Escritor encerrado en una burbuja (o cuando el mundo se despeña)

Hace apenas tres días me invitaron a participar como figurante en un videoclip de un joven cantautor, Jaume Sanz, en Vilanova i la Geltrú, una ciudad mediterránea cercana a Barcelona, apenas 40 minutos en tren.   A los escritores nos gusta vivir varias vidas. Y a mí me cuesta decir que NO y más cuando se trata de amigos. Tomé un tren desde Barcelona Sants.

Descubrí pronto que los ingenieros que diseñaron los trenes de doble piso debían ser unos relaciones públicas ingeniosos. Seguro que, en su habilidad profética diseñaron los vagones y cada uno de los tres asientos enfrentados en compartimientos de 6 para que los viajeros pudieran tocarse libremente, Quizás pensaron que en invierno cuando más se necesita el calor humano, cuanto más estrechos, mejores relaciones. Íbamos metidos los unos entre/contra los otros ayudados de parkas, cazadoras, paraguas, mochilas, portátiles y todos compartíamos piernas, brazos, caderas sin que uno supiera cuando empezaba la de uno y seguía la de otro. Éramos todo un gran embutido humano en su envase de oferta.

Todos  estaban conectados con sus móviles o dormitando: cansados de una dura jornada laboral, sin apenas dibujar una sonrisa. Pensé en Aldoux Huxley y en su novela profética, distópica, catastrófica y en el Gran Hermano que todo lo ve… en los esclavos vencidos, en maniquís aún desnudos en escaparates…

Frente a mí,  un hombre de una treintena de años de barba incipiente sujeto a un portátil había empezado a dormitar  y a inclinar su cabeza, peligrosamente, sobre su vecino, menos elegante, más rudo, de cabello oscuro, ojos pequeños, maneras bruscas, manos agrietadas y grandes, vestido de trabajo con mono o algo parecido. Intentaba no reírme cuando el treintañero iba bajando su cabeza, inconsciente, dormitando y ya pensaba que, en vez de encontrarse en brazos de Morfeo, acabaría encontrándose entre los brazos de su vecino. situado a su derecha… pero en el último instante parecía despertarse y enderezar su postura… hasta que ocurrió. Su cabeza resbaló elegantemente vencida hasta el pecho de su vecino quien rugió como un león que acaba de descubrir que en su leonera acaba de aposentarse el enemigo. Uno despertó de golpe y se enderezó. Desde entonces miraba a su derecha, levemente y su vecino miraba a su izquierda resoplando. Y así llegamos a la estación mientras viajeros se levantaban, otros se sentaban y otros se caían de sueño  o en el dominio de los móviles, rematadamente hipnotizados.

Viajo en tren para medias distancias, apenas para viajes cortos. Entiendo que Rafael Azcona, el guionista español multipremiado prefiriera tomar el autobús en vez del coche porqué decía que allí aprendía mucho de la vida, de la manera de hablar, de moverse…

Descubrí que los escritores andamos encerrados en una burbuja de cristal, que interactuamos pocas veces con el mundo real y que preferimos nuestro mundo de fantasía a otro, más descarnado.  Y no se trata para nada de glamour o de soberbia, de “postureo”,  simplemente que estamos siempre “al otro lado” y en el fondo, observamos poco, quizás porqué no nos interesa. O pensamos que el material de nuestros sueños poco tiene que ver con la realidad.

Y uno de preguntaba si debía abrir esa burbuja cuando, de regreso a Barcelona, ocurrió otro episodio mucho más violento. Se acabaron los trenes así que tomé el autobús a Barcelona  de las 23’50 rodeado de gente joven especialmente despierta y vocinglera.

Alguien preguntó al conductor, asomando su cabeza, a  qué hora era el siguiente bus, en la misma estación, llevándose todos los periódicos “para una amiga”

Arrancamos.

Un par de muchachos vaciaron media botella de ginebra y media de limonada en una botella  de plástico vacía y empezaron a beber, nada más abandonar la ciudad.

Al poco rato las risotadas de dos muchachas resonaron por el autobús: dos voces chillonas, entretenidas entre subidas y bajadas de volumen a la que observaban , con cierta lascivia, algunos viajeros, no precisamente jóvenes.  Llevábamos media hora (quedaban pues, otos 20 minutos) que una de ella, con trenzas rubias, algo oronda empezó a quejarse, literalmente “ay que me meo” y no era de risa. Gritaba que necesitaba mear, que por Dios cuando llegaría ese autobús a Barcelona y que no aguantaba. Y sus gritos iban a más insistiendo en que necesitaba mear. “Es que necesito mear”  arrojaba a los viajeros. Y así llegamos a Plaza España. Arañaba las puertas con sus manos necesitada de escapar. Salió disparada con gritos. Subió las escaleras de cuatro en cuatro y allí, en los edificios de Fira de Barcelona bajó sus pantalones, se agachó y, tranquilamente meó mientras una de sus amigas corría para ocultarla con su chaqueta. Atónitos nos quedamos los viajeros. Yo descendí, sin echar la mirad atrás, para pedir un taxi que me devolviera a mi refugio.  Y entonces, culpabilizándome de andar metido en mi burbuja pensé  que, así debía ser, que allí debía estar:  rodeado de libros, de sueños, la vida era más hermosa, más sensata, más calmada.

Recordé a una amiga, a Malú, que siempre se preguntaba como en las películas y jamás en los libros los personajes nunca pasaban por el baño. Le había respondido que si no estaba relacionada con la trama no era significativo, ni hermoso y que se daba por sobrentendido que hacer aguas menores o mayores no podía ser jamás un acto público.

Pero la muchacha de trenzas rubias, gritona, chismosa  sí lo había hecho en mi historia. Y que podía contarlo.  Y que sobraba. Y que el mundo se despeñaba entre chupitos de ginebra y muchachas sin sesos.

Y que quizás la lectura de un solo libro habría salvado a la muchacha de su propia hediondez.

Y que yo, piensen lo que quieran, prefiero a mi pequeño mundo que el gran espectáculo del mundo. Como diría el gran Marsillach: “Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?”

Moraleja: no hay moraleja

 

Fotografía propia, en el tren de Barcelona a Sant Vicenç de Calders

 

 

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