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Salgo conmocionado de la película Call Me By Your Name. Como salí de Carol o de Brokeback Mountain o de Maurice, de James Ivory, treinta años atrás. Y es que ese amor que antaño era llamado “el que no se atreve a decir su nombre” cuando está tratado con sensibilidad puede dar resultados tan extraordinarios como los mencionados.

“Call Me…” es una película lenta como lentos eran los veranos de nuestra adolescencia en los que no pasaba nada. Y esa es su fuerza. Viéndola sentí el paso del tiempo y como este había ya arañado mi piel.  De repente, eché de menos los largos veraneos que empezaban un 22 de junio y terminaban un 13 de septiembre, casi tres meses de tostarse al sol, jugar con los amigos, fumar ese primer cigarrillo escondido, masturbarse cuando el ardor le devoraba a uno y con el pesado estigma de la culpabilidad (la iglesia ya lo castigaba por aquel entonces con las penas del infierno). Eran veranos de lectura (como los de Elio) de descubrimiento del primer amor (unas vecinas de Barcelona, Marta y Lidia que por venir de lejos parecían prometer el paraíso) de reuniones gastronómicas con “coca amb recapte” y cocacola con mucho hielo.

No existían los teléfonos móviles, ni las tablets, ni los ordenadores domésticos y esa ausencia era la que nos convertía en amos de nuestro propio tiempo. Aprendíamos por error: no había cine erótico (exceptuando las relamidas películas de David Hamilton) o pornográfico donde descubrir en primer plano el cuerpo del delito. De hecho solo conocíamos el nuestro y apenas eso. Eran tiempos de inocencia como los que refleja la película, de largas siestas y largas tardes y breves noches asomados al televisor con la primera cadena y el UHF. A pesar de que un dictador atroz gobernaba nuestro país todo eso nos quedaba muy lejos, allá en la capital  y los veíamos desde la infancia de nuestras vidas, desde una isla remota y privilegiada.

Y como el lector ya sabrá lo antipáticas que me resultan las nuevas tecnologías móviles le hago una propuesta: vea, de nuevo Call Me By Your Name pero en tiempos actuales con el teléfono entre los bolsillos de todos los personajes (incluida Mafalda, la cocinera) y sobre todo entre Elio y Oliver. Y véanlos pegados a sus whatsApps mandándose indirectas, charloteando y jodiéndose el verano detrás de la pantalla líquida de sus teléfonos y tomándose fotos de la bebida en la mesa, de la sombra en la hamaca, de la lagartija en el muro, del bikini de Marcia, de las casas de Crema (donde fue rodada) y otras futilezas.

¿Se dan cuenta como los putísimos teléfonos (no hay otra palabra) nos jodieron la existencia, nos amargaron las vidas, nos mataron la curiosidad, el aprendizaje en ese viaje, ahora, a ninguna parte rápido y furtivo?; ¿dónde quedaron esos días tranquilos cuando en las masías, en la segundas residencias, en los chalets, en la sierra o en la cabaña de la playa no habían teléfonos ni tan siquiera fijos?

Y vamos a peor en esa dependencia diabólica, dantesca que me asquea hasta decir basta. ¿Dónde quedaron los libros y las bibliotecas familiares cuando ahora lo que se colecciona son aplicaciones? ¡dónde quedaron las reuniones y los juegos entre amigos ( jugar al escondite inglés, las carreras de saco o incluso el parchís)?

Vean esa película bajo esa óptica tecnológica y verán que resultaría una historia imposible . Y creo que el gran James Ivory, Oscar al mejor guión 2018 se habría negado a rodarla. Donde hubo amor cocido a fuego lento ahora hay megas malgastadas, donde hubo curiosidad por lo nuevo, ahora hay saturación por lo que pronto es antiguo, donde hubo largos veranos de dulce aburrimiento ahora hay veranos de hastío acumulado conectados con todo menos con el horizonte, cuando antes nos bastaba.

Vean esa hermosa y cautivadora película e imaginen sus nuevos veranos en la paz y el remanso de lo antiguo, del silencio solo acompañado del canto de los grillos y de la brisa marina que ahora, como hace dos mil años, nos sigue refrescando el alma.

Inténtelo o por lo menos, si salen por ahí esta semana santa, dejen el móvil en casa y reenamórense del mundo.  A eso se le llama “felicidad”.

Fotografía: alguien me tomó esa foto en el verano de 1979 en el entreacto del Cou y de la Universidad. Reconozco que es algo postiza, sobreactuada, feminizada, incluso,  pero es de las pocas que me quedan del veraneo en Cambrils, al regresar de la playa de Los Chopos cuando éramos felices porque lo teníamos todo y nada nos faltaba.  Ahora todo nos falta y todo nos sobra. Que ridícula la condición humana.

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