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	<title>el abuelo calavera y yo &#8211; LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</title>
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	<description>Blog de creatividad, literatura y felicidad</description>
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	<title>el abuelo calavera y yo &#8211; LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</title>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (20)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 03 Sep 2021 17:42:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>26.   E hizo crash &#160; No fue el viento el que empujó las cortinas, sino la vieja Tarántula de patas largas, brazos largos, desdentada, ¡y sin peluca! –¡El monztruo, el monztruo eztá aquí! –gritó al verle. Sin dientes, sin pelo, y sin las bestias que vivían en su interior, perdía todo su aspecto terrorífico… Solo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3></h3>
<h3>26.   E hizo <em>crash</em></h3>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">No fue el viento el que empujó las cortinas, sino la vieja Tarántula de patas largas, brazos largos, desdentada, ¡y sin peluca!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡El monztruo, el monztruo eztá aquí! –gritó al verle.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Sin dientes, sin pelo, y sin las bestias que vivían en su interior, perdía todo su aspecto terrorífico… Solo era una osamenta tarada que se había puesto dos fémures y dos húmeros para parecer más alta. Y lo que vio Pedro, lejos de asustarle, fue una montaña de mondadientes que venía hacia él. O, como había dicho el gigante, «un saco de huesos». Sin dientes, no podría darle ningún mordisco. Lo único que podía hacerle Pedro era la zancadilla.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Hubo un segundo <em>crash</em>. Y desde la considerable altura de la vieja Tarántula, el batacazo fue tremebundo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Muy bien hecho! –gritó el abuelo, que ya no veía por ningún ojo, orgulloso de su nieto–. Y ahora átala, Pedro. Ken, ven y ayúdame a que la vieja no se mueva. Y quítale la cabeza, Pedro sin miedo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡A mí no me toquez, monztruo! –gritaba la Tarántula con la cabeza ya separada del cuerpo que, como la cola de una lagartija, todavía seguía moviéndose.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Kim asomó la nariz en aquel momento y Ken ya estaba por allá para ayudarles.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Separad los huesos! –gritó la cabeza del viejo–. Ponedlos dentro de un saco. ¡Los iremos esparciendo por el camino para que la bruja jamás tenga la cabeza sobre los hombros!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Finalmente, con la vieja Tarántula bien atada, y todavía desdentada, Pedro cogió la cabeza de su abuelo y se la dio a Kim. Las esmeraldas resplandecientes de Tarántula se habían apagado.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Estás bien, abuelo?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Tengo la cabeza dura y bien formada, no como estas cabezas de pacotilla.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Ken, devuelve la cabeza a su propietario, y ven con él y Bartomeu –dijo con una gran sonrisa el indio que arrastraba un turbante hecho de telarañas–. Os esperamos aquí, ¡y después te acompañaremos a la salida, pequeñajo!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La cabeza del abuelo Miguel desapareció con el jugador de largas piernas.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La vieja estaba atada como un haz de leña: le habían quitado todas las costillas y, de paso, Kim se había puesto bien cerca para regalarle unas palabras.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Vieja Tarántula: sois tan bonita que un escarabajo bizco, un ciempiés cojo y una serpiente rompehuesos sin cola me parecen criaturas magníficas a vuestro lado. Antes besaría un vampiro que a vos; porque, además, no os laváis los dientes y os apestan porque las «dejáiz» en abrillantador. Además, vuestras palabras me producen gases en la barriga, indigestión molesta y ventosidades de todo tipo. Porque la gente ha de aprender a envejecer, y vos no sois sino una niña consentida con mal gusto en la ropa, por no hablar de peinados. Hay gente maravillosa que se le acusa de estar en los cerros de Úbeda y eso siempre será mejor que saber que tú te has quedado aquí sola y amargada. Y nada más, que me cansáis, vieja pelleja, cabeza hueca…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Todo eso, y más, le dijo Kim a Tarántula. «¿Ser o no ser? No sois nadie y, por no ser, no sois ni señora», concluyó mientras Pedro se dedicaba a rebuscar en los dominios de la vieja.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El niño encontró, en otra habitación, muchas jaulas con animales vivos: ratones blancos, conejos, gatos y perros que la bruja debía utilizar para sus experimentos de magia. Abrió las jaulas y los animales huyeron despavoridos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Sabrán encontrar la salida –se dijo a sí mismo con voz tierna.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Había un viejo libro de sortilegios que también se llevó, no sea que cayese en malas manos. Lo guardaría para llevarlo a quemar en la hoguera de San Juan.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En aquel momento entró en la habitación su abuelo, por fin entero, y le dio un gran abrazo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Ves cómo el miedo no sirve de nada? –le dijo el abuelo–. ¿Sabes qué le decía yo a tu padre cuando era pequeño?: «El miedo es para los cobardes. Te frena el pensamiento, el cuerpo se hace pesado y, con los ojos en blanco, no ves cómo solucionar nada. Mente despejada, corazón frío, y el miedo se va».</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El niño se echó a reír. Ahora ya sabía de dónde lo había aprendido su padre.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Lo has hecho muy bien –le dijo el abuelo–. Muy bien, ¡formamos un gran equipo!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El camino de vuelta al cementerio del pueblo, bajo tierra, fue tranquilo. Ahora que había vuelto a cogerle cariño al abuelo –o lo que quedaba de él–, ¡había llegado el momento de volver a casa! Los caminos, los rincones, los pasillos estaban vacíos y nadie les estorbaba. Solo un <em>crash </em>de vez en cuando parecía molestarles: eran los huesos de la vieja Tarántula que iban cayendo al suelo, bien lejos unos de otros para que jamás volvieran a encontrarse. La cabeza hizo un buen <em>catacroc </em>al interior de un cubo de la basura que alguien había tenido la amabilidad de poner cerca de la salida…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y pronto, de la vieja Tarántula, no quedaría ni el recuerdo.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (16)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 27 Aug 2021 06:03:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[el abuelo calavera y yo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>21.    El número de la bestia &#160; ¡A oscuras, en aquel lugar inhóspito donde el hombre había desaparecido haría dos mil años o más! Los cuatro fugitivos, a gatas, acabaron rodeando al niño. Al norte, el abuelo; al sur, en los hombros, Ken; Kim, al este y Bartomeu, al oeste. No les quedaban uñas, pero [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span style="background-color: #d5d5d5;">2</span>1.    El número de la bestia</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p>¡A<span style="color: #000000;"> oscuras, en aquel lugar inhóspito donde el hombre había desaparecido haría dos mil años o más! Los cuatro fugitivos, a gatas, acabaron rodeando al niño. Al norte, el abuelo; al sur, en los hombros, Ken; Kim, al este y Bartomeu, al oeste. No les quedaban uñas, pero sí dientes para defender al nieto del abuelo Miguel de lo que fuera que viviera en aquella caverna. Pero si huían los hombres, también lo harían las bestias, ¿no?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">De repente, una cerilla se encendió.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Dadme las gracias de que en mi saco no lleve solo piedras preciosas para halagar a las damas, sino objetos a veces más preciados, como una caja de cerillas –explicó Kim–. Pero mi cabeza ya no es lo que era, así que solo tengo tres cerillas. Quizá a oscuras estemos mejor, porque ya sabéis que la luz atrae a las mariposas y a los mosquitos. Y no son los mosquitos lo que más me preocupa…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Otra cosa se movía, venía a por ellos, flotaba por las aguas. Cuando Pedro vio lo que corría por ahí, se le heló la sangre: ¡serpientes de largas colas se acercaban!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Serpientes dentadas rompehuesos! –gritó Bartomeu Casas–. Creía que eran una leyenda. Son serpientes que comen huesos… a ti no te harán daño, pequeño. Son bestias poco inteligentes y no saben que tú también tienes huesos. Pero nosotros… se nos zampan como si fuéramos espaguetis.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En aquel momento, la llama temblorosa y débil se apagó, obligando a Kim a encender la segunda cerilla.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Soldados, soldados. ¡Huyamos! –gritó Miguel Badía–. Haremos <em>castells</em>. Un pilar de cuatro y Pedro, de <em>enxaneta<a style="color: #000000;" href="#_ftn1" name="_ftnref1"><strong>[1]</strong></a></em>. Kim, tú que eres bajito, nos harás de base.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Aquel no era momento para lecciones castelleras: para el resto del grupo, hablarles de <em>castells</em> era como hacerlo de cacerolas o de un plato de albóndigas. El viejo se apresuró a que Ken se subiera encima de Kim. Y le pidió a Bartomeu que hiciera de puente sobre los dos. Ya solo faltaba que el niño subiese por la montaña de huesos. El abuelo sería el último en subir.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Las serpientes rompehuesos de lomo negro se enrollaban en el cuerpo de la víctima, como una pitón, hasta cubrirlo del todo. Después, con los anillos de su cuerpo, los apretaba hasta que se rompían los huesos y así, bien triturados, se los comían. Ya comenzaban a subir por las piernas del abuelo cuando un nuevo peligro cayó sobre ellos: más esqueletos que se acercaban lentamente. Pedro se dio cuenta rápidamente de qué los hacía tan peligrosos. Sus dientes no eran normales: los incisivos eran más largos de lo habitual y cabalgaban la mandíbula inferior.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Chupasangres! –gritó Ken. Fue terminar de pronunciar la palabra, y un ejército de murciélagos surgió de entre la oscuridad. El batir de las alas producía un viento caliente y antiguo que apagó la segunda cerilla.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Kim encendió la última cerilla, protegiéndola de los roedores alados. La torre humana estaba en peligro: ¡los murciélagos comenzaban a cubrirla! Gritaban con pequeños gruñidos que te dejaban sordo. Cuando ya les rodeaba el grupo de vampiros, el viejo agarró a su nieto y lo levantó. Ya iban a clavarle los dedos afilados en las piernas rechonchas del niño, cuando Ken lo empujó y lo hizo subir hasta que Bartomeu lo colocó en el piso superior, sano y salvo. Después, el jugador de básquet, de golpe, estiró al viejo justo cuando las serpientes se iban a meter por la pelvis del abuelo. Kim había encendido su turbante, una larga prenda de calicó, para espantar a las serpientes. ¿Por qué no se le habría ocurrido antes? Los vampiros no parecían temer las llamas porque empezaron a subir por la misma torre. Entonces Ken, cogiéndose con los pies a las costillas del enano, lo alzó y, juntos, subieron por el cuerpo del cartógrafo como si fuera una escalera. Bartomeu, que ya no veía nada, temía que, con tanto peso, acabara partiéndose en dos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Empujaron a los esqueletos vampíricos, que se pegaban como parásitos al cuerpo del enano. Su táctica era engancharse a los huesos y comenzar a roerlos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Cuando los cinco estuvieron arriba, con la llama que devoraba los restos del turbante del indio, salieron corriendo por las galerías del octavo subterráneo, no sin antes percatarse de que alguna otra cosa estaba llegando ahí abajo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Corred! –gritó Bartomeu– Si las leyendas son ciertas, acabamos de escapar de Uahalana, el espíritu errante de la Gran Bestia Negra: devora todo aquello que ve incluyendo tierras, ríos y todo tipo de criaturas. Utiliza a los humanos como mondadientes. Algún día, más tranquilamente, os explicaré su historia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y mientras huían: piedra que pisaban, piedra que se hundía. Hasta que no encontraron la rampa que les permitiría cambiar de nivel, no dejaron de correr.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">¿Serían capaces los chupasangre salir volando tras ellos? ¿Y el espíritu de Uahalana?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡No mires atrás! –gritó el viejo al niño bajo la estela humeante del turbante del enano.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> <em>Un Castell (del catalán, «castillo») es una torre humana de varios pisos de altura, que se construye como tradición catalana durante las fiestas populares. La <strong>exaneta</strong> es la persona que corona la torre, normalmente un niño o una niña pequeños, protegidos con un casco. <strong>(Nota del traductor).</strong></em></p>
<p>Seguirá</p>
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		<title>CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (15)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jordi Folck]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 22 Aug 2021 08:32:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creatividad]]></category>
		<category><![CDATA[el abuelo calavera y yo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>&#160; 19.    Batallitas –No os asustéis, soy yo, Bartomeu. Todos se habían horrorizado al oír aquella voz; pero Pedro se había llevado el peor susto: el corazón le iba a dos mil revoluciones por minuto, ¡como mínimo! –Bartomeu Casas, ¿qué haces aquí? –le preguntó Kim. –¿Sabéis que os buscan, no? Tarde o temprano volveríais a [&#8230;]</p>
<p>&lt;p&gt;The post <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz/creadores/cuento-de-verano-el-abuelo-calavera-y-yo-15/">CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (15)</a> first appeared on <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz">LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</a>.&lt;/p&gt;</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3></h3>
<p>&nbsp;</p>
<h3>19.    Batallitas</h3>
<p>–<span style="color: #000000;">No os asustéis, soy yo, Bartomeu.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Todos se habían horrorizado al oír aquella voz; pero Pedro se había llevado el peor susto: el corazón le iba a dos mil revoluciones por minuto, ¡como mínimo!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Bartomeu Casas, ¿qué haces aquí? –le preguntó Kim.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Sabéis que os buscan, no? Tarde o temprano volveríais a casa, y he venido deprisa a advertiros que, justamente, no se os ocurriera pasaros por aquí. Será el primer sitio al que vengan a mirar.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Muy deprisa has llegado cuando estás a media hora de camino…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Tranquilo, he venido en bicicleta. Se la robé a un policía.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Con los problemas que ya tenemos, y se te ocurre robar una bicicleta? –refunfuñó el abuelo Calavera.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Ya se la devolveré. Buscan a un niño humano, un viejo de bigote blanco, un enano y un campanario. Lo de «campanario» va por ti, Ken Wilson. Y he oído que la policía y voluntarios registrarán casa por casa hasta dar con vosotros. Cualquier embalaje, caja grande o pequeña que la gente lleve la requisan sin dar explicaciones. La policía está encantada. Por fin tienen un trabajo que les gusta: ¡atrapar un malhechor! Corre el rumor de que se ha introducido un elemento extraño en nuestro mundo, una especie de virus humano que puede traer enfermedades y mucho cotilleo. Sería buena idea que os separaseis: buscan un niño de piel rosada. Tarántula todavía grita de espanto.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Yo nunca abandonaré a mi nieto. Yo le metí en todo esto, y yo le sacaré sano y salvo. No es el momento de meter la cabeza bajo tierra, como hacen los cobardes. Recuerdo que, durante la guerra…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Abuelo, no es hora de batallitas! –le cortó Bartomeu. Tendrías que afeitarte el bigote si no quieres que te pillen.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Eso, nunca! Mi bigote también es mi dignidad y va a juego con el traje. Búscate otra solución.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Sabía que dirías eso! –afirmó Bartomeu, con seguridad–. Como reputado cartógrafo, viajero incesante y hombre de mundo, os traigo los planos de nuestra ciudad. Y si el niñito quiere escuchar mi lección, os explicaré la manera de salir de aquí sin ser vistos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Se aclaró la voz –o eso supuso Pedro–, porque abrió la mandíbula y los dientes –no hay uno sin el otro–, estiró el cuello, petó las vértebras, sopesó su caja torácica y comenzó.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Las ciudades subterráneas tienen miles de años de historia: datan de los hititas, el eterno enemigo de los faraones. De hecho, cuando el faraón Ramses II alzó Abu Simbel, hizo construir unos relieves donde él aparecía como ganador de una batalla contra los hititas que nunca se produjo. Fue la primera gran mentira de la historia que…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Al grano, al grano! –le interrumpió el viejo, perfilándose con nerviosismo el bigote.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–En cualquier caso, estas ciudades fueron construidas para defenderse del enemigo. Solo era necesario cerrar los accesos al exterior con grandes piedras para que nadie pudiera encontrarlos. Pero claro, había pozos de ventilación para que los dos mil o tres mil habitantes pudieran respirar…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Me gusta la historia, Bartomeu –le interrumpió de  nuevo el viejo–, y te escucho embobado; pero mientras nos buscan casa por casa, nos acabarás explicando de pe a pa cómo era el baño de leche de burra de Cleopatra y, sinceramente, no es el momento. ¿Tú hablabas de batallitas? ¡Qué te conozco, chaval!</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<h3>20.    Breve lección de historia y geografía</h3>
<p><span style="color: #000000;">–En Capadocia, el país de las hileras de humo de las hadas, esa especie de paraguas, como sombreros de roca basáltica, a la tierra de las seiscientas iglesias excavadas de roca, de las treinta y seis ciudades subterráneas a sesenta y ochenta metros bajo tierra…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Al grano, al grano! –lo cortó Kim temiendo que, de un momento a otro, llamasen a la puerta de su casa.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–… en aquellas ciudades subterráneas vivían hasta veinte mil habitantes. No ha habido ninguna otra así en otros lugares del mundo. Todas ellas tenían caballerías, pozos de agua, templos, cocinas, comedores, celadores… En Turquía eran el lugar de reunión de los primeros cristianos que tuvieron que escapar de la persecución, como este niño que ahora no es perseguido por su fe, sino porque ha metido la nariz en los dominios de…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Al grano, al grano! –insistió ahora Ken, pensando que aquel «campanario» debía darse el piro lo antes posible.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Bueno, a lo que iba… –continuó el historiador–. Algunas de estas ciudades subterráneas se comunicaban entre ellas bajo tierra. A pesar de que cerraban el acceso principal con piedras, siempre había alguien que tenía que salir a buscar alimentos, aunque le costase varios días. Atravesaban el vientre de la Tierra y viajaban a otra ciudad que no estuviera siendo asediada… Había pasadizos de nueve kilómetros de largo, pequeños y estrechos, pero suficientes para que un grupo de ciudadanos con la cabeza gacha pudiera huir. Huir a Derinkuyu, a Capadocia, a las tierras turcas…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Qué propones, Bartomeu?  –le preguntó Miguel Badía, que todavía no adivinaba a dónde quería ir a parar el historiador y cartógrafo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Un viaje exploratorio: mientras buscamos una salida, y yo recojo restos de antiguas civilizaciones, dibujo nuevos caminos, pasadizos y tal vez descubrir alguna nueva ciudad, el niño aprende una lección de historia con mayúsculas sabiendo que nadie le va detrás y que un día, no muy lejano, podrá volver a su casa. En la época de los romanos, a partir del siglo segundo después de Jesucristo, algunas de estas ciudades fueron reconvertidas en catacumbas…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Quítate eso de la cabeza! –exclamó el viejo–. Mi nieto ha de volver a su casa esta misma noche. ¿Por qué no reconoce el gran Bartomeu que le asusta la oscuridad e ir solo, y que sin ayuda de sus amigos es casi incapaz de cruzar la calle? Si has venido en bicicleta, ¡era por no ir solo! Déjate los viajes exploratorios para más adelante y te prometo que, si nos ayudas a salir de aquí, viajaremos contigo hasta las entrañas de la Tierra.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El hombre agachó la cabeza.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¿Haríais eso por mí?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Eso haremos –le prometió el viejo–. Pero ahora, tú que eres conocedor de los interiores de este mundo, condúcenos a la salida por los pasadizos más oscuros y menos transitados para que, cuando cante el gallo, mi nieto esté en casa.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Y si no canta… ¿no podríamos alargarlo?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–¡Bartomeu! –le advirtió el viejo–. ¡Déjate de juegos!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Bartomeu Casas repartió unos papeles sobre una mesa con un largo suspiro mientras Miguel Badía guardaba, con mucho cuidado, su corbata en el bolsillo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">–Entonces… la única posibilidad es bajar hasta lo más profundo. E ir con mucho cuidado: las paredes de adobe se descostran con la humedad, y si no se reparan hay peligro de derrumbe. Debe de hacer centenares de años que nadie ha bajado hasta tan abajo. ¡Quién sabe lo que encontraremos! Tendríamos que descender hasta el noveno subterráneo. Nos traerá suerte: noveno subterráneo, noventa años del viejo, nueve años de la criatura… El cero no cuenta, ni aquí ni allá. Por tanto, nos da un 999… –y de repente, alarmado, Bartomeu añadió–, ¡que es un 666 al revés, el número del demonio! ¡Huumm…</span> <span style="color: #000000;">ahhh… ohhh! ¡Vayamos por el séptimo subterráneo, por si acaso!</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Seguirá</p>
<p>&lt;p&gt;The post <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz/creadores/cuento-de-verano-el-abuelo-calavera-y-yo-15/">CUENTO DE VERANO: EL ABUELO CALAVERA Y YO (15)</a> first appeared on <a rel="nofollow" href="https://jordifolck.xyz">LA VIDA ALEGRE DE JORDI FOLCK</a>.&lt;/p&gt;</p>
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