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Ayer terminé la serie de Netflix, Merlí, que se pasó en Televisón de Catalunya la temporada pasada. Me gusta ir a mi aire y no bajo los designios de las cadenas.
Terminó como ya sabía porque uno de esos jóvenes críticos reventó el final, en enero de este año, contando el nuevo destino de Merlí (y quien sepa de qué va, entenderá la cautela de mis palabras) lo que me hace maldecir a los críticos que lanzan spoilers creyendo que aquí todo el mundo estamos pegados al televisor.

Un amigo escritor de Guatemela me escribía, hace poco, para decirme que estaba enganchado a la serie. Es lo que tienen esas plataformas que te permite multiplicar hasta el infinito la distribución de series y de películas que podían pasar por localistas y quedarse en casa.

Merlí, es, posiblemente la mejor serie de Televisión de Catalunya (junto a Polseres vermelles ) lejos de los culebrones a los que las cadenas nos tiene acostumbrados. Y en Catalunya ha pegado fuerte.

La historia de un profesor de filosofía en un instituto catalán, de sus magisterio, de su apego con los estudiantes, de su sabiduría y de su carácter tan particular, marca un antes y un después en la series de/con estudiantes. Uno ahora se sonroja revisando capítulos de Al salir de clase, o Física y Química,  El internado, o incluso de más allás de los mares “A todo corazón” un culebron venezolano que cantaba “a todo corazón se pueden alcanzar los sueños”. Entre otras cosas porque el guionista, un nuevo Midas de la televisión trata a los post-adolescentes como adultos, en ese cruce de caminos desde la idócia adolescente hacia la perplejidad juvenil hasta la incertidumbre del primer adulto.

Aquí se habla de filósofos, de Aristóteles, de la caverna de Platón, de Hume, de Nietszche, de Soren Kierkegaard  al recientemente desaparecido  Zygmunt Bauman  y su sociedad líquida  y encaja su enseñanza con lo que le pasa en la vida de los estudiantes del Angel Guimerá. Merlí nos quiere libres, y arremete contra los políticos y sus sistemas de engaños, contra  banqueros y usurpadores y nos obliga a pensar en tiempos en que la filosofía, como las humaniddades, no gozan del favor de los gobernantes que restan horas inventando leyes absurdas y decretando por real decreto el suspenso del pensamiento: nos quieren tontos y Merlín se erige como el caballero sin espada que nos invita a regresar a nuestros estudios y a recuperar figuras capitales del pensamiento. Y, como no, el sistema educativo recibe una paliza fundamental de Merlí, un sistema que no ha evolucionado para nada en los últimos cien años (con algunas grietas esperanzadoras…)

Merlín, el mago, el encantador de palabras nos lanza preguntas de “quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos” y parece, en esos tiempos precipitados, que a nadie le apetece darse un zambullido en la realidad

Eduardo Cortés tiene una larga trayectoria como realizador con series tan reconocidas como Oh Europa, de Dagoll Dagom, les Veus de Pamano basado en la obra de Jaume Cabré  y esa curios,a hermosa y triste “Cerca de tu casa, un musical miserabilista sobre  el deshaucio . Pero quien se lleva el premio gordo es el Merlí de los guiones,  Hector Lozano, escritor (Quan érem els Peripatètics) y guionista de larga trayectoria a quien no se le puede perdonar ese final que para nada encaja con la serie, elegido libremente o pactado con la cadena pero que entrega tres temporadas impólutas, de historias de felicidad pero, rigores de las series, también lágrimas abundantes, especialmente en la tercera temporada.

Si no la vieron, háganlo ahora en que ya nadie puede destriparles nada porque pasó de moda. Y fíjense lo poco que aparecen los móviles en la serie. En el fondo nos muestra situaciones ideales que ya poco se parecen en las aulas con alumnos enganchados a las tecnologías. Y es que el diálogo, la conversación merece un vis a vis emocional y nunca a través de las redes o el pútrido whats.

Me gusta como el guionista normaliza el tema de la homosexualidad en una historia de amor que se siente, se palpe, se comparte, cómo arremete contra las drogas, como discute de los problemas intergenarcionales cuando no hay acuerdos entre padres e hijos. Magníficos secundarios Boris Ruiz, como el patricarca de los Rubio, Ferrán Rañé, un actor cada vez más añorado porque aparece poco, Pere Ponce, uno de los grandes de las series y Francesc Orella, Premi Nacional de Teatre, un imponente Merlí, al que ya vimos en el escenario en “Art” de Yazmina Reza, en “Hedda Gabler”  o “Un enemic del Poble”, ambas de Ibsen y en la mayor parte de las series televisivas de Tv3 (Secrets de Familia”, Estació d’enllaç, Ventdelpla, El cor de la ciutat…)

Vean Merlí, déjense seducir por sus palabras, compartan la serie y apaguen el televisor frente a la banalidad de diálogos, de personajes, de situaciones estereotipadas hechas para gustar. Merlí no trata de La Verdad pero lo que le dice, se le puede parece bastante. Aunque Merlí diría ¿Qué Verdad? ¿Acaso hay una sola?

Disfrútenla a la carta en Tv3 o en Netflix o en sus DVDs.