escrito aquella carta ofreciéndole un cuento, él estaría durmiendo entre sus sábanas de dibujos animados. Pero es que, para él, los cuentos eran como pasteles de chocolate, como monas de pascua, como regalos de Reyes. Si oía la palabra <em>cuento</em>, le pitaban los oídos, empezaba a salivar; el corazón le latía más frenético que nunca y nada lo pararía hasta que alguien empezase una historia y, al cabo de poco o de mucho, escuchaba la palabra <em>fin</em>. Pero, de hecho, ¿dónde estaba el cuento prometido por el abuelo? ¿Qué había ganado él, de todo aquello?: Un susto tras otro; una guerra de la que nadie le había hablado y que el abuelo quería olvidar; una abuela que no recordaba y que a saber dónde estaba…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Comenzaba a tener frío, dolor de pies y, por si no fuera poca cosa, ahora le perseguían para trocearlo. ¿Y todas las pesadillas que tendría después, y para el resto de su vida? El abuelo tenía noventa años, y él nueve, y quería llegar a viejo. Nunca perdonaría al abuelo. ¡No! Y mira que lo quería, pero esta vez la había hecho buena. Le venían ganas de llorar…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Sintió que le cogían de las dos manos y que lo llevaban por el pasadizo que serpenteaba tierra adentro. Pronto salieron de la oscuridad. De vez en cuando, tenían que rodear a un grupo de esqueletos sentados en el suelo ante un buen fuego, calentándose los huesos, o a grupos familiares, todos vestidos de domingo con ropa negra ellos, vestidos largos ellas, que iban con prisa. Tuvieron que esconderse de varias patrullas de policías que corrían en formación y a paso ligero. Los cuatro fugitivos debieron hacer un millar o más de pasos cuando, finalmente, después de una curva iluminada por una antorcha, Kim de la India se avanzó para abrir la puerta de su casa: echó un vistazo a su interior, y les indicó con un gesto que le acompañasen.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Cuando se metieron, Kim encendió una lámpara de aceite. La luz parpadeó antes de que la llama se acomodase. Pedro abrió los ojos como platos: ¡aquello parecía un palacio!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Había tapices colgados de las paredes y el suelo; imágenes en madera de Buda con los ojos cerrados que oraban; alfombras bordadas con hilo de oro en el suelo; dos esculturas doradas, a juego; un esqueleto sentado sobre un trono con unos papeles en la mano, vitrinas llenas de copas, cálices, relojes, jarrones, espejos de mano…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">¿Un esqueleto sentado sobre un trono?</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (13)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Aug 2021 17:40:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[El abuelo calavera]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>16. La guerra inacabable del abuelo Calavera &#160; –A los niños no se les habla de eso. Es como si estuviese prohibido, como si tuvieran que cuidar de ellos, y por eso pocos saben que en este país hubo una gran guerra. Por suerte ahora no os falta de nada: armarios llenos de ropa, baúles [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3></h3>
<h3>16. La guerra inacabable del abuelo Calavera</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">–A los niños no se les habla de eso. Es como si estuviese prohibido, como si tuvieran que cuidar de ellos, y por eso pocos saben que en este país hubo una gran guerra. Por suerte ahora no os falta de nada: armarios llenos de ropa, baúles llenos de juguetes, libros en las estanterías, ordenadores en clase. Nosotros solo teníamos diecisiete años y no sabíamos nada de la vida cuando nos vistieron de soldado y nos enviaron a luchar.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Miguel Badía ponía voz a aquellas imágenes proyectadas en la pared de la Tarántula. Ahora las observaba de arriba abajo y, como hipnotizado, hablaba sin poder parar aquella cascada de palabras que caían sobre su nieto y la peculiar compañía que le escuchaba.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Nos apodaron «la leva del biberón». «¿Diecisiete años? Si todavía deben tomar el biberón», había dicho Federica, una mujer que acabaría siendo ministra. Y a los soldaditos nos enviaron a luchar al frente del Segre y a la batalla del Ebro: los ríos bajaban rojos. Morían los chicos, abocados al infierno cuando todavía no conocían ni el amor, ni el mundo, y ni siquiera el futuro. En los pueblos, los amigos de la infancia se veían obligados a disparar contra sus compañeros de escuela solo porque pensaban diferente, porque les decían que estaban en bandos contrarios. Yo tuve suerte y sobreviví, pero muchos de mis amigos cayeron en combate y jamás volví a saber de ellos. Los padres de los chicos, al ver que no volvían del frente, perdían la voz y, con la mirada vacía, rota, se convertían en almas en pena, en muertos en vida. Si he pasado miedo alguna vez, fue durante la guerra y, si quisiera olvidar alguna cosa de mi vida, sería todo aquello. Cuando estos huesos cansados de caminar duerman el sueño de los siglos, seré feliz de poder dejar atrás aquel infierno.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y, de repente, añadió:</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡No encontrarás a mi mujer, allí!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Alguna cosa debió hacer la Tarántula, porque vimos imágenes de una boda y, de repente, al abuelo se le iluminaron las cuencas de los ojos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Anda que no era guapa, mi Mediacostilla. Con veintiún años nos casamos, recién acabada la guerra. En aquellos tiempos parecía que no hubiera un mañana, y las cosas habían de hacerse rápido. Y, ¡mira tú por donde! Este es tu padre cuando tenía 2 años. El tiempo que tardó en venir a este mundo: envejecíamos y desesperábamos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Creo que la mujer y yo todavía llevábamos el miedo en el cuerpo. Cuando tu padre llegó por fin, ¡hacía veinte años que lo esperábamos! Como corre el tiempo: ¡nunca se detiene!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Parecía realmente un álbum de fotos, de películas antiguas en blanco y negro en una sesión de cine especial.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Y éste es el día de su primera comunión. ¿Ves? Esa chica que estaba sentada a su lado sería después tu madre, pequeñajo. ¡Anda que no era mona!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Después, se veía otra boda mientras las manos del viejo acariciaban los cabellos del niño.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Tú también tardaste en venir, pequeñajo, pero éste eres tú. El miedo se transmite de generación en generación. ¡Anda, tu abuela estaba contentísima aquel día!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">De repente, las imágenes se pararon.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pues hasta aquí llegan los recuerdos –dijo la adivina. Eran proyecciones de su memoria.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Abuelo Miguel –añadió Ken–. Ya es curioso que queriendo olvidar una guerra la tenga tan presente y que, en cambio, de su mujer hemos visto poca cosa. Y eso que dice que la quiere…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Gigante, una guerra nunca se olvida y te atormenta durante todo lo que te quede de esta vida y de la otra –protestó el viejo–. Pero, entonces, ¿dónde está?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Fue en ese momento cuando Tarántula abrió una bolsita, sacó unos huesecillos y los lanzó sobre la mesa.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Veamos si los restos de mi antiguo marido pueden ayudarnos a saber dónde está la vieja –rio la Tarántula–. Veo oro, piedras preciosas, vestidos de seda fina, bordados en oro, ebanistería fina… y geranios de plástico en las ventanas…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Mi mujer detestaba las flores de plástico: decía que eran una mala imitación de la naturaleza. Y tampoco era devota del oro ni de los brillantes.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Dame la mano, viejo, que te leeré las rayas que dibujan tu futuro.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Yo ya sé mi futuro!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Sin saber cómo, la mujer le tomó la mano.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Nada –dijo–, las rayas de la vida han desaparecido por completo… ¡ni rastro! ¿No habrá nadie de su familia entre estos invitados? Eso podría ayudarme. ¡La sangre llama a la sangre!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Se dio cuenta tarde. Cuando de su boca salieron las dos primeras frases, quiso morderse la lengua que ya no tenía.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Mi nieto… este hombrecillo que acaba de traspasar…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Los largos dedos de Tarántula se lanzaron veloces dentro de las mangas del pequeño. Y de allí salió una mano humana, menuda, rechoncha, de color rosado con las uñas bien cortadas y… llena de vida.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Seguirá</p>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (12)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 17 Aug 2021 08:05:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[El abuelo calavera]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>15.    Hasta que la muerte nos separe, e incluso después &#160; –Mira que muertos, vienen muchos; muertos de hambre, muertos de risa, muertos de pena, muertos de envidia, muertos de tristeza; pero todavía no había venido nadie a verme encarnando la muerte con tanto estilo –comentó la bruja–. Si crecieras un poco más, enano, serías [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3></h3>
<h3>15.    Hasta que la muerte nos separe, e incluso después</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">–Mira que muertos, vienen muchos; muertos de hambre, muertos de risa, muertos de pena, muertos de envidia, muertos de tristeza; pero todavía no había venido nadie a verme encarnando la muerte con tanto estilo –comentó la bruja–. Si crecieras un poco más, enano, serías clavadito a la figura del dibujo. ¿Y qué llevas en el saquito, niño –que me ponga contenta?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Cuando Pedro escuchó <em>niño </em>pensó por un momento que se dirigía a él. Él no quería tratos con aquella bruja. Se movía como un insecto gigante haciendo equilibrios encima de aquel cuerpo repulsivo y monstruoso.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Ken abrió el saco y sacó un rubí, una piedra preciosa de color granate fino y, sin duda, muy valiosa. La dejó sobre la ruinosa mesa.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Qué hombre más precioso: una joya de hombre para una joya de mujer –suspiró la vieja Tarántula, o eso pareció–. De no ser tan bajito, te convertiría en mi marido. Pareces un maharajá con ese turbante. Pero estoy segura de que habrás oído que tuve cinco maridos aquí y cinco maridos allá y que a todos, de alguna forma u otra, me los he zampado. Siéntense, amigos. Podéis preguntarme lo que queráis. ¿Fortuna? ¿Mal de amores? ¿Viajes? ¿Un veneno que mata dos veces? ¿Polvos de ángel condensado para poder volar? ¿Una lengua de dragón en salsa de moscas para hablar siete idiomas? ¿Jarabe de bastón para una operación de vida o muerte? ¿Qué el Tió<a style="color: #000000;" href="#_ftn1" name="_ftnref1">[1]</a> de Navidad hable y haga porquerías en el salón de una casa? He hecho eso, y mucho más. ¿Qué os preocupa, príncipe mío?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–A mí, nada –respondió Kim–. Yo necesito poco para vivir. Solo que el viejo quiere encontrar a su mujer desaparecida.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Ah, ¿y por estas bagatelas me molestáis? Será por falta de mujeres aquí, viejo. ¡Coge la que quieras!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Pero yo quiero a mi mujer. Y no quiero otra. «Hasta que la muerte nos separe, e incluso después», le dije, y pienso cumplirlo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Caramba… veo que el hombre es todo un galán. Me gusta que todavía queden caballeros de antiguas costumbres y buenos trajes. Me gusta tu corbata negra. También tu bigote. Déjame echar un vistazo a mi bola mágica…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y dicho eso, se acercó al cráneo con las dos esmeraldas resplandecientes y comenzó a acariciarlo. Al momento, las piedras preciosas que la vieja llevaba en los ojos empezaron a chispear.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Cabecita, cabecita mágica. ¿Verdad que soy la más hermosa?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Eres la criatura más hermosa de este mundo, y del otro! –le respondió el cráneo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Gracias, mentiroso. Me halaga que no pierdas las buenas maneras. Venga, dejémonos de cháchara, que tienes trabajo. Busca en el pasado de este hombre, y encuéntrame a su mujer.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y dirigiéndose al viejo del bigote blanco, añadió:</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Cómo se llamaba la difunta?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Remedios, ¡que en paz descanse!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Que en paz descanse, nada. Si estuviese en el cielo, no estará aquí y en mala hora me habrás venido a ver.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Usted perdone –le respondió el abuelo, trastocado.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿La llamaba de alguna manera especial? Porque, como Remedios, no encuentra nada mi cabecita mágica.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El hombre dudo…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Mediacostilla! –recordó emocionado.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Mediacostilla? Qué ridículos sois los hombres enamorados. A mí, mi marido me llamaba «Escorpión Negro», «Reptil Cuatrojos» o «Mariposa Diabólica». Me gustaba esa consideración tan distinguida. Habría detestado un «florecilla mía» o «bomboncito». De hecho, todo el mundo sabe que envenené a uno de mis maridos cuando, una tarde de lluvia, se le ocurrió llamarme «solecito mío», cuando de sobras sabía que me gusta la luna y la noche. Pero bueno, concentrémonos, que estos recuerdos me dan mala espina…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">De repente, de los ojos de la calavera surgieron imágenes que se proyectaron en la pared. Parecían escenas de una película. Se oían ráfagas de ametralladora, gritos; se veían soldados caídos, aviones de combate que cruzaban el cielo, tanques que invadían la tierra y, rodeado de todo eso, un joven que cogía un fusil y disparaba.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El viejo se tapó los agujeros de su cráneo con sus huesudas manos, como si no quisiera ver nada de aquello.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Aquí no está, señora, aquí seguro que no.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;"><a style="color: #000000;" href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> <em>El Tió de Nadal («Navidad» en catalán), es un personaje mitológico representado por un tronco mágico con barretina al que, a partir del día 8 de diciembre, se le da de comer cada noche y se le tapa con una manta hasta el día de Nochebuena. Es en esa noche cuando los niños, mientras cantan canciones navideñas, golpean al Tió con bastones para que «cague» regalos. <strong>(Nota del traductor).</strong></em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (10)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Aug 2021 18:58:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[El abuelo calavera]]></category>
		<category><![CDATA[Pixar]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>13.    La historia de Ken &#160; La cuestión era saber dónde se había metido la abuela Remedios, que había traspasado –palabras del viejo– cinco años antes. Cinco años era muchísimo tiempo. Quizá la mujer, al no encontrar agujas para hacer punto, no tener amigas para hablar y explicar cotilleos del vecindario y sin la [&#8230;]</p>
<p>&lt;p&gt;The post <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz/creadores/cuento-de-verano-el-abuelo-calavera-y-yo-10/">CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (10)</a> first appeared on <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz">LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</a>.&lt;/p&gt;</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h1><a name="_Toc404850497"></a>13.    La historia de Ken</h1>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">La cuestión era saber dónde se había metido la abuela Remedios, que había traspasado –palabras del viejo– cinco años antes. Cinco años era muchísimo tiempo. Quizá la mujer, al no encontrar agujas para hacer punto, no tener amigas para hablar y explicar cotilleos del vecindario y sin la telenovela de las tardes, había decidido dejar de existir del todo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Conocí una adivina justo al llegar aquí –dijo Kim, de la India–. Ahora es una calavera rica, famosa y muy poderosa. Me han dicho que hay largas colas de espera. La visitan políticos, artistas, jugadores y filibusteros. Pero a un grupito como el nuestro no creo que nos niegue la visita. Además, creo que la podré convencer. Tiene las manos largas y por eso la llaman Tarántula. Utiliza una bola de cristal y unas cartas secretas con las que puede adivinar el futuro.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Qué futuro puede adivinar? –preguntó el viejo–. No me hagas reír, que no me quedan ganas. Veo un viaje a los mares del Sur –dijo, con una voz misteriosa–, una aventura emocionante en la selva amazónica, un matrimonio con una estrella de mar… ¡ja, ja, ja! Una gran fortuna está a punto de caer de su terraza… ¡Tonterías! Nunca creí en las brujas; pero ahora veo que tenemos una… ¡y de las gordas!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Mejor que le hagas la pelota. Igual te echa mal de ojo y pasas una semana chunga, abuelo –le advirtió Kim–. Además, tiene malas pulgas: ha metido en la prisión a más de uno por intentar engañarla. Y dicen que es familiar del gobernador. Una palabra suya, y tu cabeza rodará…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Mal de ojo? ¡Pero si ya no tengo, y ella tampoco! –se carcajeó Miguel Badía–. ¡Bruja, más que bruja!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Ken había sido un hombre supersticioso, de esos que creen que si pasas por debajo de una escalera, te encuentras el número 13 en la punta de la nariz o tiras un poco de sal encima de la mesa, la buena suerte se te gira en contra. Por eso, al oír la conversación de sus amigos, empezó a sudar y, con voz temblorosa, dijo:</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Id vosotros tres, ¡que yo me vuelvo!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Tienes miedo? –le preguntó Pedro.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Escucha, Pedro. Ken fue jugador de la NBA durante muchos años: hacía canasta tras canasta –le empezó a explicar el abuelo–. Salía en las revistas deportivas, en la televisión, vivía en una mansión a la orilla del mar y justo iba a casarse cuando, en un partido amistoso de aquellos que organizan los clubs, un jugador del equipo contrario –un hombre que se hacía llamar <em>Nadie</em>– le tiró una pelota con tanta rabia que le giró la cabeza. Él siempre dice que aquella tarde había visto entre el público un gato negro, el gato del demonio.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Un gato negro que me miraba con sus ojos azul cielo, un gato embrujado, con el pelo erizado –recordó Ken–. Y ahora, mira dónde me ha llevado el minino… ¡al agujero del mundo! Y nadie sabe dónde está <em>Nadie</em>. Y <em>Nadie </em>se quedó tan <em>pancho</em> después de haberme dejado sin cabeza. Y sé que ese gato era de <em>Nadie</em>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pedro se estaba haciendo un lío con aquella historia y ya no sabía de quién era el gato; pero, lo que más le sorprendía, era ver cómo un hombre negro tenía el mismo esqueleto que los demás. A los nueve años no entendía por qué –según muchos libros, y algunas películas que había visto– los negros habían sido perseguidos durante tanto tiempo. El hombre blanco los castigaba, prendía fuego a sus casas, asustaba a sus familias y los convertía en esclavos. Pedro se apiadó. Algo debía estar cambiando cuando el presidente del país más poderoso del mundo había sido negro.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–No lo veamos todo negro, ahora –dijo Kim–. Si la adivina puede ayudarnos, lo hará. Solo tenemos que evitar que se enfade. Ya sabéis cómo son de venenosas las picaduras de una tarántula. Y todavía no sé por qué se la conoce como «la viuda negra».</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Ken temblaba con un sonido bastante musical, como de platillos.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Seguirá</span></p>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (9)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 07 Aug 2021 10:19:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[El abuelo calavera]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>&#160; 11.    De parte de Napoleón Bonaparte&#8230; &#160; Ya estaban a punto de salir cuando se les acercó un hombre pequeñito, de huesos rechonchos, que llevaba un gorro peculiar en la cabeza y con una mano se agarraba de las costillas. De cada costilla colgaban condecoraciones; medallas de todo tipo, medida y color; galardones pasados [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<h4><strong><a name="_Toc404850496"></a>11.    De parte de Napoleón Bonaparte&#8230;</strong></h4>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Ya estaban a punto de salir cuando se les acercó un hombre pequeñito, de huesos rechonchos, que llevaba un gorro peculiar en la cabeza y con una mano se agarraba de las costillas. De cada costilla colgaban condecoraciones; medallas de todo tipo, medida y color; galardones pasados de moda y una banda roja deshilachada que le cruzaba el pecho. El sombrero era negro con dos alas que le bajaban de lado a lado de los dientes.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Soldado, ¿cómo vamos? ¿Acaso estás formando un ejército? –le preguntó al abuelo, mirando aquel mini séquito que le acompañaba–. ¿Una patrulla de pigmeos, quizás? Ya sabes que puedo ayudarte. Que perdiese la batalla de Waterloo no quiere decir que no sea un buen estratega.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Querido Pedro –dijo el abuelo Calavera–, te presento al Gran Emperador de Francia, el azote de los españoles, creador de las «guerras napoleónicas», Napoleón Bonaparte.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Es Napoleón de verdad? –y, sin dejar que respondiese, Pedro añadió–: ¿Y es cierto que nunca se quitaba el sombrero para parecer más alto que su mujer?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Eso dicen de mí? Tengo la memoria difusa así que no lo sé. Si lo has estudiado, <em>garçon</em>, sabrás que tuve diversas mujeres, pero solo un sombrero –aclaró Napoleón–. ¿Y qué hacéis por estos lugares inhóspitos? ¿Qué se os ha perdido?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Mi pequeño amigo, que quería ver mundo –respondió amablemente Miguel Badía, repeinándose el bigote, gesto que no pasó desapercibido por el antiguo Emperador.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Ya me gustaría tener un bigote acaracolado como el suyo. Antes me hacía cosquillas, y ahora, no hay forma de hacerlo crecer. Con un bigote como ese, podría usted hacer de mariscal de campo, teniente coronel o general de los ejércitos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Miguel Badía había sido caporal en una guerra vieja, olvidada, que había enfrentado hermanos contra hermanos y de la cual hacía ya setenta y cinco años. Aquella guerra había hundido a todo un país en la miseria, muchos habían muerto y muchos dormían todavía el sueño eterno en tumbas sin nombre. Por eso, el abuelo no quería saber nada de ejércitos, ni de soldados, ni de conquistas, trofeos o galardones que se concedían en grandes ceremonias según el número de muertos que llevabas en la conciencia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Muchas gracias, Emperador. Tenemos mucho que ver, y vamos tarde.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Qué prisas son esas? Hasta que la cabeza no ruede por última vez, todavía nos queda una buena pila de años. Aunque tengo la sensación de que se me escapa la memoria… si la encontráis, decidle que la estoy buscando. De parte de Napoleón, claro…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pedro estaba a punto de decir, bajo su capucha capuchina, que él debía estar en casa por la mañana antes de que su madre fuera a despertarlo el día de Navidad, pero Kim le tapó la boca justo a tiempo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Adiós, metro y medio! –sonrió el jugador de básquet de dos metros quince, dándole la espalda.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Chaval, mejor que estés calladito –le recomendó el abuelo– y, si alguien te pregunta, estás tan muerto como nosotros. ¿No querrás que te hagan pedacitos, verdad? La envidia, tanto aquí como allá, sigue siendo el peor de todos los pecados.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">A medida que pasaba tiempo en aquel mundo tan sorprendente, Pedro iba ganando confianza, se sentía más seguro. Todo aquello era alucinante, y tomaba nota: cuando al colegio le pidiesen una redacción de «tema original», ya sabría que contar. No como la última vez, que se había quedado en blanco.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Pero es Napoleón, o no lo es, abuelo? Tenía una voz muy rota de tanto gritar a los ejércitos, ¿verdad que sí?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Era él. El tiempo lo estropea todo, también las cuerdas vocales. Verás, te he explicado pocas cosas de estos «parajes desolados», como dice el <em>monsieur</em>. Aquí tampoco vivimos eternamente. Pasa lo mismo aquí abajo que arriba. Si haces el vago, te despreocupas del trabajo y los estudios, dejándote ganar por el «ir haciendo», que quiere decir «no hacer nada», acabas por convertirte en un muerto en vida: se te borra el cerebro, un órgano fundamental que hace falta amasar, como un buen pan en manos del panadero. Nosotros intentamos estar siempre activos. Si yo te explico cuentos, echo una partida de ajedrez, estudio, rejuvenezco los recuerdos, meneo mi imaginación –que no es poco–, y ejercito mis huesecillos –un día bailo, otro hecho un partido de fútbol o una carrera de sacos– el cuerpo y la mente se mantendrán firmes, alertas. Si me pones a bostezar y a mirar las obras, como los viejos que se sientan en la plaza hasta que les llega la muerte, pronto me harían jaque mate y se acabó el juego. Mi cabeza rodaría por el suelo y con mis bracitos fabricarían instrumentos musicales. Pero, tarde o temprano, quizá a los cincuenta años desde que venimos aquí abajo, quizá a los ciento cincuenta, nuestro cuerpo, cansado de vivir, se convierte en polvo. Pero mientras eso no pase, ¡más vale que nos activemos! Y ya que digo esto… ¡vámonos!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">(Seguirá)</span></p>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (8)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 03 Aug 2021 17:04:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[El abuelo calavera]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>&#160; 11. El Café de los Desencantados –¡Hueles a colonia de la buena, chaval! –gritó Ken al niño, desde las alturas–. Aquí abajo los sentidos se desarrollan: vemos mejor, oímos mejor y, aun habiendo perdido la nariz –que ni falta nos hace, excepto para llevar gafas–, olemos mejor. Abuelo Miguel, propongo que nos pasemos por [&#8230;]</p>
<p>&lt;p&gt;The post <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz/creadores/cuento-de-verano-el-abuelo-calavera-y-yo-8/">CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (8)</a> first appeared on <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz">LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</a>.&lt;/p&gt;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;"><span style="color: #000000;"><strong>11. El Café de los Desencantados</strong></span><br /><br /><span style="color: #000000;">–¡Hueles a colonia de la buena, chaval! –gritó Ken al niño, desde las alturas–. Aquí abajo los sentidos se desarrollan: vemos mejor, oímos mejor y, aun habiendo perdido la nariz –que ni falta nos hace, excepto para llevar gafas–, olemos mejor. Abuelo Miguel, propongo que nos pasemos por el bar-cafetería El Café de los Desencantados a ver si al niño se le pega algún otro olor más apestoso. Ya sabes que allí hay fumadores y el humo ensucia a toda criatura, viva o muerta.</span><br /><span style="color: #000000;">Al abuelo Miguel le pareció una idea fantástica y, sin pensárselo, los tres esqueletos y un pequeño monje, al que no se le veía ni la punta de la nariz, se desviaron del pasillo tras coger una antorcha. Aquel rincón estaba más animado: se cruzaron con esqueletos que charlaban amigablemente; con una bicicleta conducida por un loco sin cabeza que la había guardado en la cesta de delante; con una joven patinadora de una sola pierna; tres niños que jugaban al fútbol con la cabeza de uno de ellos, y dos perros lobo. Las pobres bestias intentaban, sin éxito, echar una meadita en la pared.</span><br /><span style="color: #000000;">El bar, cuarenta pasos más allá, estaba a reventar. Había un esqueleto que caminaba haciendo eses. Iba cubierto por un abrigo viejo del cual, dentro de un bolsillo faldero, sobresalía el cuello de una botella verde. Lo primero que supo Pedro es que un pisotón esquelético encima de su pie derecho dolía muchísimo&#8230;</span><br /><span style="color: #000000;">–¡Mire por dónde va! –le gritó Kim de la India empujándolo a un lado. También le había pisado a él. Aquel saco de huesos borracho se desmontó como un rompecabezas al caer al suelo, sin que nadie hiciera demasiado caso del accidente.</span><br /><span style="color: #000000;">La barra del bar estaba ocupada por una fila de esqueletos desnudos que hablaban delante de vasos y botellas vacíos mientras fumaban cigarrillos y habanos. La peste de aquel lugar era inaguantable: tumbaría a cualquiera. El niño comenzó a toser con una tos demasiado humana. ¿Es que no sabían que en los locales pequeños estaba prohibido fumar? ¡Eran las nuevas normas! Claro que, en aquel mundo, las leyes humanas de poco valían. Los fumadores inspiraban el aire de sus habanos, entraba garganta abajo siguiendo la costumbre de cuando vivían, y se dispersaba por las costillas; un hilo de humo se escapaba por los orificios de los ojos, otro lo hacía por las narices de manera que parecía que estaban, todos y cada uno de los fumadores, bajo un incendio provocado. Al fondo del local había una orquestra de lo más particular: un batería con gafas de sol golpeaba con dos fémures una colección de cráneos que, curiosamente, sonaban huecos.</span><br /><span style="color: #000000;">–Estaban vacíos en vida, y siguen vacíos tras morir –filosofeó el abuelo Calavera respondiendo a la mirada de su nieto–. Antes estaban llenos de serrín, y ahora están llenos de agua; unos más llenos que otros, por eso el sonido cambia.</span><br /><span style="color: #000000;">Un percusionista tocaba las costillas de un músico con sus falanges, como quien toca el arpa, ¡pero sonaba como un xilófono! Cada costilla estaba pintada de un color distinto.</span><br /><span style="color: #000000;">–Si se pone de moda esto de pintarse las costillas –se quejó Kim–, me temo que causará furor y acabaremos yendo como un arcoíris. No te extrañes, chaval. También tenemos gente chalada aquí abajo. ¿Qué es más absurdo? ¿Pintarse las costillas, o bajarse los pantalones hasta los muslos con el culo al aire, como hacéis en vuestro mundo…?</span><br /><span style="color: #000000;">Un tercer instrumentista tocaba su propia pelvis, que había cubierto con un pedazo de ropa, y sonaba como un timbal. Y un quinto frotaba una tibia contra otra e imitaba el sonido de un violín.</span><br /><span style="color: #000000;">–¡Son muy buenos! –aplaudió Ken, con un sonido seco–. Se les conoce como El Quinteto de la Muerte. ¡Tocan de miedo! Casi que te mueres del gusto al oírlos, ¿eh?</span><br /><span style="color: #000000;">Un grupo de bailadores, en primera fila, movían el esqueleto con bastante gracia y con tanta intensidad que no era extraño ver una mano, un pie o incluso una pelvis salir disparadas.</span><br /><span style="color: #000000;">Pedro decidió escuchar más atentamente. Le gustaba aquella melodía que iba y venía. Era triste y alegre, oscura y luminosa, lenta pero marchosa. Todo era muy extraño…</span><br /><br /><span style="color: #000000;">A las puertas de la muerte</span><br /><span style="color: #000000;">Ricos y pobres sin suerte</span><br /><span style="color: #000000;">Todos tiemblan y se quejan</span><br /><span style="color: #000000;">Mira tú si se asemejan</span><br /><br /><span style="color: #000000;">Unos hacia el cielo van</span><br /><span style="color: #000000;">Otros al infierno irán</span><br /><span style="color: #000000;">Habrá que decirles algo</span><br /><span style="color: #000000;">Que es para lo que yo valgo</span><br /><br /><span style="color: #000000;">Y es que…</span><br /><span style="color: #000000;">Muere de gusto</span><br /><span style="color: #000000;">Qué disgusto</span><br /><span style="color: #000000;">Muere de apetito</span><br /><span style="color: #000000;">Qué gustito</span><br /><span style="color: #000000;">Muere de risa</span><br /><span style="color: #000000;">Y sin prisa</span><br /><span style="color: #000000;">Muere de añoranza</span><br /><span style="color: #000000;">Pero con esperanza</span><br /><span style="color: #000000;">Pero muere… ¡muere, muere, muere!</span><br /><span style="color: #000000;">Muere de pena</span><br /><span style="color: #000000;">Ay, mi nena</span><br /><span style="color: #000000;">Muere de espanto</span><br /><span style="color: #000000;">Casi como un santo</span><br /><span style="color: #000000;">Muere de amor</span><br /><span style="color: #000000;">Sin rencor</span><br /><span style="color: #000000;">Muere de viejo</span><br /><span style="color: #000000;">Don pellejo</span><br /><span style="color: #000000;">Pero muere… ¡muere, muere, muere!</span><br /><span style="color: #000000;">Y al vivo no se le ocurre</span><br /><span style="color: #000000;">Pero esta canción ya me aburre</span><br /><span style="color: #000000;">El muerto se ha echado la siesta</span><br /><span style="color: #000000;">Y ahora quiere su gran fiesta</span><br /><span style="color: #000000;">Que empiece la velada</span><br /><span style="color: #000000;">Viva la calaverada</span><br /><span style="color: #000000;">Y aunque estemos bien difuntos</span><br /><span style="color: #000000;">¡A la fiesta, todos juntos!</span><br /><span style="color: #000000;">Y es que…</span><br /><br /><span style="color: #000000;">–Qué canción más estúpida –refunfuñó el niño cuando la melodía volvía a comenzar.</span><br /><span style="color: #000000;">–¿Decías algo, Pedro? –le preguntó su abuelo.</span><br /><span style="color: #000000;">–¿Y por qué se llama el Café de los Desencantados? –mintió Pedro bajo el hábito de monje, oliendo ya a viejo y a tabaco.</span><br /><span style="color: #000000;">–Gente desencantada, que mataban el tiempo sin saber qué hacer y dejando que se les escapase con bagatelas, y así siguen –respondió Ken.</span><br /><span style="color: #000000;">–Problemas de amor, desengaños, pérdida de fe en el género humano, apatía. Son gente que se ha ido muriendo en vez de luchar, del género de los cobardes, de los gandules, de los sangre de horchata –añadió Kim.</span><br /><span style="color: #000000;">–Creo que ya te has aireado bastante –concluyó el viejo–. La fiesta dura más allá del mediodía, cuando vosotros tenéis el sol bien arriba. ¡Será mejor que nosotros nos vayamos con la música a otra parte!</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Seguirá&#8230;.<br /> </p>
<p>&lt;p&gt;The post <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz/creadores/cuento-de-verano-el-abuelo-calavera-y-yo-8/">CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (8)</a> first appeared on <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz">LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</a>.&lt;/p&gt;</p>
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