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Hará un par de años un compañero de la Universidad Autónoma me pidió si podía acoger en mi casa a una joven doctoranda procedente de Ecuador. Mi pareja y yo vivimos en un piso de 4 habitaciones y una de ellas estaba permanentemente vacía. Tras las primeras reticencias en un matrimonio bastante aposentado, tranquilo, aceptamos por unos meses.Eso de “se alquila habitación” no iba con nosotros, pero…
Priscila fue una sorpresa: una mujer alta, estilizada, de color, y rematadamente inteligente. Fue un aprendizaje, especialmente para mí. Creo que cuando se marchó quedó una especie de vacío en la casa y en nuestros corazones. Priscila obtuvo la máxima cualificación con su doctorado cum laude y ahora vive en Quito y me consta que es feliz.
La experiencia nos dejó tan buen sabor de boca que pensamos que todo el mundo era Priscila. En ese tiempo subieron los alquileres de la vivienda alcanzando los 1300 euros mensuales, algo que los escritores (mi pareja también ejerce esa hermosa pero lamentable profesión) llevamos mal.

Y como pensamos que todo el mundo era Priscila, insisto, decidimos seguir alquilando, “abriéndonos al mundo” a estudiantes que iban a mejorar nuestra vida con su obra y su ejemplo.

El primero en llegar fue Gio.., un estudiante italiano que se pasaba fumando marihuana todo el día sin que importara que tuviéramos visita de familiares o amigos. La casa olía a hierba y acabábamos disculpándonos con todo el mundo: entre ese mundo muchos creian que los porreros éramos nosotros. Al final Gio conoció a una chica: ella le convenció que estarían mejor juntos fumando y refocilando en otro piso para solteros y con gente con menos libros y más abiertos a experiencias psicodélicas. Y así un buen día ella le hizo la maleta (sí era un calzonazos mayor a pesar de sus 24 años) y se fueron. Dudo de que sigan juntos pero ni me importa.

Aún no escarmentados y pensando que nuestra vida podía ser como el anuncio de Airbnb que promete grandes aventuras humanas aceptamos alquilar la habitación a Chi Chi, la china y, como todos, veinteañera. Nunca supimos su verdadero nombre. Nos pidió la habitación para dos meses y como ese tiempo pasa pronto, aceptamos. Chi Chi comía sentada en el nuevo sofá Broadway comprado en Maisons du Monde manchándolo de helado en dos ocasiones (las manchas aún siguen allí) y tragándose series latinas y españolas en Netflix como “Sin tetas no hay paraíso” que ponía a todo volumen subtituladas en español para aprender el idioma. Ya entenderán que acabábamos encerrados en el despacho expulsados de nuestro propio hogar hasta las diez, once, de la noche en la que ella se iba a bailar salsa a Antilla en la calle Aragón con Urgell.

Quince días antes de marchar, como hablaba mal español,le dijimos que si a algo que acabó siendo un joven alemán de veintiséis años aproximados, su profesor de bailes de salón que se instaló en nuestra casa para dos meses. Sebas era un hombre apuesto, alto, fuerte que practicaba gimnasia en el comedor encima de una de nuestras toallas negras y que desaparecía a media tarde para irse a bailar. Cuando regresaba lo hacía a menudo con alguna de sus alumnas con las que seguía bailando en el comedor mientras nosotros cenábamos hasta terminar, ellos, en la habitación follando. Su seducción era el baile y ellas, estúpidas, caían sin parar, hasta que consiguió una novia española que nunca nos presentó (fue cuando descubrimos que todas las chicas se parecían terriblemente entre ellas). La cereza del pastel fue cuando una noche, engañados por su sonrisa aduladora nos llenó la casa de gente pidiéndonos acoger a un amigo suyo que no fue uno si no cuatro: dos en su habitación (él se fue a la casa de una amiga) , uno en una cama plegable de matrimonio en el despacho y otros dos en el suelo del comedor. Eso fue una comuna libertaria que acabó con nuestra salud mental y resistencia física. Al día siguiente se fue.
Solo el burro tropieza cuatro veces con la misma piedra ¿O van cinco?…

El último ultimísimo, ya desbordados, fue un italiano, Benito X, estudiante de económicas que es el que me da pie a mi siguiente post con una tesis absoluta: por qué la generación de los veinteañeros es una generación perdida y por qué de allí nunca van a salir buenos profesionales de la escritura, de la redacción, del copywriter y de nada que necesite sensibilidad o creatividad. Les hago un adelanto:

Benito X pertenece a buena familia, es recatado, limpio (lo contrario de Chic Chi) tan limpio y hacendoso que para no lavar los vasos, bebe en vasos de plástico. Come frente al televisor donde se traga tardes de futbol mientras que, a la vez, habla por Skype con su novia francesa que está de Erasmus en California y que acaba de visitarle una semana entera que han pasado encerrados en su habitación a golpe de muelle.

Y como decía que era solo un adelanto, tendrán que esperar un par de días para saber cómo continúa la historia de mi piso y de nuestros adorables huéspedes…

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