El triunfo de la estupidez (o ¿qué les pasa a los jóvenes?)

Perdonará el lector mi ausencia estos quince días: me atraganté con una novela propia que quería mandar a un concurso cuyo límite eran 100 páginas y mi manuscrito llegaba hasta los 137: o cambiaba de concurso o recortaba el manuscrito. Hice lo primero. ¿Para cuando los editores y sus cohortes pensarán también, en el escritor?
Hoy, tres reflexiones breves pero contumaces, que podrían englobarse en una sola pregunta: ¿qué les está pasando a nuestros jóvenes?
Primer caso: Me acerco hasta el monasterio de Montserrat decidido a llegar hasta los casi 1300 metros de altitud de la antigua ermita de San Jeroni: hará ya cincuenta años que desapareció el funicular. La única forma de llegar hasta la Rosa de los Vientos, cerca del monumento al poeta Mossèn Cinto Verdaguer erigido en los años 50, es a pie desde la ermita de Sant Joan andando apenas hora, hora y media.
Les aseguro que vale la pena: el paisaje abrupto, rocambolesco, con sus extrañas figuras parecen salidas de la pluma de un poeta surrealista; son como los caligramas de Marinetti.
Uno, llevado por sus ensoñaciones y bajo un calor riguroso de agosto asciende las escaleras que llevan a lo más alto de las montañas sagradas. ¿Y qué encuentra ahi?  un grupo de teenaggers franceses con un radiocassette que emite reggaton. En vez de asombrarse por los 360º del paisaje o asomados a la rosa que señala montes y espacios, que dice sus nombres y sus altitudes están clavados a sus móviles. Los profesores callan, sin increparles, sin conminarles a que, a esa altura, lo verdaderamente hermoso nunca estará en sus celulares y que, probablemente, jamás regresen a ese techo del cielo, a esa atalaya orgullosa y empinada.
Segundo Caso: Domingo mediodía  almorzando en una terraza de una pizzería, un muchacho, también teenagger, mete los vasos vacíos de la coca cola light por el buzón de correos. Mi compañero de mesa, al verle (y yo de espaldas) le increpa. El muchacho que buscaba la risa de sus compañeros, su aprobación, aplausos para su estupidez, baja la cabeza. El gallito deja de cacarear. Poco después un transeúnte deposita una carta en ese buzón-basura. Sus compañeros sigue riendo.

Y tercer caso:  youtube me informa de un influencer que ha alcanzado los 15 millones de visitas por vídeos tan edificantes como gritar cuando se rasura el sobaco (ya son 4 los influencers que le imitan a carcajadas y con el beneplácito de sus fans) probarse ropa que le han regalado o reconocer que ha borrado vídeos de su canal, ante el enfado mayúsculo de sus fans.

Pienso que, pronto, no serán los periodistas quienes presenten los programas de televisión, sino los youtubers, los influencers que, sin estudios, pero con mucha cara dura, se convertirán en los héroes de los estúpidos, en los modelos a seguir. Visitan librerías con sus testimonios  y deben proteger las largas colas entre vallas donde sus fans adolescentes se desmayan gritando el nombre de su amada. Me refiero a la visita de Dulceida a la ciudad de Reus

https://www.diaridetarragona.com/reus/La-famosa-blogera-de-moda-Dulceida-revoluciona-Reus-20170505-0021.html

Sobran reflexiones. A mí, me asusta esa estupidez de gente desnortada. Yo también fui joven, e incluso, por qué no, desnortado pero quiero suponer que transitaba por ese estado de bobería en momentos concretos. El problema de la actual generación es que se ha instalado  en la estupidez como una forma de vida que va desde los botellones y sus crisis alcohólicas hasta las formas más refinadas de bullying, a perpetuar y seguir modelos con pies de barro, a pegarse a su tecnologías móviles y a dar la espalda a la cultura como algo, francamente aburrido. Lamento la terrible moralina que desprenden estas reflexiones y reconozco que no tengo respuestas pero esa necesidad continua de llamar la atención, al precio que sea, me descoloca. Y admiro a cierto profesorado que se inmiscuye en la persona y en el futuro profesional y quiero entender que no todo está perdido: posiblemente ellos sean, nada más, el reflejo de  una sociedad atribulada, precipitada, desafectada por la política y la religión, que, definitivamente, están quedando fuera del tablero de juego. Pero me entra una risa loca, histérica cuando quiero hablar de libros, de creatividad, de cierto elogio de la lentitud y ellos lanzan, eso sí, lentamente, su mirada fuera del aula y la precipitan ventana abajo .